Tras las elecciones parlamentarias de 2025, el lamento recurrente fue la fragmentación electoral. La tesis popular es simple: si las dos listas principales (K y J) hubieran ido unidas, se habría “arrasado”. Un ejercicio contrafactual, sin embargo, demuestra que esta visión es, en el mejor de los casos, incompleta.
La fragmentación no fue un fenómeno neutro ni inevitablemente negativo, pero sí tuvo un impacto medible en la distribución final de escaños. El análisis de escenarios hipotéticos revela que la clave no está solo en “ir juntos”, sino en cómo se va junto.
El análisis de la Lista Única Optimizada, donde se suma la votación total de ambas listas y se reduce la dispersión de candidatos, es el que alimenta la narrativa del “arrase”. En este caso, por ejemplo, se suman la votación de los 18 candidatos reales en el distrito 8 a los 9 candidatos de la lista única. Bajo esta hipótesis, la derecha habría obtenido hasta 8 diputados adicionales y hasta 3 senadores más.
Las ganancias se concentran especialmente en el norte del país y en distritos competitivos con presencia del Partido de la Gente (PdG). Este escenario confirma que la competencia interna resta eficiencia al rendimiento de los votos, incluso cuando el apoyo ciudadano es mayoritario. Este resultado es poderoso, pero asume un factor crucial: el voto se transfiere por lista más que por candidato.
A lo anterior se suma un factor político-cultural que suele quedar fuera de los modelos contrafactuales: la baja transferibilidad real de votos entre partidos que conviven en un mismo pacto, pero que representan identidades y electorados muy distintos. Incluso bajo una lista unificada, no es evidente que un votante de Demócratas o Evópoli estuviera dispuesto a respaldar a un candidato del Partido Nacional Libertario o Social Cristiano, y viceversa.
La composición sociológica, valórica y generacional de estos electorados es heterogénea, y parte importante de la adhesión se ancla en la identidad del partido y no únicamente en el eje izquierda–derecha. Asumir una “suma perfecta” entre mundos que compiten por votantes moderados y por votantes doctrinarios es, por tanto, metodológicamente riesgoso. La lista única no solo enfrenta problemas de diseño electoral —número de candidatos, umbrales y distribución territorial—, sino también fricciones reales entre electorados que no se pueden intercambiar mecánicamente.
El problema emerge en el segundo ejercicio, el escenario de Concentración en Candidaturas Dominantes, que prioriza el voto por candidato por sobre el voto de pacto. Aquí se simula una lista única que solo considera a los candidatos más competitivos, por ejemplo, los 9 con mayor votación en el distrito 8. Bajo esta mirada, la fragmentación no habría sido un error: una lista única habría significado la pérdida de hasta 4 cupos de diputados.
La sorpresa se da en distritos como el 8, 13, 18 y 20, donde el ir separados y llevar más candidatos permitió ampliar la base electoral total del sector y lograr cupos que una lista única concentrada no habría alcanzado. Esto subraya que la diversidad de candidaturas fue, paradójicamente, una ventaja táctica en ciertos territorios.
La conclusión es clara: la fragmentación no es inevitablemente mala en un sistema proporcional. La principal lección estratégica no es el llamado automático a la “unidad”, sino a la coordinación temprana, racional y territorializada. La unidad no consiste solo en sumar, sino en diseñar inteligentemente la oferta electoral y administrar el “umbral efectivo” de cada distrito.
A esto se añade que, incluso en un escenario políticamente negociado, la viabilidad de una lista única enfrenta límites estructurales: no solo por la competencia interna entre partidos, sino porque no es evidente que todas las fuerzas vinculadas al mundo de la derecha y el centro hubiesen estado dispuestas a renunciar a candidaturas propias, o que sus electores hubiesen aceptado sin fricción candidatos que representan proyectos ideológicos distintos.
En un escenario de voto obligatorio, polarización y fragmentación creciente, la capacidad de diseñar listas con criterio estratégico será tan o más relevante que la popularidad individual de los candidatos. La “unidad”, por sí sola, es un eslogan; la estrategia, en cambio, es lo que define los resultados. Esto será muy importante en la próxima elección de alcaldes y de gobernadores regionales en algunos años más.
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