Mientras el mundo avanza hacia formas de trabajo más flexibles y adaptativas, algunos en Chile prefieren mirar por el espejo retrovisor. El gobierno ha confirmado el envío de un proyecto de ley para instaurar la negociación colectiva por rama como si fuera la llave para modernizar las relaciones laborales. Pero el instrumento que reivindica es extemporáneo: en la mayoría de los países, la negociación ocurre a nivel de la empresa, y donde subsisten marcos sectoriales, estos se han vuelto más flexibles y adaptativos.
De acuerdo con datos de la OCDE (2019), cerca de dos tercios de sus países miembros negocian hoy principalmente a nivel de empresa. En América, Asia y Oceanía esa proporción es aún mayor.
En Europa, países con larga tradición sindical como Alemania, los Países Bajos y Suecia mantienen marcos sectoriales, pero de tipo flexible: han incorporado cláusulas y mecanismos que permiten adaptar los convenios a las condiciones específicas de cada empresa. Desde los años ochenta, la tendencia general ha sido hacia una mayor flexibilidad y descentralización organizada en las relaciones laborales (Visser, 2016).
Abstrayéndose de esa tendencia mundial, el gobierno sigue anclado en estructuras productivas de los años sesenta, sin reconocer la heterogeneidad de las empresas chilenas. En una misma rama conviven empresas exportadoras de tecnología y talleres que apenas sobreviven. Fijar iguales condiciones salariales para ambas no es equidad: es desconocer la realidad productiva del país.
Un esquema uniforme elevaría los costos de las pymes y empujaría a muchas a la informalidad. Quizá reduzca la dispersión salarial en el sector formal, pero será a costa de excluir trabajadores. ¿Es esta la política laboral que requiere Chile? Como advirtió Peter Drucker: “No hay nada tan inútil como hacer con eficiencia lo que no debería hacerse en absoluto”.
Chile acumula más de una década con su productividad estancada. Sumar reducción de jornada, siete puntos más de cotizaciones previsionales y negociación ramal es como pedirle a un motor sin aceite que suba una cuesta. No hay otra forma sostenible de mejorar salarios que la productividad, y esta se construye con inversión, competencia, innovación y capacitación. Centralizar la negociación no es la solución. Urge, más bien, remover los obstáculos que impiden producir más y mejor: fragmentación institucional, permisos eternos, regulaciones aplicadas con discrecionalidad y una mirada contenciosa de las relaciones laborales.
El premio Nobel de Economía 2025 lo advirtió con claridad. Philippe Aghion, junto con Peter Howitt y Joel Mokyr, mostraron que el progreso no surge de preservar estructuras añejas, sino de la innovación y la competencia. Coherente con esa visión, Aghion respaldó la reforma laboral de Macron en 2017, que descentralizó en parte la negociación colectiva en Francia. La llamó una “nueva esperanza de cambio” para un país atrapado en bajo crecimiento, alto desempleo y declinación industrial.
Con la irrupción de la inteligencia artificial, este debate se vuelve aún más urgente. Las economías que ganen esta carrera serán las que reorganicen su trabajo con rapidez, reasignen talento y premien la experimentación. Esa es precisamente una lección que deja Europa, donde –advierte Aghion– las rigideces institucionales amenazan con dejarla atrás frente a Estados Unidos y China. Chile debería tomar nota.
El mundo avanza hacia la flexibilidad y la productividad laboral; Chile no puede hacerlo atado a instituciones del siglo pasado. Proponer la negociación ramal hoy es, literalmente, irse por las ramas: una distracción frente a los desafíos reales del mercado laboral: baja creación de empleo, informalidad laboral, costos laborales crecientes, baja flexibilidad y una capacitación deficiente.
En tiempos de disrupción tecnológica, aferrarse a estructuras obsoletas no es proteger el empleo, es pavimentar el camino del estancamiento. Pero el gobierno insiste, como canta la banda uruguaya No Te Va Gustar: “nadie va a bajarme de esta rama”. Y tiene razón: nadie los bajará. Simplemente quedarán allí, trepados a un árbol del siglo XX, mientras el resto del mundo sigue avanzando.
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