En corto, los pillaron con las manos en la masa. Los pillaron usando sus redes de contactos para traspasar recursos del Estado (de los pagadores de impuestos) a sus bolsillos. Dos de las tres personas involucradas ya renunciaron, admitiendo de facto su rol en el asunto. Y mientras la tercera persona (la diputada Catalina Pérez) aún sigue aferrada al poder, el propio presidente Boric ya le tiró la cadena, luego de admitir que personas de su gobierno están envueltas en el escándalo. Así, el caso se consolida como el bochorno más grande para un gobierno desde al menos 2015.
El episodio es bochornoso en tanto revela que la coalición que dijo que venía a cambiar todo no solo no ha hecho ni un ápice de lo prometido, sino que ha incluso logrado revertir lo avanzado. No son mejores gobernando y ciertamente no son superiores moralmente. Son, en pocas palabras y a todas luces, un fiasco político. Llegaron para cambiarlo todo, pero no han hecho nada. Bajo el gobierno actual, el país no solo se gestiona peor que antes (hay más inseguridad, hay menos crecimiento, y todos los índices sectoriales han empeorado) sino que además se apronta para comenzar a hablar de corrupción.
Uno pensaría que con la experiencia de haber criticado a todos los gobiernos anteriores hubieran aprendido al menos cómo hacer el trabajo. Pero ciertamente no lo hicieron. Sus críticas solo estuvieron pensadas para desalojar el palacio de gobierno, no para hacerlo mejor. Y no es solo eso. Es además que, todo lo que han tratado de hacer, lo han hecho mal. Hasta para desfalcar al Estado. El negocio de Democracia Viva se hizo de la forma más torpe posible, dejando el rastro completo de la operación documentada y a la vista de todo el país. Es realmente impresionante que no los hayan descubierto antes.
Mientras el gobierno se hunde lentamente buscando formas de explicar lo ocurrido, se asoma la pregunta más importante de todas: si Democracia Viva es el iceberg o es la punta del iceberg. Pues, por lo conocido hasta ahora, es absolutamente razonable pensar que el mismo mecanismo se ha usado en otras ocasiones también. Si es así, la fundación que opera desde Ñuñoa sería solo un componente más de una intricada red de organizaciones que ha operado metódicamente para mover recursos del Estado a bolsillos de militantes y simpatizantes políticos. Sería el peor de los casos, en tanto confirmaría el carácter sistemático de la corrupción.
El próximo paso debería ser una investigación mayor. Habría que revisar todas las fundaciones y ONGs creadas en los últimos años y el origen y frecuencia de sus ingresos. Si el presidente está realmente dispuesto a revertir la situación, no queda otra que buscar y erradicar la corrupción a escala masiva, incluso si los conspiradores son de su propio partido. Cortar por lo más delgado, y presentar la renuncia de dos operativos menores como el fin del asunto sería hacerse una zancadilla. Ya hay evidencia de que el complot podría ser más extenso de lo previsto, y por lo tanto, ya no quedan justificaciones para entender el incidente como aislado.
En lo inmediato, y más allá de lo que haga o no haga el gobierno para enfrentar el asunto, es importante preguntarse sobre la base de apoyo de Boric y Apruebo Dignidad: ese 30% que hasta ahora ha sido insensible a toda influencia de la coyuntura política en tanto ha estado dispuesto a inmolarse por el Presidente y su coalición antes de admitir faltas. Es entendible que hasta ahora hayan querido ver todo por medio del lente político que transforma el vicio en virtud, pero qué ocurre después del caso de Democracia Viva, que ha dejado ver la realidad tal como es. ¿Seguirá la base dispuesta a inmolarse ante tan evidente falta de probidad y ética?
Es una pregunta importante, considerando que en el año y medio que lleva Boric solo ha perdido apoyo. Partió con 56% de aprobación (votación en segunda vuelta) y ahora está en 26% (votación en primera vuelta). Va retrocediendo. Ya perdió el apoyo de la clase media moderada y apolítica que lo ayudó a ser elegido, y ahora solo le queda la base movilizada. Pero, dado que es improbable que ese cuarto de la población esté dispuesto a bancarse la corrupción flagrante, lo lógico sería que incluso esa base se vaya erosionando de a poco, y que, de ese modo, el presidente siga perdiendo apoyo y eventualmente lo que queda de influencia.
Lo anterior se traduce en derrotas políticas concretas. A medida que vaya perdiendo confianza y credibilidad entre la gente, el Presidente irá también perdiendo apoyo y lealtad entre los políticos. Lentamente, se irá transformará en un pato cojo, en tanto no podrá pasar ninguna de sus reformas—ni la que busca mejorar las pensiones ni la que se deberá hacer cargo de la debacle que quedará si finalmente colapsan las Isapres. Así, nada de lo prometido se concretará, y de a poco se irá transformando en un administrador provisional del Estado, que, por cierto, ya ha demostrado ser incapaz de hacer.
Por lo pronto, el efecto político inmediato tiene que ver con la viabilidad de la reforma tributaria, que a juicio del presidente Boric y el ministro de Hacienda Mario Marcel es imprescindible para avanzar. Obviamente, si el gobierno se desfonda popularmente y luego políticamente, la reforma se volverá inviable de cuajo. Sin embargo, pareciera que ni siquiera habría que esperar eso para descartarla de plano. Tras la revelación de las redes de corrupción, es evidente que ahora importa más entender cómo se están distribuyendo las platas públicas que seguir recolectando recursos para mal gastarlos.
En fin, después de haber recorrido el país entero predicado desde la superioridad moral, el gobierno finalmente llegó al final de su cuerda. Ni las prestigiosas consultoras políticas y empresas de márketing podrán revertir la gravedad del asunto. Si Boric quiere evitar un desfonde mayor, que lo relegue a la administración, deberá revisar toda y cualquier irregularidad que pudo haber ocurrido bajo su mandato. Por los hechos que están a la vista de todos, la corrupción volverá a ser un tema prioritario para la gente, y el presidente deberá estar preparado para tomar medidas inequívocamente drásticas.
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