Un presidente para todos los chilenos. Por Cristóbal Bellolio

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Crédito: Agencia Uno

Como están las cosas, Kast está cerquísima de llegar a La Moneda. Pero en este escenario de polarización afectiva, no gobernará sobre un país sino sobre un campo de batalla. Tiene tiempo aun para evitar el guion Trumpista de confrontación permanente y emular lo que alguna vez hizo John McCain, en una muestra auténtica de valentía: enfrentar a sus partidarios, fijar el tono de una discusión respetuosa, y prepararse para ser el presidente de todos los chilenos.


Está por verse cuánto golpea a José Antonio Kast la polémica de los bots, y cuánto se relaciona con el alza de Evelyn Matthei en las encuestas. Lo que sí está claro es que Kast perdió -por ahora- la oportunidad de proyectarse como un presidente para todos los chilenos.

Cada vez que es emplazado por las formas tóxicas con las cuales su entorno se mueve en redes sociales, Kast tira la pelota al córner o reacciona atacando a sus denunciantes -como lo acaba de hacer respecto de un reportaje de Chilevisión-.

No se trata de autoflagelarse. La derecha “sin complejos” no es la única que abusa del anonimato digital para difamar, insultar y sembrar sospecha sobre sus adversarios. La izquierda -que hoy nos gobierna- retuitea perfiles que bajo una pretendida intención justiciera son igualmente mentirosos y violentos.

Sin embargo, sería mezquino decir que Gabriel Boric no ha hecho un esfuerzo por ser el presidente de todos los chilenos. Fue funado por la ultra por acceder al itinerario constituyente que canalizó el estallido social en forma democrática. Apenas asumió el poder, le dijo a la Convención que no quería una constitución “partisana”. Después del baño de realidad del 4S, reorientó su agenda hacia las prioridades de la mayoría -seguridad y economía- por sobre las prioridades de su tribu de origen. No se habló más de refundar Carabineros ni se impuso el lenguaje inclusivo.

Boric lo puede haber hecho bien o mal, cada chileno tiene una opinión al respecto. Pero al menos entendió que no podía seguir crispando una atmosfera lo suficientemente cargada tras estallido, pandemia y frustración constituyente. Quiso, o al menos lo intentó, ser un presidente para todos.

Es el mismo desafío que enfrenta actualmente Kast. Tal como lo hizo Boric, Kast ha hecho carrera fustigando a los rivales. No ha sido precisamente un constructor de puentes. Por el contrario, ha sugerido que la estrategia consensualista es propia de una “derechita cobarde”. En su mundo no hay espacio para complejidades: la izquierda tiene la culpa de todos los males. La gestión de Republicanos a cargo del Consejo Constitucional es un ejemplo de lo que ocurre cuando los partidos de protesta llegan al poder: expertos en dividir entre buenos y malos, pero deficientes a la hora de conducir con un propósito común.

En los últimos meses, Kast pareció haber aprendido la lección. Evitó la retórica bélica y se concentró en promover eslóganes piñerísticos de baja densidad ideológica y alto poder convocante. Disminuyó la resistencia que genera su figura al prometer dedicación a las “urgencias sociales” por sobre la “batalla cultural” que anhelan sus partidarios. Presentó un programa decididamente más moderado que el que promovió en 2021, regalándole a Johannes Kaiser la franja más excéntrica de la derecha.

Cuando fue acusado de utilizar violencia digital, Kast pudo haber recogido el guante. Chile no está polarizado ideológicamente, pero sí lo está afectivamente. Al revés del Cristianismo que dicen predicar sus seguidores, la regla de las redes sociales es ódiense los unos a los otros. Es probable que Kast no tenga control sobre los caballeros templarios con banderas chilenas que escriben desde el sótano de la mamá, pero estos últimos solo radicalizan la imagen nefasta que el líder proyecta de sus adversarios. Lejos del ejemplo de Jesús, Kast tira la primera piedra y después se desentiende de la lapidación.

Alguna vez Salvador Allende reconoció que no era el presidente de todos los chilenos. ¿Quiere seguir José Antonio Kast el mismo ejemplo? ¿Gobernar para unos contra los otros? ¿Representar a los “verdaderos chilenos” en pie de guerra permanente contra los que piensan distinto?

No fue la frase de Allende la que selló el destino de su gobierno. Pero el politólogo Adam Przeworski -probablemente la voz académica más autorizada en el estudio de la democracia- utiliza el ejemplo de la Unidad Popular en Chile para ilustrar lo que pasa cuando lo que está en juego en los conflictos políticos es “demasiado grande”, es decir, “cuando el resultado impone costos intolerables a los perdedores”. Por cierto que las diferencias importan y las alternativas no son iguales. La democracia funciona cuando hay algo en juego, concluye Przeworski, “pero siempre y cuando ese algo no sea excesivo”.

Después de varios lustros de fascinación Schmittiana por parte de la izquierda iberoamericana, con resultados de malos a desastrosos, la glorificación del conflicto por parte de esta nueva derecha radical no augura desenlaces más auspicios.

Como están las cosas, Kast está cerquísima de llegar a La Moneda. Pero en este escenario de polarización afectiva, no gobernará sobre un país sino sobre un campo de batalla. Tiene tiempo aun para evitar el guion Trumpista de confrontación permanente y emular lo que alguna vez hizo John McCain, en una muestra auténtica -y no puramente retórica- de valentía: enfrentar a sus partidarios, fijar el tono de una discusión respetuosa, y prepararse para ser el presidente de todos los chilenos.

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