Chile fue uno de los primeros países del mundo en introducir sellos de advertencia negros en la parte delantera de los envases de diversos productos considerados por el regulador como “Altos en (azúcar, sodio, grasas saturadas, etc.)”, así como impuestos al azúcar como herramientas para abordar la obesidad y las enfermedades no transmisibles.
En aquel momento, este enfoque se presentó como audaz, sencillo y eficaz con el objeto de informar rápidamente a los consumidores, desalentar el consumo de ciertos productos y mandatar a las empresas para que los reformularan.
Habiendo transcurrido más una década desde la adopción de este tipo de políticas, Chile tiene la oportunidad y el deber de evaluar y preguntarse, de manera más ambiciosa, si éste ha sido el mejor camino y modelo, al menos desde la perspectiva de la salud pública y de cara al futuro para hacerse cargo de los problemas que se propuso abordar.
Evaluar y formularse preguntas no equivale a negar la complejidad (y sus efectos) de la obesidad, las enfermedades cardiovasculares o la diabetes. Por el contrario, precisamente porque estas condiciones son complejas es que la política pública debe ir más allá de instrumentos simplistas. Los sellos de advertencia y los impuestos sobre el azúcar pertenecen a una temporada regulatoria basada en la estandarización: el mismo mensaje, la misma señal, la misma sanción para todos. Pero la salud humana no funciona así.
Las personas responden de forma diferente a los alimentos según su metabolismo, genética, edad, sus niveles de actividad física, el sueño, el estrés, el microbioma, los ingresos, los hábitos y el estilo de vida. El mismo producto puede tener efectos diferentes en distintas personas y contextos. Una dieta saludable no se construye evitando un nutriente ni temiendo a una etiqueta o sello. Se construye a través del equilibrio, la variedad, la porción, la frecuencia, el movimiento y las decisiones responsables e informadas.
Por eso, a más de una década de la adopción de esas políticas públicas, Chile no solo debiera evaluar, sino que, y a partir de ahí, liderar un nuevo esfuerzo -y no continuar redoblándolos sobre un viejo modelo paternalista que no ha cumplido sus objetivos declarados-, sino que abriendo una nueva generación de políticas de prevención. Un gobierno que confía en los individuos, apoya el emprendimiento y cree en la innovación impulsada por el mercado debería preguntarse cómo la política puede empoderar a los ciudadanos para tomar mejores decisiones, en lugar de tratarlos como sujetos pasivos a los que se les debe advertir, gravar, corregir y decir qué comer y que no.
El futuro de la prevención es la personalización. La inteligencia artificial, los dispositivos portátiles, las herramientas digitales de salud, los conocimientos genéticos, los datos de comportamiento y la nutrición de precisión están haciendo posible hoy apoyar a las personas según sus propias necesidades, riesgos y estilos de vida. Esto ya está cambiando la medicina, el deporte, la nutrición y el bienestar.
La tecnología también puede convertirse en una herramienta educativa extraordinaria: accesible, continua y adaptada a la vida real. Esto importa porque la educación ha sido demasiadas veces la inversión que falta en salud pública. Requiere tiempo, esfuerzo, repetición e incluso fracaso. En cambio, los gobiernos y organizaciones internacionales han preferido, a menudo, el camino más corto, pero más ilusorio, de sellos, etiquetas, impuestos y prohibiciones que parecen decisivos, pero rara vez generan comprensión u ofrecen resultados duraderos.
Chile, abierto a la innovación y la transformación digital, puede convertirse en pionero de este nuevo enfoque. En lugar de depender principalmente de sellos negros y castigos fiscales, podría promover, desde una perspectiva de salud, de ciencia y tecnología y de educación, herramientas que ayuden a los ciudadanos a comprender su equilibrio energético, mejorar la calidad de la dieta, promover y aumentar el movimiento y la educación física, monitorear el sueño y adaptar sus decisiones a su condición personal. Esto no significa abandonar la salud pública. Significa hacerlo desde una perspectiva más inteligente, proporcionada y eficaz.
Tras años de implementación, Chile debería evaluar el impacto real de las medidas existentes. ¿Han reducido los sellos, etiquetas o frases de advertencia la obesidad y las enfermedades crónicas? ¿Acaso los sellos han cambiado sustantivamente los patrones de compra y conducta?
Los impuestos al azúcar ¿Han mejorado los resultados en salud o han generado costos adicionales a los consumidores, especialmente en las familias con bajos ingresos? ¿Han fomentado estas herramientas una educación genuina para un estilo de vida equilibrado, o han normalizado una cultura de miedo y simplificación en torno a la comida, que por lo demás es necesaria y es uno de los motores de nuestro quehacer?
Estas son preguntas legítimas. Las buenas políticas públicas deben evaluarse, no protegerse como dogmas. Una estrategia moderna de prevención debería pasar del castigo al empoderamiento de las personas: educación, coaching digital, orientación dietética personalizada, estilos de vida activos, innovación responsable y mejor acceso a la información. Debería reconocer a los consumidores como adultos capaces de aprender, y no como problemas que hay que gestionar.
Chile fue pionero en la era de las advertencias nutricionales, empero con resultados pobres o, en el mejor de los casos, cuestionables. Ahora tiene la oportunidad de corregir el rumbo y ser pionero en un proyecto mucho más ambicioso: empoderar a las personas durante la transición desde el paternalismo único a la prevención personalizada. Eso no significaría una salud pública más débil. Muy por el contrario, importa una salud pública más inteligente. Tampoco significa menos responsabilidad, sino responsabilidad respaldada por mejores herramientas. No es tampoco menos prevención, sino que prevención impulsada por la innovación, el conocimiento y la confianza en los ciudadanos.
Para más columnas en Ex-Ante, clic aquí.
Publicaciones relacionadas
Se espera que el informe de 2024 elaborado por Cancillería sea crucial en la audiencia telemática programada para las 10 am de este viernes. En ésta, el Juzgado de Garantía de Antofagasta revisará la petición de la defensa de Karen Rojo de descontar los casi cuatro años que estuvo recluida en los Países Bajos, de […]
La resolución del juez Patricio Álvarez permitirá a quien fuera una de las figuras fuertes del socialismo democrático en el gobierno pasado, dejar durante el día el departamento de Viña del Mar donde ha estado prácticamente aislado los últimos 14 meses, salvo por su familia.
No se trata únicamente de proteger empresas y su valor. Se trata de preservar el legado de quienes dedicaron su vida a construirlas y, sobre todo, las relaciones familiares que permitirán que ese legado continúe en las siguientes generaciones.
El experimentado abogado Juan Carlos Manríquez, representante de la senadora Cariola en el Caso Chinamart y de la familia de Ronald Ojeda en la causa por el crimen del exteniente venezolano, se sumó a la defensa de la exalcaldesa, que llegó extraditada desde los Países Bajos. Su objetivo es que le descuenten los casi 4 […]
El viernes baja el telón Contrapunto de calle Huérfanos, un local que originalmente fue la librería Altamira de Jorge Edwards. Luego de ser adquirido por Ramón Álvarez, quien negoció con Taschen para traer los famosos libros de arte, la cadena fue creciendo y hoy suma 10 tiendas. Estos días se liquida su stock en el […]