Dada la alta expectación que había logrado el cambio de gabinete, el Presidente aprovechó el acto para pasar algunos avisos sobre su primer año de gobierno. La ocurrencia no tiene en sí nada de malo, pero el resultado fue una escena algo disonante, que dejó casi todos los mensajes y simbolismos a medio camino entre la convicción, las disculpas y el chascarro.
Son muchos los episodios en los que se asomó esa tensión. Como si se tratara de un discurso de cumpleaños, el primer mandatario quiso referirse uno a uno a sus ministros, pero como es obvio cuando se juega a la ecuanimidad taxativa, no tenía mucho que decir de varios de ellos y, en muchos casos, lo que tenía para compartir era irrelevante. Algo similar pasaba con los gestos al despedirse de los ministros salientes y qué decir de la insistencia en llamar “Käiser” o “maestro” al flamante ministro de Deportes o de la nota al margen sobre que su idea de proyección no incluía intenciones de reelegirse.
Así las cosas, una creciente falta de circunspección se fue tomando la ceremonia y probablemente la primera novedad en este caso fue que, a diferencia de lo que ocurría en otros momentos, en los que dichas salidas de libreto fueron presentadas o percibidas como muestras de espontaneidad y cercanía, en este acto en particular la mayoría de ellas se asomaban como irreflexivas y fuera de lugar.
Puede que esos trazos discursivos toscos respondan al proceso inacabado de construcción de identidad al que se refiere en una muy buena columna, en este mismo medio, Cristián Valdivieso. Probablemente mucho de eso esté detrás de lo sustantivo, pero parece que esa incompletitud política encontró también en la escenografía de este cambio de gabinete un mayor contraste que la que mostraba en los eventos anteriores.
Y es que atrás del Presidente habían entrado casi 50 años más (sumando la edad de los entrantes en relación a los salientes) y por lo tanto, en esa sala, ya no primaba la complicidad generacional.
Así las cosas, varios de los presentes reían más nerviosos que cariñosos cuando asomaban esas “ocurrencias” y más de uno alejaba la mirada en forma abrupta, cuando no derechamente incómoda, ante las inflexiones del Presidente. Siendo justos, sin embargo, se debe decir que la reversión de la versión generacional del gobierno es una de las mayores renuncias que ha realizado el mandatario y tras de ella está buena parte de la mayor gobernanza que ha podido exhibir tras el fracaso del proceso constituyente convencional.
No obstante, es imposible no advertir que, en la recurrente vuelta al tono estudiantil o en la cada vez más evidente mantención de un estrecho círculo de leales sobre los que parecieran no pesar los indicadores de gestión -que sí han pesado en otros casos-, se asoma una peligrosa tendencia al refugio dentro de una cámara de eco. Una tendencia que hemos visto en el pasado en crisis profundas vividas por otros mandatarios.
Peligrosa tendencia ya que en ese encierro entre los leales se deja de escuchar con nitidez lo que realmente pasa y se suelen azuzar más de la cuenta las teorías y explicaciones más conspirativas de los eventos políticos. Peligrosa también porque se asoma en un contexto en que el discurso (y todo indica que el instinto) presidencial sigue apuntando a la consolidación y ampliación de la base de sustentación del gobierno, cuestión del todo incompatible con el repliegue entre los iguales.
Boric inicia su segundo año de gobierno con un complejo panorama en frente: el reinicio del clima electoral; una creciente desafección de las fuerzas que dotaban de épica a su gobierno y muchas renuncias más que ajustar respecto de su programa y cronograma.
Se ha prodigado un equipo con más canas y más redes para hacer frente a ese desafío, pero en el camino ha perdido mucha de la energía o de la poesía que hasta hace poco dotaba de sentido a todos esos adjetivos que ahora suenan un poco vacíos. Veremos cómo ajusta el Presidente, en los meses que vienen, su arte poética.
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