Nunca voté por Donald Trump. No lo apoyé antes y no lo apoyo ahora. Por eso conviene decir algo incómodo: la guerra en Irán no necesariamente lo destruye políticamente. Puede debilitarlo y elevar el costo de su Presidencia. Pero destruirlo, no. Al menos no todavía. Porque allí la política se mueve por lealtad, identidad y bolsillo.
Ese es el primer error. Se mira la caída de popularidad de Trump y se concluye que está acabado. Sin embargo, una aprobación cercana al 36% no significa irrelevancia. En una sociedad tan polarizada, eso es una base real y resistente. Es el segmento más motivado de su coalición: el votante que dona, milita, vota en primarias y transforma el apoyo en identidad. Por eso Trump puede ser rechazado por una mayoría y seguir siendo fuerte donde se definen candidaturas republicanas y se castiga la independencia.
La guerra con Irán no ha cambiado esa estructura de fondo. Solo la ha expuesto con mayor crudeza. La mayoría de los estadounidenses se opone a la guerra, rechaza enviar tropas terrestres y quiere que el conflicto termine rápido, aunque no se cumplan todos los objetivos. Eso revela un mal clima general. Pero una cosa es el humor nacional y otra el comportamiento del núcleo duro de MAGA. Ahí la lógica es distinta.
Dentro de ese núcleo, Trump no es un político convencional. Para muchos, es una figura de combate moral. Para otros, incluso una figura providencial. Los intentos de asesinato que sobrevivió en 2024 reforzaron esa narrativa. No todos sus votantes piensan así, pero una parte influyente los interpretó como señal de protección divina. Cuando el liderazgo se interpreta en términos providenciales, el costo de la evidencia baja. Si Trump actúa, entonces debe tener una razón. Si esa razón no es visible, el problema no es la decisión, sino la ceguera ajena.
Esa cultura política no nació ayer. Durante décadas, sectores del conservadurismo mediático construyeron una lógica de no admitir errores, no pedir perdón y negar legitimidad moral al adversario. Figuras como Rush Limbaugh o Andrew Breitbart ayudaron a consolidar la política como guerra cultural permanente. En ese marco, incluso los fracasos pueden presentarse como éxitos incomprendidos y las derrotas como pruebas de autenticidad. Esa lógica sostiene su supervivencia política.
Por eso, cuando se dice que la guerra lo ha dejado aislado, conviene distinguir. Puede estar más aislado entre independientes, moderados, suburbanos o parte del establishment. Pero no necesariamente dentro del entorno que más lo protege. Su ecosistema político y mediático no lo corrige. Lo confirma y lo empuja.
Los hechos electorales recientes también muestran que es prematuro dar por muerto al trumpismo. En Georgia, en el distrito 14, el republicano respaldado por Trump ganó la elección especial. El margen fue más estrecho que el de Marjorie Taylor Greene en 2024, lo que sugiere desgaste, no colapso. El sello de Trump sigue movilizando al electorado más fiel.
Nada de esto significa que Trump esté cómodo. A mi juicio, su mayor miedo no es que Irán incendie Oriente Medio. Su miedo real es más doméstico: la gasolina. Si el precio sube de manera persistente, el efecto político puede ser devastador. El estadounidense medio no vive pendiente de Ormuz. Vive pendiente del precio que ve en la gasolinera, de su fondo de retiro y del interés hipotecario. En EE.UU. el automóvil es una necesidad básica. Cuando una guerra exterior golpea gasolina, bolsa y crédito, deja de ser exterior. Se vuelve doméstica.
Ese punto debería preocupar a la Casa Blanca. No el juicio moral de Europa ni la indignación de los expertos. Lo dañino es que el ciudadano común asocie la guerra con una vida más cara. Si llenar el estanque cuesta más, el mercado tiembla y el crédito se encarece, la guerra se convierte en castigo cotidiano.
Por eso, la pregunta correcta no es si Trump perdió el control de su base. No lo perdió. La pregunta es cuánto daño económico interno puede soportar antes de que la periferia rompa filas. El núcleo duro seguirá con él casi pase lo que pase, porque no lo evalúa como a un Presidente convencional. Lo acompaña como identidad, causa y, en algunos casos, fe.
Ahí está la paradoja central. La guerra en Irán puede haber aumentado el rechazo general, pero no ha desmontado la lógica que sostiene al trumpismo. En Estados Unidos, un Presidente puede estar cuestionado por la mayoría y seguir siendo formidable si conserva a uno de cada tres. Sobre todo, cuando ese tercio es el más ruidoso, movilizado y convencido de que su líder actúa por una razón que los demás no entienden.
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