Marzo 13, 2022

Christián Ramírez, crítico de cine, y los 50 años de El Padrino: “Es una reflexión desesperanzada acerca de como gestionamos el poder”

Ex-ante

El crítico de cine de El Mercurio y socio fundador de Sala K, Christián Ramírez, analiza El Padrino, la clásica cinta dirigida por Francis Coppola que cumple 50 años el 15 de marzo. Dice que la cinta protagonizada por Marlon Brando y Al Pacino, es “una fuente inagotable de referencias, frases, actitudes, acciones y reacciones que en apariencia giran en torno a la tradición y a mantener una suerte de estatus quo”.

 

-Cuándo una obra maestra como El padrino cumple medio siglo es inevitable preguntarse si ha envejecido y si lo que funcionaba en 1972 es válido para 2022…

-Uno de los aspectos fascinantes de los clásicos es comprobar hasta qué punto la sociedad se transforma alrededor de ellos. Por cierto que muchas cosas han cambiado desde su estreno, y quizás haya ciertos aspectos de la película que hoy se enfocarían de otra forma, pero lo esencial aún se mantiene en pie: El padrino es menos una película de mafia común y silvestre que una reflexión, bastante desesperanzada, acerca de como gestionamos el poder. Cómo se detenta, cómo cambia de manos, como se conquista y, claro, como se fracasa en el intento de dominar a esa bestia.

Lo increíble es que Mario Puzo (el autor de la novela), Francis Coppola (el director de la película) y los productores de Paramount (el estudio tras el film), no parecen haber tenido a la vista esos alcances cuando emprendieron la aventura. Para ellos, era material de best seller y una suerte de homenaje algo nostálgico a las películas de gángsters de los años 30. Fue en el camino que algo ocurrió: el material ganó en profundidad, los actores se transfiguraron en arquetipos y la audiencia conectó en forma profunda con ellos. Ese hechizo aún no se rompe.

-¿Has tenido la oportunidad de verla recientemente? 

-A principios de año, incluí a El padrino en “Mirada en profundidad”, dos sesiones que hago una vez al mes en Sala K, donde vamos revisando la película secuencia por secuencia, incluso plano por plano. En total, nos tomó poco más de siete horas. Fue como meter la película bajo el microscopio y, al contrario de lo que pudiera pensarse, no fue una experiencia agobiante; de alguna forma, al ir avanzando lentamente a través de las imágenes, era posible ver hasta qué punto el relato respira y se despliega en sus propios términos. Ver la forma en que el liderazgo de Don Corleone, macizo e incuestionable al principio, se agrieta y erosiona mientras que el de Michael va articulándose paso a paso, hasta volverse algo feroz, algo que cuesta mantener bajo control.

-Muchos han visto en El padrino un manual sobre el poder, con frases que se repiten una y otra vez, casi como fórmulas: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”. “Ten cerca a tus amigos, pero más a tus enemigos”. “El Sr. Corleone es un hombre que insiste en escuchar las malas noticias inmediatamente”. “No es personal Tom, solo son negocios”…

-“Luca Brassi duerme con los peces”, “deja la pistola, toma los cannoli”, “esa es mi familia Kay, no soy así”, “¿acaso la venganza va a traer a tu hijo de vuelta, y al mío?”, “ningún siciliano puede rehusar una petición el día de la boda de su hija”. Citas hay para tirar al aire… Al respecto soy de los que piensan como ese personaje de Tom Hanks en You’ve Got Mail: a lo largo de los años, El padrino se ha transformado en una suerte de Talmud fílmico. Una fuente inagotable de referencias, frases, actitudes, acciones y reacciones que en apariencia giran en torno a la tradición y a mantener una suerte de estatus quo; conservar un mundo que sin esas formas, sin esos ritos, estaría entregado al caos. La confianza en que esos ritos, esas palabras y esos actos, tarde o temprano serán repetidos, heredados de padres a hijos, evidentemente que proporciona cierto confort, la sensación de estar pisando suelo seguro. Lo tremendo es que la película avanza precisamente en la dirección contraria: reforzar a su audiencia que, pese a todas las precauciones tomadas por el Don, los intentos de amarrar su legado son en vano. Cada generación tendrá que batallar por ellos, ponerlos bajo cuestión, otra vez.

