Se ha vuelto a comprobar que lo imprevisto puede estar a la vuelta de la esquina. A comienzos de febrero, era dable pensar que el gobierno de Kast podía abrir una fructífera etapa en la vida del país, pero han aparecido negros nubarrones en el mundo como consecuencia de la guerra desatada por EE.UU. e Israel contra Irán, y que afecta directamente también a Líbano y los países del Golfo Pérsico. Al cabo de tres semanas, la muerte y la devastación están a la vista, como también los efectos geopolíticos y económicos.
Los antecedentes disponibles indican que puede sobrevenir un cuadro de recesión global. La violenta alza del precio de los combustibles ya planteó un dilema respecto de si el Estado puede seguir subsidiándolo como hasta ahora, lo cual el ministro de Hacienda no se demoró en descartar. O sea, el alza se traspasará a los consumidores, lo que implica fuertes presiones inflacionarias en muchos campos, incluido el transporte y el precio de los alimentos.
Viene, por lo tanto, una compleja prueba de ductilidad y equilibrio para el nuevo gobierno. La palabra “emergencia” puede adquirir ahora resonancias verdaderamente inquietantes. Lo más importante, huelga decirlo, es “la política”. Es indispensable que el mandatario ponga máxima atención a lo que está pasando en el ámbito internacional, que la Cancillería mantenga comunicación fluida con todas las naciones con las que sea posible concordar líneas de colaboración en el nuevo escenario. Será crucial la interacción de América Latina con la Unión Europea, Canadá, China, Japón y demás naciones asiáticas.
La guerra está causando inmensos perjuicios globales. Parece obvio, pues, que hay que sumar fuerzas para detenerla. Una demostración elemental de soberanía nacional sería que Chile levantara su voz para decir “No a la guerra”, y mucho mejor si lo hace junto a otras naciones de la región. Algunos quizás consideren que actuar así podría causar el enojo de un hombre perturbado como Trump, pero el solo hecho de plantearlo debería causar rubor.
Habrá que afinar los planes de gobierno en función de la posible evolución del conflicto y los riesgos probables. Lo que no puede ocurrir es que La Moneda crea que las cosas siguen siendo como hace un mes, o que estamos lejos de la guerra y no hay nada que temer.
En este contexto, surge un interrogante respecto de la capacidad de análisis y reflexión del equipo gobernante. ¿A qué se va a dedicar el Segundo Piso encabezado por Alejandro Irarrázaval? ¿Al control del trabajo de los ministros? ¿A dar instrucciones aquí y allá? ¿Y qué espacio tendrá la política propiamente tal, es decir, el examen de los escenarios posibles y la asesoría estratégica al presidente?
La tarea de gobernar supone definir un horizonte de sentido, una determinada racionalidad de las medidas y los proyectos, con el fin de avanzar en una dirección que consiga mejorar lo que existe. El gobierno ha presentado una batería de iniciativas en diversos ámbitos, las que deberán juzgarse en su mérito una a una. Será esencial que los árboles no tapen el bosque. No todo tiene igual valor. Habrá que establecer rigurosamente las prioridades, para no enredarse en un cúmulo de proyectos que terminen confundiendo no solo a los parlamentarios, sino a los ciudadanos.
El gobierno debería empeñarse en construir amplias mayorías en torno a las iniciativas que considera fundamentales, como el combate a la delincuencia y el crecimiento económico. Será positivo si es capaz de crear una dinámica de dialogo y cooperación con aquellos partidos opositores que rechazan la lógica del atrincheramiento.
Hay quienes observan al nuevo gobierno con la idea de confirmar un prejuicio incombustible: las fuerzas de derecha no pueden encarnar una opción de progreso, que beneficie de verdad a los sectores populares. En realidad, temen que ello ocurra. La lógica de hacer fracasar a Piñera a cualquier precio en 2019 fue, exactamente, una expresión desvergonzada de ello. Kast tiene el reto de desajustar no pocos prejuicios.
Los tics de izquierda y los tics de derecha, entendidos como reacciones instintivas para actuar sin pensar mucho, obstruyen la posibilidad de generar mejores condiciones de vida para la mayoría. Está demostrado que las pulsiones partidistas suelen anular la capacidad de raciocinio. Sin embargo, necesitamos vivir juntos, y eso exige ponernos de acuerdo en los asuntos esenciales para no repetir los errores costosos del pasado.
No sabemos hasta dónde puede llegar la locura belicista. Sería muy valioso que, en un momento tan inquietante como el que vivimos, el gobierno de Kast reafirmara la adhesión de Chile a los principios del derecho internacional y abogara resueltamente por la paz.
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