El año fiscal 2025 pasará a ser un caso de estudio sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas en economías emergentes como la nuestra. Con un déficit estructural del 3,6% del PIB, no solo se ha incumplido con las metas establecidas hace muchos años, sino que esta situación ha revelado una vulnerabilidad profunda: la separación entre un gasto público creciente y una capacidad de generación de ingresos fiscales que se ha estancado, junto con el crecimiento potencial de la economía.
Ahora, la situación fiscal del año pasado es explicada por una combinación de factores exógenos y rigideces endógenas, destacando la brecha que existe entre el PIB tendencial y el PIB observado, lo que ha ampliado el componente cíclico del déficit, ya que el crecimiento de la economía no ha logrado llevar la recaudación fiscal a un ritmo previsto. Esto ha sido demostrado por las proyecciones de ingresos del año pasado, que fueron excesivamente optimistas en su diseño original. Pero también, el problema de fondo es el gasto corriente. El gasto público alcanzó el 24,3% del PIB, una cifra históricamente alta que no ha sido compensada con ganancias de eficiencia administrativa, ya que hay una rigidez en el gasto, impulsada por transferencias directas y otros gastos en personal que dejan al Fisco sin espaldas ante cualquier imprevisto.
Credibilidad institucional
La persistencia de déficits estructurales superiores erosiona el activo más valioso de nuestra economía, que es su credibilidad institucional. Como consecuencia, podemos llegar a ver una presión sobre el riesgo país -pese a que la deuda bruta se estabilizó-, elevando el costo de financiamiento para el país asociado al servicio de la deuda. Asimismo, el sector público, al demandar mayores recursos financieros para cubrir su déficit, está obligado a competir directamente con el sector privado por los recursos financieros disponibles.
Esto genera una presión al alza en las tasas de interés de largo plazo, desincentivando la inversión de capital fijo necesaria para revertir el bajo crecimiento potencial, e incluso la regla fiscal, que sirve como ancla para las expectativas de inflación y tipo de cambio, pierde su capacidad de entregar señales correctas, pues el mercado percibe que las metas fiscales son móviles o meramente decorativas, y se pierde la prima por la estabilidad fiscal que Chile ha gozado durante las últimas décadas.
Techos de gasto más que cambios tributarios
Para evitar que Chile entre en una espiral de bajo crecimiento y deuda creciente, la política económica debe girar hacia una consolidación fiscal basada en el lado del gasto, más que en nuevos cambios tributarios. Esto implica que se debe ir hacia una regla que imponga techos de gasto ante cambios del balance estructural. La discrecionalidad ha demostrado ser insuficiente, pues se requieren mecanismos de ajuste que se activen cuando los ingresos efectivos no alcancen las metas proyectadas. Es fundamental implementar y mejorar las evaluaciones de eficiencia en el gasto público, obligando a que programas con evaluaciones negativas por años sean finalizados o reformulados completamente.
La eficiencia del gasto público debe ser medida en términos de costo-beneficio social, eliminando la duplicidad de funciones en la administración central. Además, la solidez fiscal solo es sostenible con crecimiento. El Fisco debe remover algunas barreras burocráticas que hoy mantienen detenidos proyectos de inversión relevantes para la economía chilena, ya que un incremento en el crecimiento potencial tiene un efecto fiscal muy potente.
Finalmente, el escenario fiscal de 2026 está condicionado por los errores de 2025. El ajuste anunciado por Hacienda es un paso necesario, pero insuficiente si no se abordan las causas estructurales del gasto. Chile se encuentra en una encrucijada técnica, que es recuperar la trayectoria de convergencia hacia un déficit cercano a cero, o aceptar la transición hacia un perfil de riesgo de economía estancada con deuda ascendente. La disciplina fiscal no es una opción ideológica; es la condición necesaria para la estabilidad macroeconómica de las próximas décadas.
¿Habla mal la Generación Z? Lenguaje, redes sociales e identidad. Por Steffanie Kloss.https://t.co/M2om06pNYv
— Ex-Ante (@exantecl) February 21, 2026
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