El cierre del ciclo frenteamplista. Por Ignacio Imas

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La experiencia del Frente Amplio en el poder no solo marca el cierre de un ciclo generacional, sino también un aprendizaje colectivo sobre los límites de la promesa política en contextos de volatilidad. Quisieron gobernar buscando canalizar e interpretar el malestar, pero duró poco.


Estamos a días de que el presidente Gabriel Boric pronuncie su última Cuenta Pública. Más allá de quienes insistan en que aún hay espacio para avanzar en ciertas materias durante los escasos meses que restan de su mandato, lo cierto es que la administración actual ha entrado en su fase terminal. Podrá haber uno que otro proyecto de ley en agenda, pero el ciclo político del Frente Amplio —y en buena medida de su generación— se encuentra cerrando, quizás de forma tan abrupta como comenzó.

Boric, el Frente Amplio y los sectores que lo acompañaron irrumpieron con fuerza en 2021, con el viento de octubre de 2019 soplando a su favor. El ánimo refundacional, el hartazgo con la élite política tradicional y una legítima demanda por cambios estructurales crearon una ventana de oportunidad histórica.

El modelo de desarrollo chileno, forjado en la transición, mostraba grietas profundas: desigualdades persistentes, concentración de poder económico, y un sistema político cada vez más desconectado de la ciudadanía. A ello se sumaba el desgaste del ciclo Bachelet-Piñera, que acumulaba 16 años de alternancia sin renovación efectiva.

Sin embargo, lo que en su momento se leyó como renovación generacional y audacia programática, rápidamente se transformó en desconexión, inexperiencia y aislamiento. La nueva élite política subestimó fenómenos sociales emergentes como la crisis migratoria en barrios populares, el alza sostenida en la delincuencia y la sensación de vulnerabilidad en las clases medias.

Mientras los noticieros se llenaban de titulares sobre asesinatos, narcotráfico y crimen organizado, el oficialismo parecía centrado en agendas identitarias de derechos de tercera generación, muchas veces sin anclaje directo con las prioridades de las mayorías sociales. El extravío discursivo fue acompañado de una desconexión estratégica: perdieron la iniciativa y la identificación con aquellos sectores a los que decían representar.

En el plano económico, Boric asumió con un país golpeado por la pandemia, con alta inflación y bajo crecimiento, como resultado del masivo gasto fiscal y los retiros previsionales. La urgencia por reactivar la inversión y generar condiciones para un nuevo ciclo de desarrollo fue evidente desde el primer día. Sin embargo, la administración no logró articular una estrategia clara de reactivación.

La desconfianza hacia el sector privado, sumada a una visión ambigua sobre la productividad y el crecimiento, impidió avanzar en acuerdos que habilitaran reformas transformadoras pero sostenibles. Las comisiones, planes y anuncios en materia procrecimiento terminaron siendo poco más que titulares de prensa. Sin crecimiento, no hay redistribución posible. Sin inversión, no hay Estado social sostenible.

En lo político, el Frente Amplio intentó reemplazar a la antigua élite de izquierda, sin lograrlo ni construir una alternativa cohesionada. El episodio en que dejaron fuera al PS y al PPD al inscribir las primarias entre Boric y Jadue en 2021 sigue siendo simbólico: más que una omisión táctica, fue la expresión de un proyecto que apostó por desmarcarse de las tradiciones concertacionistas.

Sin embargo, el tiempo y las restricciones del poder real obligaron a recomponer alianzas, aunque sin convicción ni liderazgo articulador. La relación con el socialismo democrático se mantuvo tirante, y la tan mentada “unidad de las dos almas” terminó siendo más un problema que una virtud.

Hoy, la posibilidad de que el oficialismo deba apoyar a Carolina Tohá como figura de continuidad parece una ironía política: quienes buscaron reemplazar a la élite tradicional podrían terminar siendo su sostén electoral.

A este cuadro se suma una decisión reciente que resulta elocuente: el ingreso del proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Se trata de una promesa de campaña y una causa identitaria clave para el Frente Amplio.

No obstante, su presentación en la recta final del mandato —cuando no existen condiciones políticas ni mayorías legislativas para su tramitación— deja entrever más un gesto simbólico que una verdadera voluntad transformadora. La respuesta probablemente reside en la necesidad de reconstruir identidad ante la base electoral, en un contexto de creciente desafección y pérdida de rumbo.

La experiencia del Frente Amplio en el poder no solo marca el cierre de un ciclo generacional, sino también un aprendizaje colectivo sobre los límites de la promesa política en contextos de volatilidad. Quisieron gobernar buscando canalizar e interpretar el malestar, pero duró poco. En esa traducción, el proyecto frenteamplista fracasó no por falta de diagnóstico inicial, sino por olvidar que la política y la sociedad es cada vez más dinámica. Los temas que le importan pueden cambiar según la contingencia, los liderazgos que encantan pueden ir variando conforme la encuesta semanal.

Aunque el Frente Amplio está lejos de desaparecer del sistema político, vivirá el ostracismo del poder momentáneo. La decisión de querer ser una oposición responsable o volver a los comportamientos impulsivos es la discusión que deben sostener pronto.

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