Claudio Alvarado, director ejecutivo del IES: “Es difícil saber a cabalidad qué piensa exactamente Gabriel Boric”

Marcelo Soto

Abogado y magíster en derecho constitucional por la UC, donde hace clases, Claudio Alvarado dirige la revista Punto y coma, del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), en cuyo último número publica el ensayo Mediación política y cambio constitucional, sobre la legitimidad democrática de la carta magna que escriba la Convención.

Autor de los libros La ilusión constitucional (2016) y Tensión constituyente (2021), en esta entrevista critica a la izquierda porque, a su juicio, tiene poca claridad sobre el pasado, que le impide proyectarse. Además, aborda los polémicas que han afectado a la imagen de la Constituyente y dice que Sichel se equivoca -y traiciona su propia trayectoria- al cuestionar la política.

 

-En tu ensayo dices que si cierta izquierda insiste en relacionar la nueva constitución con la destrucción del 18 de octubre, carecerá de legitimidad o será cuestionada al menos por la violencia de origen. ¿Piensas que si esa  vinculación se extrema podría ser rechazada en el plebiscito de salida? ¿Por qué?
-Desde luego hoy es muy difícil pensar en un rechazo en el plebiscito de salida, considerando que casi un 80% de los electores votamos Apruebo. Pero la legitimidad es dinámica y, por lo mismo, hay que cuidar al máximo este tipo de procesos. En ese sentido, me parece un severo error el que ciertos sectores, sobre todo en los primeros días de la Convención, hayan insistido en atribuir el origen del itinerario constitucional a la injustificable violencia del 18 de octubre, que no tenía norte conocido ni constructivo. Todo esto implica minusvalorar la dimensión pacífica de la protesta, cuyo máximo hito fue la denominada “marcha más grande de Chile”. E implica también ignorar que ese énfasis en la violencia resulta contradictorio con el anhelo de una constitución nacida en democracia. Si acaso esto es plausible, es precisamente porque el antecedente inmediato del proceso constituyente es el Acuerdo transversal del 15 de noviembre.
-Hay una especie de ánimo de venganza, que se ve reflejado en funas y cancelaciones. El escritor Jorge Baradit, aunque luego pidió disculpas, dijo en los primeros días de la Convención que le parecía bien que convencionales de derecha se sintieran agredidos. ¿Consideras un riesgo que este revanchismo se exprese o expanda en la Convención?
-Sin duda es peligroso, en la medida en que atenta contra otro propósito central del proceso: que la constitución sea efectivamente la casa de todas y todos, según la célebre expresión acuñada por Patricio Zapata. Para cumplir con esta finalidad, lo mínimo es evitar cualquier atisbo de revancha y reconocer la legitimidad del disenso político, así como la consiguiente necesidad del diálogo razonado. Sería paradójico y lamentable que hoy se cometieran los mismos errores que se denunciaban en el pasado. Por desgracia, algunas discusiones de esta primera etapa de la Convención, como el modo en que ha abordado el negacionismo, apuntan en sentido contrario.
-Curiosamente, la transición es juzgada con saña. Para algunos incluso no hay diferencia mayor entre la dictadura y los gobierno de la Concertación, que habría mantenido el modelo y a Pinochet sin ser condenado. ¿A qué se debe este rencor? ¿Es el origen del malestar?
-No hay motivos para suponer que ahí reside el origen del malestar social, pero esa aguda crítica a la transición ha jugado un papel relevante en las actitudes de los actores políticos y las cúpulas partidarias del centro a la izquierda. Mi impresión es que aquí el antecedente clave es la incomodidad de una parte importante de la ex Concertación con su propia biografía. Esto comienza a visibilizarse con las discusiones entre “autoflagelantes” y “autocomplacientes” de fines de los años 90, pero explota desde 2011 en adelante, y se consolida con el estallido y el cuestionamiento a los “30 años”. Llevamos una década, entonces, viendo como la centroizquierda reniega de su obra y se rinde progresivamente al diagnóstico del mundo del Frente Amplio. Esto explica, me parece, el problema político en que se encuentran hoy. Sin una mínima claridad sobre el propio pasado es muy difícil, sino imposible, proyectarse al futuro.
