Siempre que se dice “tenemos un problema comunicacional”, en realidad lo que tenemos es un problema político.
Está muy bien que la nueva directiva de la Convención Constitucional quiera desarrollar más y mejores instrumentos de comunicación directa con la ciudadanía a través de convenios con las radios regionales, las plataformas digitales, las radios comunitarias y cuantos medios puedan estar disponibles para que los chilenos puedan acceder a sus deliberaciones y especialmente a las resoluciones del pleno que prontamente vendrán.
Pero es un error de diagnóstico sostener que la relativamente baja confianza que la ciudadanía muestra en este órgano se deba a la ausencia de iniciativas comunicacionales. De hecho, no sería raro que el esfuerzo por mejorar la comunicación a través de proclamas y relatos unilaterales emanados de la propia Convención, terminen siendo ineficaces, como casi toda propaganda política.
Hoy por hoy, los chilenos prefieren las miradas críticas y tienen muchas maneras de informarse: no son sólo los medios de prensa tradicionales, radio, televisión y prensa escrita, sino también y sobre todo las redes sociales, que, en el caso de las comunidades que siguen con interés lo que ocurre en la Convención, demostraron todo su poder los días de la elección de la nueva mesa directiva, cancelando varias posibilidades de liderazgo.
Más que culpar a supuestos o reales enemigos del proceso constituyente, las y los convencionales deberían preguntarse por los errores que han cometido y que han afectado su imagen y prestigio, de manera de evitar reiterarlos en los meses que quedan.
Uno de los mas graves probablemente haya sido el excesivo énfasis que los distintos colectivos han puesto en relevar sus propias identidades, instalando una duda razonable en los ciudadanos sobre su capacidad y voluntad de construir acuerdos. Por mucho que algunos convencionales, como el ex vicepresidente, crean que han inventado una nueva y más noble forma de la democracia, lo cierto es que el espectáculo de la renovación de la mesa directiva fue más bochornoso que preclaro.
Entender que la confianza ciudadana se ganará en la medida que la Convención dé respuesta positiva a las expectativas de una mejor y más democrática Constitución, y no se empantane en un choque de intransigencias, es clave para mejorar los resultados de las comunicaciones. Más que los instrumentos, es el mensaje el que hay que acomodar.
Los meses que vienen serán decisivos para decidir no sólo si la Convención va por el camino de las discrepancias o la convergencia, sino también para evaluar si acaso cumple o no su cometido. El régimen de los 2/3 fuerza a los acuerdos si acaso se quiere llegar a puerto, pero también permite que sólo un tercio haga fracasar el esfuerzo.
Dada la compleja composición de los colectivos que se arman y desarman a voluntad, el riesgo de un tercio de bloqueo está presente y, seamos claros, no es la derecha (que no tiene el tercio) la que puede amenazar el resultado.
Completar con éxito el encargo de la Convención Constitucional es fundamental no sólo para que el país supere la Constitución del 80 y construya un nuevo pacto social democrático de largo aliento, sino también es relevante para el buen desarrollo del nuevo gobierno que asumirá en marzo. Un escenario que mantenga o profundice la incertidumbre afectaría gravemente la agenda del gobierno, creando un clima poco propicio para llegar a acuerdos en el Parlamento, acuerdos que permitan reactivar la economía e impulsar las iniciativas que los chilenos y chilenas apoyaron masivamente al elegir a Gabriel Boric.
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