Las imágenes jubilosas de los convencionales de la refundación cada vez que conseguían los dos tercios para aprobar los artículos del proyecto de nueva Constitución, han sido reveladoras del estado de exaltación en que han vivido desde julio pasado, entusiasmados con la posibilidad de rearmar Chile a su entero gusto.
Han estado instalados en un microclima, a lo cual incluso contribuyó la atmosfera de trascendencia histórica creada al ocupar el edificio del viejo Congreso. Tanto el gobierno anterior como el actual alentaron el delirio de grandeza.
Desde el primer día, la Convención fue el escenario de una especie de clímax de la izquierda populista y arcaica, a la cual ya no la mueve el deseo de superar las diferencias de raza, sexo, clase social, creencias religiosas, con vistas a promover el principio de ciudadanía y los valores universales propios de la modernidad, sino la búsqueda de la segmentación identitaria, de la división nacional, de la segregación falsamente altruista.
En el fondo, oportunismo y cálculos de poder. Las incongruencias han quedado al desnudo en el intento de desarticular el Estado nación y, al mismo tiempo, promover nuevas estructuras financiadas por ese mismo Estado.
La Convención nos ha recordado cuán devastadoras pueden ser las consecuencias de la ceguera política. Frente a la crucial definición del 4 de septiembre, no podemos perderlo de vista. Si faltaban elementos de juicio respecto de quiénes se sienten completamente identificados con el proyecto de nueva Constitución, Daniel Jadue, excandidato presidencial del PC, admirador de Nicolás Maduro, los aportó el 12 de mayo en Twitter: “La Nueva Constitución está quedando hermosa. Ahora se consagra la educación y el trabajo decente como derechos. Estamos en un camino esperanzador para todo Chile. No es cierto lo que replican algunos medios, la derecha y la vieja política”.
En tal contexto, el gobierno parece arrastrado por una inercia autodestructiva, que revela que Boric y sus cercanos sacaron muy mal las cuentas al comprometerse incondicionalmente con la Convención. Allí está la frase para el bronce pronunciada el 14 de marzo: “Cualquier resultado será mejor que una Constitución escrita por 4 generales”.
Con todo el peso de la Presidencia de la República, Boric entregó un cheque en blanco a la Convención, lo cual fue la negación de su responsabilidad como mandatario. Alentado por su votación de segunda vuelta, parecía convencido de que el único resultado posible en el plebiscito de salida era el triunfo del Apruebo, y que su apoyo estaba inclinando definitivamente la balanza.
En ese compromiso influyó, por cierto, la interpretación eufórica del lejano plebiscito de entrada, (mayo, 2020), que llevó incluso a bautizar la alianza del FA y el PC como “Apruebo Dignidad”. Era la embriagadora sensación de navegar con el viento a favor. Hasta que cambió la dirección del viento, y las encuestas empezaron a mostrar a Boric y la Convención hermanados en la desaprobación.
Nada ha incrementado tanto el Rechazo como la soberbia y el sectarismo de los colectivos de la refundación; la lectura de los artículos aprobados; la percepción del derroche de recursos públicos que ha significado la Convención, etc. Capítulo aparte ha sido escuchar a Atria, Bassa, Daza, Barraza, Vieira, Loncón y otros, los ideólogos incombustibles de la operación de reingeniería del país. No imaginan cuánto han fomentado los motivos para rechazar. En ese cuadro, ha sido lastimoso el papel de los partidos de la antigua centroizquierda, convertidos en segundones de un experimento que avanza inexorablemente hacia el fracaso.
“Al examinar los problemas políticos –afirma el politólogo italiano Giovanni Sartori- hay que tener presente que los medios son escasos, que su empleo es alternativo y que la puesta en práctica de un cierto medio (material o instrumental) puede producir inesperadamente una reacción en cadena que escape a todo control y produzca consecuencias no previstas ni deseadas”.
Es exactamente lo que ha sucedido con la Convención. Los aprendices de brujo desataron un torbellino que no fueron capaces de controlar. Atria dice ahora que no hay que esperar un texto perfectamente escrito y que, además, no todos los convencionales estuvieron a la altura. Frescura constituyente. No obstante, provocaron también otra reacción en cadena: la que está teniendo lugar en estos mismos momentos en la sociedad civil a través de múltiples formas de oposición al estrambótico proyecto de la Convención. Todo indica que, en septiembre, habrá cientos de razones para decir NO.
Cualquier ciudadano puede percibir que las fuerzas que controlan la Convención son más o menos las mismas que están en el gobierno. Así, será inevitable que, al momento de votar, muchos ciudadanos tiendan a rechazar el paquete completo: a sus ojos, el texto propuesto por la Convención será “La Constitución de Boric”.
El gobierno pudo evitar esa simbiosis, pero se metió voluntariamente en una trampa. Aunque los ministros Mario Marcel y Nicolás Grau han tratado de convencer a los ciudadanos de que, en materia económica, no hay nada de qué preocuparse, en realidad sobran los motivos. Los partidos oficialistas ya están embarcados en una campaña del Apruebo que se apoyará en generalidades como justicia, igualdad, dignidad, derechos garantizados, etc. para evitar que los electores reparen en los contenidos del proyecto. Mientras tanto, en La Moneda especulan acerca de lo que puede venir si triunfa el Rechazo.
Qué difícil debe ser navegar contra la corriente en los mismos momentos en que se va perdiendo la fe.
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