-La Convención se ha visto salpicada por polémicas como la mentira de Rojas sobre su estado de salud. La confianza en ella llega al 24 por ciento, según la CEP, menos que Carabineros. ¿Te preocupa la mala imagen que está generando la Constituyente? ¿Cómo puede revertirse?
-Por supuesto que es preocupante, esto debieran tomárselo muy en serio los convencionales. Siempre será más fácil culpar a terceros, y es verdad que algunos actores formulan críticas destempladas o injustas, como cuando se dice que no han trabajado, lo que obviamente es falso. Lo cierto, sin embargo, es que los convencionales son los primeros responsables de cuidar a la Convención, y eso supone abandonar la soberbia y abrirse a la autocrítica. Ni los ánimos de revancha ni las peleas de poca monta ni menos ignorar las reglas establecidas colaboran en nada al éxito del proceso.
-La Convención también provocó críticas por pedir aumento de fondos para asesorías. Pero fue rechazado por la DIPRES. Sin embargo, algunos expertos señalan que esos dineros eran necesarios para un mejor trabajo constituyente. ¿Crees que esto puede dañar la calidad del texto constitucional?
-Es fundamental que los convencionales tengan una asesoría adecuada, pero también es razonable que si deciden un aumento de asignaciones de manera unilateral deban fundamentar los motivos que justifican estas alzas. En todo caso, lo lógico sería que todos los involucrados pongan de su parte para solucionar adecuadamente esta situación. Ni a la Convención ni al gobierno le convienen estas disputas.
-Otra medida controversial fue aceptar la votación por mayoría simple para el reglamento de votación de normas constitucionales, los famosos dos tercios que establece la actual constitución. ¿Crees que es una jugada arriesgada, que incurre en una infracción constitucional?
-Sí, se trata de una jugada muy arriesgada. En lo inmediato quizá permita confirmar el respeto a los dos tercios de la aprobación de normas constitucionales, pero al ignorar las reglas del juego se pone en riesgo la legitimidad y estabilidad del proceso. Por lo demás, el reglamento podía perfectamente no referirse a este punto, y en ese caso seguía rigiendo la norma constitucional ya fijada.
-En tu artículo criticas la nostalgia naif o acrítica de la UP. ¿Observas eso en la campaña de Gabriel Boric?
-En su entorno ciertamente existen actores que miran con nostalgia esos años, lo que no deja de ser curioso, considerando la renovación socialista de los años 80 y las dificultades que el propio entorno de la UP significó para el gobierno de Allende. En el caso particular de Boric, es difícil saber a cabalidad qué piensa exactamente. Da la impresión de que en este y otros temas siempre tiene dos almas: el que se pelea con Carabineros y el que firma el Acuerdo de noviembre; el que visita a Palma Salamanca y el que luego pide disculpas; el que rechaza el cuarto retiro y el que lo aprueba, y así.
-Vivimos tiempos politizados, pero también se observa un desprecio por la política. Algunos políticos no pueden salir a la calle sin ser  atacados. ¿Qué te parece, por ejemplo, esta crítica que hace Sichel a la vieja política, a los que hablan de izquierda y derecha? ¿No ves un peligro de populismo campante?
-Supongo que hay un genuino afán por conectar con aquella parte del electorado que rechaza las malas prácticas de la política, pero desde luego es una apuesta arriesgada, considerando no sólo la importancia de las instituciones, sino que además uno de los principales atributos de Sebastián Sichel, por ejemplo si uno lo compara con Sebastián Piñera, es precisamente que aquí estamos en presencia de alguien que manifestó su vocación política desde joven, alguien que aprecia los códigos y las prácticas de la política. A mi al menos eso me parece una virtud.

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