Boric debe reconocer el triunfo de Edmundo González. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante
Edmundo González y María Corina Machado durante la noche de la elección.

Lo que se juega hoy en Venezuela es el reencuentro nacional, que solo será posible si termina la dictadura. Por lo tanto, si consideramos que las libertades, el respeto de los DD.HH. y la alternancia en el poder son principios intransables, las fuerzas que en Chile se definen de izquierda o centroizquierda deben romper definitivamente con el castro/chavismo. Si no lo hacen, no pueden esperar que no surjan dudas sobre su lealtad con los valores democráticos.


La elección del domingo 28 de julio en Venezuela desnudó la miseria moral del régimen de Nicolás Maduro ante el mundo entero. Creyó que podía proclamar un resultado falso y seguir adelante, impunemente, pero quedó atrapado en su propia trampa. No pudo impedir que las actas de su abrumadora derrota llegaran a todas partes. El triunfo de Edmundo González Urrutia es incuestionable, y la voluntad de defenderlo se expresó masivamente el sábado en Caracas y muchas ciudades de Venezuela.

Es valioso que el presidente Boric haya dicho que su gobierno no iba a reconocer ningún resultado que no pudiera verificarse. Ahora bien, el resultado ya ha sido verificado gracias a las actas que María Corina Machado entregó al conocimiento internacional. Lo coherente es, por lo tanto, que Chile reconozca al triunfador indiscutible, como lo han hecho Perú, Argentina, Ecuador, Uruguay, Costa Rica, Panamá y Estados Unidos. Ese es el modo de contribuir a la paz en Venezuela.

Es sabido que una bestia herida es muy peligrosa, y ese es el caso de este régimen sin escrúpulos, profundamente corrupto, asociado con las bandas del narcotráfico, y por cuyos cabecillas hay oferta de recompensa internacional. Su naturaleza mafiosa empieza a ser evidente incluso para quienes, en Chile y la región, guardaron silencio por muchos años ante sus crímenes con el argumento de que, primero Chávez y luego Maduro, representaban “los ideales de la izquierda”. ¡Qué gigantesco autoengaño!

Ha sido muy ilustrativo ver actuar a los aliados chilenos de Maduro. Sus representantes acudieron a Caracas como veedores del proceso electoral, pero en realidad no necesitaban ver nada, puesto que ellos “eligieron” hace tiempo, y con eso les basta. Son socios agradecidos de la dictadura.

Todo el mundo sabe que el aliado más notorio es el Partido Comunista, cuyos dirigentes se apresuraron en descalificar las sospechas por la eventual responsabilidad del régimen por el asesinato del teniente Ronald Ojeda, en febrero de este año. ¿Quién duda hoy, que los asesinos cumplían instrucciones de aquella camarilla?

Es inevitable preguntar cómo llegó el PC a establecer una línea de bochornosa incondicionalidad hacia la dictadura chavista. En realidad, ha sido una derivación de su antigua incondicionalidad hacia la dictadura castrista. No se entiende una sin la otra.

Detrás de Hugo Chávez estuvo siempre Fidel Castro, quien “le enseñó aquello que había enseñado a tantos: disimular sus intenciones, tomar el poder, golpear”, como dice el historiador Loris Zanatta en su obra “Fidel Castro, el último rey católico”. Chávez, cautivado por el viejo caudillo, se ilusionó con ser su heredero como líder de la revolución continental. Al llegar al poder en 1999, le proporcionó a Cuba todo lo que le faltaba, partiendo por el petróleo, pero además abrió las puertas de su país para que fuera colonizado por el régimen cubano.

Desenfadado manipulador de Simón Bolívar para validar el proyecto militarista al que llamó “Socialismo del Siglo XXI”, Chávez llevó adelante un plan de copamiento del poder, destrucción metódica de las instituciones democráticas y estatización de la economía. Era la lección de Castro, maestro de la manipulación de la historia como técnica de “validación patriótica”: él usó la figura del prócer José Martí para instaurar un régimen cuyo verdadero inspirador era Stalin.

Chávez le hizo a Venezuela más o menos lo mismo que Castro le hizo a Cuba. ¡Ese era el socialismo en el que creían ambos! ¡Un poder oligárquico sostenido por las armas! Todo en nombre del pueblo, pero en realidad contra el pueblo. Entre otras cosas, Castro le enseñó a Chávez lo útil que era provocar el éxodo de millones de personas. La revolución de ambos, que prometía el reino de la igualdad, fue la excusa del despotismo, el crimen y el Estado forajido. El castro/chavismo embaucó a mucha gente de izquierda en América Latina, y tuvo recursos suficientes para comprar la adhesión de no pocos oportunistas.

Lo que se juega hoy en Venezuela es el reencuentro nacional, que solo será posible si termina la dictadura. Por lo tanto, si consideramos que las libertades, el respeto de los DD.HH. y la alternancia en el poder son principios intransables, las fuerzas que en Chile se definen de izquierda o centroizquierda deben romper definitivamente con el castro/chavismo. Si no lo hacen, no pueden esperar que no surjan dudas sobre su lealtad con los valores democráticos.

Los valientes luchadores por la democracia en Venezuela están dando una inmensa lección a América Latina y el mundo: el amor a la libertad tiene que ir de la mano de la determinación de no dejar el campo libre a sus enemigos. El factor humano es lo determinante. Saben que la democracia no caerá del cielo, sino que habrá que pelear por ella. Y que eso exige coraje e inteligencia, como lo han demostrado admirablemente María Corina Machado y Edmundo González Urrutia. Ellos merecen todo nuestro apoyo.

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