Del discurso al algoritmo: el nuevo poder. Por Gabriela Salvador

Directora ejecutiva de Vantrust Capital

Las redes sociales se han transformado en una nueva forma de “territorio”. No reemplazan el puerta a puerta, pero hoy valen tanto como él. En cada post, like o silencio, se disputa una conversación pública que influye tanto como la caminata por la feria o la plaza. El voto emocional se gesta antes en el scroll que en la esquina.


El poder ya no se construye desde los partidos, los gremios o los medios. Hoy se forja en las redes sociales, ese territorio donde la conversación es simultáneamente pública y emocional. Quien domina su lenguaje no solo comunica: gobierna la percepción.

Milei, Trump y Bukele comprendieron antes que nadie que el poder contemporáneo no se basa en persuadir, sino en conectar. Su discurso no busca la razón, sino la reacción. Las plataformas digitales les permiten hablar sin intermediarios, crear comunidad y moldear la agenda en tiempo real. Como explican Jeremy Heimans y Henry Timms en The New Power, el poder del siglo XXI ya no se acumula: se comparte, se propaga y se multiplica.

Pero en este nuevo ecosistema, la verdad se volvió una variable maleable. Las fake news son la cara oscura de ese poder compartido: fabrican emociones, moldean la conversación y erosionan lentamente la confianza. Una noticia falsa se propaga seis veces más rápido que una verdadera, y casi nunca se corrige con la misma fuerza con que se difundió. Lo más inquietante es que ya no importa si algo es cierto, sino si genera adhesión. En un entorno donde el clic vale más que el dato, la reputación se convierte en un campo de batalla.

Daniel Kahneman lo anticipó: las personas no deciden desde el análisis lento, sino desde el pensamiento rápido, el que busca confirmar lo que ya cree. Por eso la desinformación no necesita ser verosímil, solo emocionalmente coherente. Así, el liderazgo se juega en milisegundos: quien no reacciona a tiempo, pierde el control del relato.

En Chile, esta nueva lógica se siente con fuerza. Gabriel Boric fue el primero en entender que el ciudadano digital no espera discursos, sino conversación. Su lenguaje cercano le permitió conectar con una generación que valora la autenticidad por sobre la solemnidad. Pero la era de la conexión también exige velocidad y consistencia: Evelyn Matthei tardó en activar su comando digital, y ese retraso la dejó varios días sin voz en la esfera donde hoy se decide la agenda. En el siglo de la inmediatez, el silencio ya no es prudencia: es ausencia.

Las redes sociales se han transformado en una nueva forma de “territorio”. No reemplazan el puerta a puerta, pero hoy valen tanto como él. En cada post, like o silencio, se disputa una conversación pública que influye tanto como la caminata por la feria o la plaza. El voto emocional se gesta antes en el scroll que en la esquina.

Liderar en redes es liderar en tiempo real. Implica comprender que el poder simbólico se desplaza cada día a nuevos espacios: de los matinales a los reels, de los debates televisivos a los lives, del titular al algoritmo. Y que la credibilidad, antes un capital estable, hoy es un bien volátil que depende de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Las próximas campañas serán también batallas algorítmicas. En otros países, como la Unión Europea, ya se discute la creación de organismos que regulen la desinformación electoral y la transparencia en el uso de datos. En Chile, aún no tenemos ese marco. Pero más allá de las normas, lo que está en juego es un rebalanceo de poderes: las redes ya no solo amplifican mensajes, sino que moldean voluntades. El poder del clic empieza a competir con el voto territorial. Y quizá por primera vez el Congreso, los partidos y los medios deban compartir su influencia con una nueva fuerza: la del algoritmo ciudadano.

Werner Herzog, el cineasta alemán, dice que “la verdad profunda no está en los hechos, sino en la autenticidad del gesto”. En tiempos de posverdad, esa autenticidad es el último refugio del liderazgo. Porque el algoritmo podrá amplificar voces, pero solo el gesto humano —honesto, imperfecto, coherente— tiene el poder de perdurar.

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