¿En qué estarán las izquierdas? Por Ignacio Imas

Ex-Ante

A partir de marzo, las izquierdas deberán apostar por nuevos referentes que, si bien cuentan con ímpetu, carecen por ahora de la transversalidad necesaria para construir mayorías. La tarea de erigir un liderazgo unitario chocará inevitablemente con los intereses personales, la atomización de las bancadas y la búsqueda de un protagonismo individual.


Chile ya no puede ser decodificado bajo los prismas tradicionales. El escenario político actual nos obliga a reconocer que conceptos como “la izquierda” han perdido su capacidad de interpretar una realidad que dista de ser un bloque homogéneo. Hoy, lo que antes entendíamos como un sector coordinado a todo nivel (administrativo, político y programático) se encuentra atomizado.

La presente reflexión busca abordar cómo estas “izquierdas”, en sus múltiples y a veces contradictorias versiones, se comportarán en el futuro cercano. Es importante señalar que esto es parte del nuevo ciclo político chileno: las viejas categorías de clasificación de partidos y actores no son replicables hoy. El mundo político se ha vuelto voluble, líquido -e incluso gaseoso- y la capacidad de predicción basada en la antigua “disciplina partidaria” es hoy una quimera a la que debemos dejar de aferrarnos.

Este arco político atraviesa, probablemente, su momento más complejo desde el retorno a la democracia en 1990. La crisis no emana únicamente de la derrota electoral del año pasado, que fue contundente, sino de un agotamiento estructural de sus cuadros e instituciones.

Las izquierdas se encaminan hacia un recambio de liderazgos irreversible y, por primera vez en décadas, huérfano de tutelaje. Ya no podrán recurrir a la figura de los expresidentes como referentes de última instancia o como “extintores” de crisis internas. El liderazgo más contingente, el de Gabriel Boric, aunque retiene un capital simbólico importante, parece hoy insuficiente para aglutinar a la totalidad del sector.

Durante el próximo cuatrienio, seremos testigos de una batalla cultural que enfrentará no solo contenidos, sino formas y fondos: el estilo de la izquierda tradicional frente al de una nueva izquierda que aún no termina de cuajar su identidad. La vertiente tradicional, que se encuentra debilitada, entiende que la política es, ante todo, el oficio de alcanzar acuerdos cuando la alternativa es el estancamiento. Es una facción que asume con realismo que, aun frente a un Ejecutivo en las antípodas ideológicas, el consenso es también una herramienta de supervivencia.

Sin embargo, esta tendencia hacia el pragmatismo convivirá -y chocará- con pulsiones opuestas que tensionarán cotidianamente. Por un lado, persiste el afán de ciertos sectores por marcar hitos identitarios que hablen más a su nicho que a posibles mayorías; prima la lealtad al grupo pequeño sobre la estrategia de coalición. A esto se suma un escepticismo militante y preventivo frente a la futura administración de José Antonio Kast, que buscarán que funcione como el pegamento emocional de la oposición, pero no necesariamente como una hoja de ruta programática.

En medio, encontraremos una escala completa de matices que dificulta la labor de cualquier interlocutor. Lo seguro es que enfrentaremos dinámicas de oposición fragmentadas donde coexistirán tres estilos marcados, que van desde la cooperación a ser recalcitrantes, cruzando todas las etiquetas partidarias. No podemos considerar a los partidos que actúen de forma coordinada y coherente.

El vacío se sentirá con especial fuerza en el ámbito legislativo. La salida del Congreso de figuras históricas, que servían de puentes válidos, dejará un flanco expuesto. A partir de marzo, las izquierdas deberán apostar por nuevos referentes que, si bien cuentan con ímpetu, carecen por ahora de la transversalidad necesaria para construir mayorías. La tarea de erigir un liderazgo unitario chocará inevitablemente con los intereses personales, la atomización de las bancadas y la búsqueda de un protagonismo individual.

En este esfuerzo crítico de convocatoria, la figura de la senadora Paulina Vodanovic emerge como un pivote estratégico. Desde la presidencia del Partido Socialista -que se mantiene como el eje más robusto e influyente del sector- tendrá la responsabilidad de tender puentes no solo hacia el resto de las oposiciones, sino también hacia el futuro gobierno.

No obstante, su éxito no dependerá únicamente de su pericia política, sino de su capacidad para cohesionar a sus propios congresistas. El PS hoy es un microcosmos de la crisis de la izquierda: alberga desde sensibilidades con tintes populistas hasta cuadros técnicos de un pragmatismo profundo. Si el socialismo no logra ordenar su propia casa, difícilmente podrá pretender ser el arquitecto de la unidad de un sector que hoy navega a la deriva en un mar de incertidumbre institucional.

En un país hiperpresidencialista como el nuestro, la futura administración de José Antonio Kast se convierte en el factor gravitacional determinante. El ascenso de Kast no solo representa una derrota electoral para el sector, sino que actúa como un espejo que devuelve las peores inseguridades de las izquierdas.

Mientras el presidente electo -y próximamente en ejercicio- mantenga una retórica que apelen al trabajo en conjunto, se vuelve más complejo ser una oposición dura. Esto se agudiza cuando, las personas que se muestran abiertas a debatir sobre si renunciar a sus derechos individuales y colectivos por seguridad y orden, ven al foráneo como un extraño que les amenaza, y sienten atracción por buscar su satisfacción en su vida privada, desvalorizando lo comunitario.

El riesgo es evidente: que la oposición a Kast se convierta en el único programa político de un sector, transformando la política chilena en un juego de suma, es riesgoso, aunque tiene algo de oportunidad. Si observamos la experiencia reciente nos daremos cuenta que tanto Boric como el propio Kast construyeron sus fuerzas como antítesis del presidente en ejercicio.

Con todo, es difícil construir un ethos en caliente, sobre todo cuando Boric y su gobierno no han dado herramientas para construirlo, al contrario. El presidente por acción u omisión más bien durante estos años se inclinó por no construir una coalición de gobierno que busque puntos de encuentro, en esta lógica de las dos almas, optó por dejar tranquilas de forma temporal cada una de ellas; fracasó en lo político el presidente. Eso deja con una misión difícil a los partidos y sus dirigentes, quienes no logran en sus diferencias, buscar puntos de encuentro.

En la actual administración las fricciones eran de forma y fondo. Se han debilitado los partidos y actores moderados, quienes han dado paso a otros más radicalizados en su discurso y sus comportamientos. Para las izquierdas es difícil construir agenda, lo es aún más si existen actores que buscan resguardarse en relatos de tribu y complejos de desmenuzar y codificar para la ciudadanía, también cuando no hay liderazgos claros y no existe coherencia partidaria.

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