La primera cuenta a la Nación del presidente de la República fue en clave política y fue un acierto. Tras dos meses y fracción de la asunción del cargo, no había mucha cuenta que rendir, por lo que el mandatario destinó gran parte del tiempo para entregar su visión política y precisar cuáles serán los énfasis de su gobierno.
Como pudimos advertir, el mensaje encarnó fielmente las ideas y principios del sector político que el mandatario representa, de la derecha, y los sostuvo sin ambages ni medias tintas, poniéndolos en valor y trazando instrumentos claros para alcanzar los objetivos que, desde esas ideas políticas, se propone lograr.
Por cierto, a la oposición no le gustó y salió a reclamar por la ausencia de anuncios concretos para las familias chilenas, especialmente, para los sectores más vulnerables, además de señalar que el mandatario “seguía en campaña”. Todo ello a pesar de que sí hubo anuncios concretos en seguridad y otras materias, y del tono de Estado adoptado por el presidente que, en esta oportunidad, fue en general acrítico o indirectamente crítico con el gobierno anterior.
Sucede que, en realidad, esas no son las verdaderas razones de por qué se incomodó la oposición; esas fueron simples fórmulas o el camino fácil para criticar.
El discurso verdaderamente los irritó porque en él, de manera pausada y cordial, se tejieron un conjunto de ideas, iniciativas y herramientas que ponen a la persona y sus libertades en el centro (y no al Estado), así como a sus deberes (y no solo sus derechos, como nos habían acostumbrado).
El presidente relevó a la familia, la sociedad civil y apeló a la responsabilidad ciudadana, en múltiples ocasiones, como cuando se refirió a la necesaria civilidad de la vida en comunidad.
El presidente nos habló del mérito y del esfuerzo y lo puso, en sus palabras, como un pilar fundamental del progreso social.
Por cierto, que nada de esto le gustó a la izquierda, que nos había acostumbrado a que el mérito y el esfuerzo eran los culpables del fracaso de otros, generando víctimas, por lo que debían ser borrados de un plumazo de toda política pública habida y por haber. La izquierda transformó estos conceptos en productos expirados, vencidos y rancios que solo cabía arrojar al traste de la basura.
Y resulta que, sumidos en esa retórica victimista y de la que se hizo mucha gala, se promovió una saga de políticas públicas en educación, salud y en el ámbito laboral, por mencionar algunas, que nos enterró en la mediocridad.
De la mano de la igualdad (de resultados) como norte, fue tal la batalla que la izquierda dio (y en algunos casos con la ayuda de algunos de derecha que perdieron el norte) contra la excelencia, contra quienes asumen riesgos y comprometen su capital, contra la legitima y sana aspiración y ambición de los jóvenes de destacar y contra las ganas de salir adelante que, además, del victimismo, sumió a muchos en la ignorancia, la incertidumbre y la pobreza.
El presidente fue claro el lunes que eso se acabó y de que no da para más. Revindicó el anhelo de la superación, de los hábitos diarios para lograrlo y de dar siempre lo mejor de uno mismo ¡Enhorabuena!
Y es buena noticia porque es la fórmula bajo la que, verdaderamente, el Estado puede contribuir, como dice la Constitución y como dan cuenta los periodos más exitosos de nuestra Nación, así como el de otras, a crear las condiciones para que todos alcancen su máxima realización. Cuando, en vez y por muy buenas que sean las intenciones, el objetivo es poner al Estado en el centro y nivelar (igualar) per se, se baja de los patines a los miembros de la sociedad, condenándolos a la mediocridad y perpetuando el estancamiento, como ha ocurrido.
La izquierda critica que se terminará por segregar a la sociedad. El exministro Giorgio Jackson se quejaba en redes sociales que el presidente, en 27 páginas, no había hecho mención alguna a la desigualdad.
Habrá entonces que recordarle al exministro Jackson que a un gobierno de derecha no le hace (ni debe hacer) ruido la desigualdad de ingresos, sino la desigualdad de oportunidades. Y eso quedó clarísimo el lunes, tal vez, como no lo estaba hace muchos años.
Por lo demás, los crudos hechos muestran que, bajo las políticas y carta de navegación de la izquierda, esa preocupación por la igualdad de ingresos y resultados solo devino o en bluf o en apuntar al norte equivocado, pues hoy el desempleo se empina sobre el 9% y el femenino por arriba de los dos dígitos.
En realidad, si el presidente Kast hubiera tocado la tecla que pide Jackson, mejor la nación chilena hubiera elegido a un mandatario de izquierda. Para que decir, además, que es curiosa la preocupación por la desigualdad de la izquierda, en circunstancias que por años promovieron la división de la sociedad y el enfrentamiento entre grupos o colectivos identitarios.
Lo que genera igualdad, entendida esta como igualdad de oportunidades y ante la ley, es promover y con ganas la libertad. Es esa libertad y la aspiración de lo que se puede lograr a partir de ahí la que permite la movilidad y el progreso.
Para alcanzar esos objetivos, el presidente entonces pidió unidad, mostrando voluntad para escuchar ideas y mejorar la carta de navegación desplegada, pero fue claro que el llamado es a no desdibujar el norte. De ahí que el presidente no llamó a construir “grandes acuerdos” (lo que me resultó refrescante, no porque no sean necesarios, sino porque últimamente se les considera per se buenos, confundiendo medio y fin), sino que a trabajar en pos de un objetivo: levantar Chile.
Nos recordó así que lo que caracteriza a la democracia representativa es la convivencia pacífica de los desacuerdos, en que se reconoce la legitimidad de los distintos proyectos políticos concordantes con la posibilidad del pluralismo y el estado de derecho.
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