Agosto 30, 2025

Entre cenizas y resistencias: el declive del MAS y los nuevos rumbos de la política boliviana. Por Stéphanie Alenda

Directora de Investigación de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Andrés Bello y Directora del Núcleo Milenio CRISPOL sobre las crisis políticas en América Latina

El próximo presidente de Bolivia no solo tendrá que enfrentar una economía frágil y una coalición diversa difícil de cohesionar, sino también la persistente sombra de Evo Morales y la influencia subterránea del MAS. Aunque la estructura institucional del partido se derrumbó, su legado social y su capacidad de movilización continúan vigentes.


La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Bolivia fue interpretada por muchos como el cierre de un ciclo: el ocaso del Movimiento Al Socialismo (MAS) y, con él, de la variante bolivariana que marcó dos décadas de la política nacional. En cuestión de semanas, el partido otrora predominante quedó reducido a su mínima expresión, abriendo paso a una inédita segunda vuelta entre dos candidatos opositores: Rodrigo Paz (32%), del Partido Demócrata Cristiano (PDC), y Jorge “Tuto” Quiroga (26,7%), de Alianza Libre. El candidato oficialista, Eduardo Castillo, apenas alcanzó el 3,17% de los votos, mientras que Andrónico Rodríguez —antiguo delfín de Evo Morales convertido en rival interno— solo logró atraer al 8,5% del electorado. En el Parlamento, el MAS fue prácticamente borrado del mapa, conservando un único diputado.

Sin embargo, este ocaso no significa desaparición. Aunque debilitada, la sigla del MAS logró superar por poco el umbral del 3% de votos válidos, lo que le permite mantener su personería jurídica y seguir compitiendo en futuras elecciones. A ello se suma que varios de sus militantes encontraron refugio en candidaturas del amplio frente que impulsó Rodrigo Paz. De acuerdo con datos de ChequeaBolivia, entre las 271 postulaciones legislativas del PDC, 13 correspondían a exMAS, y al menos cinco obtuvieron escaños, reforzando la idea de que el masismo no desapareció de un plumazo.

El éxito de Rodrigo Paz puede explicarse justamente por esa capacidad de reunir un arco diverso: desde partidos tradicionales como el Frente Revolucionario de Izquierda hasta nuevas agrupaciones ciudadanas, como el Movimiento Tercer Sistema o el joven partido VOS, fundado en 2025 en Santa Cruz para “defender a la gente común”. En su seno confluyeron también antiguos militantes o cuadros medios del MAS, lo que refuerza la idea de continuidad dentro del cambio. Paz logró proyectar un discurso socioliberal que, sin romper bruscamente con el ciclo anterior, ofreció la posibilidad de renovación frente al desgaste del oficialismo. Esta amplitud puede facilitar su victoria en la segunda vuelta, pero también anticipa un desafío enorme: encauzar una coalición heterogénea en medio de una coyuntura económica adversa que exigirá un ajuste inicial fuerte, medidas compensatorias inmediatas y, sobre todo, capacidad de liderazgo.

En paralelo, Evo Morales conserva un papel central como factor de presión y resistencia. Si bien está inhabilitado para competir electoralmente, los resultados de la primera vuelta confirman que sigue siendo la figura más influyente de la izquierda boliviana. Su llamado a votar nulo quintuplicó los registros históricos: en un país donde este tipo de sufragio no ha superado el 4%, el voto nulo bordeó el 20%. Aproximadamente el 16% del electorado respondió directamente a su convocatoria, cifra muy alejada del 55,1% que el MAS alcanzó en 2020, pero lo suficientemente significativa como para mostrar que Morales sigue movilizando a una parte del país. Los resultados en sus bastiones históricos son aún más reveladores. En Villa Tunari, corazón del Chapare, el voto nulo alcanzó un abrumador 84%, y en la mitad de las provincias del departamento de Cochabamba superó el 50%. Estos números muestran que Morales conserva su jefatura política en la región cocalera donde construyó su liderazgo en los años 80 y 90. Desde allí continúa convocando marchas, congresos sindicales y actos de protesta, convirtiendo al Chapare en un bastión de resistencia y en una plataforma desde la cual puede seguir influyendo en la política nacional.

La fuerza de Morales en esa región no es solo simbólica: le proporciona un escudo de protección frente a procesos judiciales y un núcleo de movilización capaz de generar crisis verticales expresadas en protestas, huelgas o revueltas contra el gobierno. Mientras conserve el control de ese territorio, seguirá contando con una base desde la cual presionar y condicionar al próximo gobierno.

El próximo presidente de Bolivia no solo tendrá que enfrentar una economía frágil y una coalición diversa difícil de cohesionar, sino también la persistente sombra de Evo Morales y la influencia subterránea del MAS. Aunque la estructura institucional del partido se derrumbó, su legado social y su capacidad de movilización continúan vigentes. El masismo puede haber perdido su centralidad política, pero no su capacidad de interpelar a amplios sectores populares ni de desestabilizar a gobiernos que no logren consolidar su legitimidad. Más que cenizas apagadas, lo que queda del MAS son brasas encendidas que todavía pueden avivar nuevas disputas en la arena política.

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