Hay algo inquietante en el ambiente político: la sensación de que el oficialismo se prepara para celebrar el próximo 16 de noviembre. Las encuestas muestran un escenario donde la dispersión del voto en la centroderecha podría permitirle al gobierno llegar cómodamente a una segunda vuelta o incluso, según algunos sondeos, instalar la idea de una victoria holgada en la primera. Pero conviene recordarlo: no sería una celebración ganada por logros, sino por omisiones ajenas.
Está claro que el gobierno no llega a este punto por mérito, y no podría serlo porque durante su gestión gubernamental solo han demostrado fatiga, desconexión y falta de respuestas ante los desafíos que vive la ciudadanía intentando vender estabilidad donde solo hay sumatorias de fracasos y desaciertos.
Las encuestas hoy entregan una señal clara: los ciudadanos están definiendo con nitidez dónde está la verdadera competitividad dentro del espacio opositor. Tenemos un candidato -Kast- que en todos los sondeos de opinión es el mejor posicionado en la centroderecha. No se trata ya de intuiciones o de voluntarismos, sino de datos concretos y consistentes que muestran en qué candidatura puede concentrarse la fuerza necesaria para disputar el gobierno con eficacia. Ignorarlo, sería regalarle al oficialismo un riesgoso e inmerecido triunfo en primera vuelta.
Si el gobierno celebra, lo hará sobre la frustración ciudadana y el desencanto. No porque haya convencido, sino porque una parte importante de la oposición aún se entretiene en análisis y especulaciones sin ponderar los efectos políticos de ser segundos y, peor aún, con diferencia significativa respecto a Jara en primera vuelta.
Para evitar la celebración del gobierno en primera vuelta: votar con pragmatismo es la contribución que se puede hacer para facilitar el cambio de rumbo que Chile necesita y evitar desde ya la repetición de los mismos errores bajo nuevas excusas.
Concentrar esfuerzos en la candidatura más competitiva no es un gesto de resignación, sino de responsabilidad. No se trata de borrar diferencias legítimas entre proyectos o sensibilidades dentro del sector, sino de reconocer que el adversario común no está entre nosotros, sino en un oficialismo que ha confundido gobernar con administrar la espera.
Las elecciones no se ganan con voluntarismo, sino con realismo. Las buenas ideas no bastan si no se traducen en fuerza política real. Hoy la oposición al gobierno es una mayoría irrefutable en la ciudadanía. La pregunta, entonces, no debe ser quién me gusta más, sino quién puede llegar más lejos.
El Gobierno no merece celebrar. No por un cálculo partidario, sino porque el país merece más. Merece un liderazgo que recupere la confianza y un proyecto que devuelva esperanza.
Todavía hay tiempo, Pero no tanto como para seguir mirando hacia los lados. Las encuestas ya marcan con claridad el camino; ahora falta la decisión, la grandeza y la valentía política para recorrerlo.
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