El factor que definirá la elección de 2025: la falta de relato en la izquierda. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante

Al analizar la dificultad para encontrar un relato opuesto a “orden”, se vislumbra no solo la dificultad para la candidata a la sucesión de Boric, sino que para cualquiera de los candidatos del sector: no tienen un relato que los conecta con lo que parece ser la principal prioridad de la ciudadanía, orden, ni tampoco un programa electoral que pueda proponer continuidad con lo que se ha hecho sin abrir un largo y profundo debate sobre la adjudicación de responsabilidades en el desvío y deterioro del país.


Es relativamente sencillo entender cuáles son los sectores políticos que representa cada uno de los candidatos que se están postulando a la presidencia. En parte, es obvio por los partidos o movimientos que representan. Pero, más allá de eso, se pueden intuir algunos otros aspectos sobre sus posiciones ideológicas, como, por ejemplo, si un candidato de izquierda es un poco más progresista o un poco más tradicional o si un candidato de derecha es un poco más conservador o un poco más liberal.

Y si bien este marco, en conjunto con el tamaño de los partidos o movimientos que cada cual representa, sirve para entender el potencial electoral teórico que tiene un candidato para convencer al electorado y crecer en su intención de voto, de nada sirve para anticipar quién puede ganar la elección, ya que no considera ni la disposición inmediata del electorado, ni el clima social del momento, ni si los candidatos están alineados con ese sentimiento más inmediato.

Para avanzar en eso, para anticipar el resultado de la elección, habría que al menos posicionar a cada uno de los candidatos sobre una segunda dimensión, un eje que en la ciencia política se denomina un clivaje, y que es lo que busca determinar el principal factor que divide a las personas y les permite a los candidatos adoptar relatos.

Por ejemplo, en la elección de 1989, el clivaje fue la posición de las personas sobre la democracia. Así, los que en ese entonces tenían una posición crítica sobre el régimen de Pinochet votaron por Aylwin, y los que, en cambio, sentían el legado de Pinochet como favorable votaron por Büchi.

Otro ejemplo es el de la elección de 1999/2000, ya una década después de la transición, cuando se enfrentaron Lavín y Lagos. Sobre el eje ideológico clásico de izquierda-derecha, y aun con influencia del clivaje democracia-autoritarismo, se levantó una nueva dimensión, una pregunta sobre cambio y continuidad, en la que el candidato de la oposición propuso alternancia, y el candidato del oficialismo propuso profundizar lo hecho.

En ambos casos, Aylwin y Lagos no ganaron necesariamente por representar a partidos o movimientos de centroizquierda o izquierda, sino por interpretar correctamente el sentimiento mayoritario del país y proponer programas en línea con aquello.

Lo mismo ha ocurrido en todas las demás elecciones presidenciales. Han ganado los candidatos que han combinado de mejor manera el andamiaje de las estructuras partidarias que los han apoyado con relatos diseñados para estar alineados con las personas.

Para no ir más lejos, fue el caso de 2021, un año álgido en el que ganó el candidato que mejor representó la demanda social por cambio. Así, Gabriel Boric ganó no por ser de izquierda, sino porque alineó su programa de gobierno exactamente con lo que era el sentimiento nacional en el momento.

Claro, cuatro años después las cosas han cambiado bastante. Y por lo mismo, es evidente que el clivaje también. Hoy es difícil pensar que un candidato presidencial que se atreva a proponer un programa estructuralmente transformador pueda tener opciones reales de ganar; para qué decir si además proponen justificar la violencia como mecanismo de acción política, conceder que la migración ilegal por la frontera norte es legítima, o si descarta la existencia de cualquier tipo de crisis de seguridad de plano.

Por eso, y por el deterioro generalizado en los índices de bienestar, es evidente que las cosas han cambiado hasta el punto de al menos entablar un extremo del clivaje de 2025 como uno diametralmente opuesto al de 2021. Si la sociedad de 2021 estuvo a favor, o al menos mayoritariamente dispuesta a tolerar, un discurso rupturista, revolucionario y reformista, la sociedad de hoy es todo lo contrario.

En 2025, una buena parte de los chilenos quiere orden. Quieren orden en lo social, lo político y lo económico. Quieren, por ejemplo, regularizar el desorden migratorio que ha afectado al país en los últimos años, quieren volver a ver al país crecer, aunque eso pueda tensionar la redistribución, y quieren ver a la clase política capaz de ponerse de acuerdo para hacer lo que se necesita con urgencia.

Así, un extremo del clivaje de 2025 es el “orden”. ¿Y el otro?

Podría pensarse que el concepto de “cambio” serviría como antítesis, como en 2021 (“cambio a costa del orden”). El problema es que en este caso no solo sería autodestructivo, sino también absurdo, ya que a quien le tocaría defender el cambio es también quien, por defecto, debe defender la continuidad.

Por ejemplo, si la favorita Carolina Tohá propusiera “cambio”, no solo abriría un debate que la expondría a acusaciones de hipocresía por su rol como extitular de la cartera más susceptible a críticas, sino que, sin quererlo, se convertiría en el mejor ejemplo de por qué “orden” es preferible a “cambio”.

Así, al analizar la dificultad para encontrar un relato opuesto a “orden”, se vislumbra no solo la dificultad para la candidata a la sucesión de Boric, sino que para cualquiera de los candidatos del sector: no tienen un relato que los conecta con lo que parece ser la principal prioridad de la ciudadanía, orden, ni tampoco un programa electoral que pueda proponer continuidad con lo que se ha hecho sin abrir un largo y profundo debate sobre la adjudicación de responsabilidades en el desvío y deterioro del país.

Lo que viene ahora, entonces, es la búsqueda de un relato que no solo logre conectar con el grueso de los votantes, sino que tampoco traicione los principios y hechos que han sostenido al gobierno de turno en los últimos años. Si no es justicia social, ni redistribución, ni reforma, ¿qué es? ¿Con qué concepto buscará la izquierda enfrentarse al “orden” que se propone desde la derecha?

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