“Acá ningún giro, lo que hay es una complementariedad muy interesante con propuestas de la centroizquierda, donde teníamos coincidencias muy sustantivas” (Lucía Dammert, Ex-Ante 30/11/21).
“He conversado hoy con José Antonio Kast y su equipo, quienes me han transmitido su absoluta disposición a incluir y reforzar en su programa los compromisos de los puntos enviados” (Sebastián Sichel, 02/12/21).
Giro, giro al centro, es justamente lo que hay en las campañas de Gabriel Boric y José Antonio Kast, y bienvenido sea. Lo que todavía no está claro es si acaso este giro es sólo oportuno por necesidades de campaña, o responde a “coincidencias muy sustantivas” con la centroizquierda en el caso de Boric, o a una evolución verdadera (y express) del pensamiento en el caso de Kast.
Según Eugenio Tironi, los gestos mutuos entre Gabriel Boric y Ricardo Lagos y luego con Carmen Frei y la democracia cristiana, tienen un aire de reconciliación generacional entre padres e hijos, tras un largo período de agudas críticas y descalificaciones a los protagonistas de “los 30 años” y de un exitoso esfuerzo por, en clave freudiana, “matar al padre”.
Si esto fuera cierto -el giro y la reconciliación- estaríamos, si fuera realmente cierto, en presencia del nacimiento de una nueva versión -con nuevos líderes- de un proyecto social demócrata para Chile, una versión más volcada hacia la izquierda que lo que fue la Concertación por cierto, pero en donde los elementos de continuidad serían tan relevantes como los de cambio. Queda por saber si acaso Boric sabrá enfrentar el maximalismo -fórmula inconfundible del fracaso- de que hicieron gala sus diputados a propósito de la discusión del 4º retiro de fondos de las AFP.
En el caso de Kast, el giro apunta a terciar con quienes han sido parte de la misma historia y, en el fondo, hacer algunas concesiones para dar continuidad -junto a la UDI- a una derecha dura que subordina a las variantes liberales o sociales del sector, que hasta antes de Kast, parecían destinadas a marcar el futuro de una centro derecha con sensibilidad social.
El riesgo, como ha dicho un columnista en estas mismas páginas, es que “las campañas pasan pero los votos quedan”, o sea, una vez que se cuenten los votos todo vuelva a ser como antes de ayer, es decir, que el candidato triunfador y su coalición olviden que, en su versión original, sólo el 25% del electorado los prefirió en primera vuelta y que la construcción de una mayoría política suficiente para impulsar las transformaciones proclamadas o el orden recuperado requiere una constancia y un esfuerzo mucho mayor para extender y consolidar las alianzas.
Aparte del lenguaje y la estética, para lo cual el fichaje de las doctoras Izkia Siches y Paula Daza ha sido todo un acierto, cabe esperar que el giro de ambos candidatos no sólo funcione para una mejor presentación electoral que dé cuenta de las preocupaciones de la mayoría ciudadana, que tienen que ver con el orden pero también con los cambios, sino también una nueva disposición para considerar los límites que la realidad impone a sus propuestas.
Boric se ha centrado en los dos temas claves que mostraban mayores debilidades: la seguridad ciudadana o su compromiso con el orden público y la gradualidad de las reformas que pretende impulsar, para lo cual, buscando reformular su programa, ha convocado un consejo asesor compuesto por economistas vinculados a la centroizquierda. Cabe esperar de estos esfuerzos aterricen los ímpetus transformadores que, no cabe duda, inspiran a Boric y su coalición.
Kast, por su parte, se reencamina en la misma dirección: convoca economistas de prestigio para reformular su programa y dar garantías de seriedad, hace desaparecer los aspectos más controvertidos de sus propuestas originales y da pruebas de su compromiso con la vacunación y la lucha contra la pandemia del coronavirus. Sin embargo, también su caballo de batalla, el orden público y la lucha contra la delincuencia, necesita traducción a políticas reales. Demasiadas veces se ha anunciado el fin de la fiesta de los delincuentes como para seguir creyendo en que basta una retórica autoritaria para lograrlo.
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