Es probable que la respuesta se encuentre en el enorme costo político que tiene el ejercicio y la validación de la violencia. Cultivar la violencia política no ha sido gratis, legitimarla tampoco. Cuestionar en la práctica el monopolio del Estado para el uso de la fuerza y las armas conduce al miedo en la población a merced de los violentos. La proliferación de grupos armados con motivaciones políticas excluyentes o delictuales, que imponen en las calles, en las poblaciones o en los campos su propia ley en perjuicio de todos aquellos que no participan de sus redes o su ideología puede llegar a resultar intolerable para las mayorías y no es raro entonces que busquen la protección en quien parece ofrecer soluciones rápidas y simples, enfocándose exclusivamente en los efectos y no en las causas.
También es probable que influya la desmesura del mundo parlamentario. Pasarse de la raya en el ejercicio de atribuciones muy discutibles por parte del Congreso Nacional, produciendo no solo un parlamentarismo de facto sino uno completamente irresponsable que erosiona las posibilidades de desarrollar una política que tenga en el centro el bien común y que potencia el populismo, la demagogia y la banalización de la democracia, también tiene consecuencias.
El ánimo refundacional en la Convención Constituyente es también parte de lo que explica la evolución que manifiestan las encuestas. La idea de que Chile es un país fallido, el peor del mundo, no tiene asidero en la experiencia concreta de quienes lo habitamos. Desarrollar un debate constitucional plagado de personajes y conceptos identitarios que buscan imponerse unos sobre otros, en vez de buscar los puntos en común, aumenta la opinión crítica de la ciudadanía y no conduce a la elaboración de un texto que represente la voluntad de vivir juntos, de constituir una comunidad política sobre bases renovadas, que es lo que la mayoría que votó por el Apruebo esperaba. Ejercer la mayoría es un derecho en democracia, que duda cabe, pero ejercerlo avasallando a las minorías es un delirio.
Finalmente, los efectos económicos de la pandemia y la sensación de vulnerabilidad e inestabilidad que recorre al país, incluso reivindicada como una necesidad o un bien deseado por algunos, no se puede ignorar. Hacerlo, equivale a no comprender ni instalarse seriamente en los problemas económicos que se avecinan, entre ellos inflación y aumento de las deudas, representa un desprecio por la vida concreta de las personas y refleja una brutal lejanía respecto de las preocupaciones, anhelos y temores de la gente común.
Parece entonces que, si las encuestas están en lo cierto, las ilusiones del estallido social se están desvaneciendo rápidamente por los excesos y la polarización.
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