-¿De eso se trata El padrino, a fin de cuentas?

-De eso, claro. Pero también se trata de los placeres de la comida —en plena crisis de la familia Corleone, el gordo Clemenza nos enseña a hacer una estupenda salsa para las albóndigas—; al mismo tiempo, es un catálogo de lealtades ciegas (la de Luca Brassi) y lealtades fallidas (la de Tessio); una fábula acerca de cómo los inmigrantes adquieren sus raíces y convierten a la tierra que los acoge en su propio coto de caza, en su reino. Una decepcionada crónica de padres que intentan regir el destino de sus hijos, y de hijos que repiten sin darse cuenta el camino de sus padres. Es el retrato de un mundo donde el hombre tiene la primera y la última palabra, y la mujer es puesta en un altar (Mama Corleone), infantilizada (Connie Corleone) o situada “convenientemente” al margen (Kay Adams), dejando así camino libre para que estos gorilas peleen por el dominio de la tribu, sin darse cuenta que el botín se fragmenta y la lucha se vuelve más salvaje con cada intento. La película es, además, sobre el proceso interno de Michael, un soldado condecorado que regresa de un frente sólo para pelear en otro; un personaje que toma las riendas, pero no se permite un sólo momento de autoanálisis. Alguien que va metiéndose en el laberinto, en vez de salir.

Y que no se olvide: El padrino es Marlon Brando, Al Pacino, Diane Keaton, Robert Duvall, James Caan, John Cazale.

-Ese elenco hoy parece irrepetible, pero en su tiempo varios de ellos no tenían la suerte comprada. La impresión general era que Brando iba en caída libre y a Pacino no lo ubicaba nadie… 

-Vista desde fuera, la película tiende a ser vista como un puente entre viejo Hollywood y la generación que iba reemplazar ese estado de cosas. Así, Brando aparecería entregándole el “testimonio” a Pacino, pero esa idea es algo equívoca. Brando no había cumplido todavía los 50 y Pacino no era exactamente un jovencito (tenía 32). Coppola dio la pelea por ambos, no porque fuesen talentos irremplazables (lo eran) sino porque el grado de inmersión que requería para ambos papeles era total. Tanto Marlon como Al eran actores formados en el “método”, tipos capaces de zambullirse hasta ese extremo. Lo extraordinario es que el resto del elenco (formado por veteranos del cine, del teatro, actores de TV y más de algún mafioso real) está al mismo nivel. Es lo que sostiene ese edificio, más allá de los grandioso de esos dos talentos.

-La figura de Coppola es central en el mito de El padrino. Pero también lo es la de Mario Puzo. ¿En qué medida esta es la película de un autor, o cabe hablar de varios “autores”?

-Puzo rescató el arquetipo del Don, lo sacó del ámbito callejero, de la  pandilla y lo concibió prácticamente como un monarca. Coppola agregó ese hálito casi shakespeariano. Fue él quien entendió que la figura del padrino puede ser usada como metáfora de otras figuras de autoridad (el padre de familia, la cabeza de una diócesis, un empresario, un político) a condición de que la mirada fuese capaz de captar tanto la gloria como las grietas, las trizaduras. Brando y Pacino reflejan esas dimensiones a la perfección. Ahora bien, el cuadro no está completo sin los productores que financiaron la aventura, gente como Albert S. Ruddy (que negoció con la mafia de Nueva York, para gestionar un rodaje sin sobresaltos), Robert Evans (que ablandó la presión proveniente desde Hollywood y que en su infinito ego, se juraba poco menos que un Corleone) y Charlie Bludhorn, la cabeza de Paramount, quien confió en que Coppola tendría el nervio para llegar hasta el final. Lo paradójico es que ellos emergen como “autores” en la medida que el propio Coppola se inspira en sus perfiles, en sus audacias y en sus miserias, para delinear su retrato del poder. Sin darse cuenta, estos poderosos trabajaban para Coppola, el verdadero Don.


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