Perfil: Irací Hassler, la reina de la pileta. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Pensar que los demás son tontos o que son tus alumnos y le tienes que enseñar cómo hay que llamarse, es el comienzo de todos los extravíos. Como bien dice Irací, ella no es nuestra “mami”, ni nuestra “hija”, pero queda la pregunta: ¿Qué es?


Hermann Heim es sin duda uno de los mejores comediantes de su generación. Es al menos uno de los más originales. Hace años decidió complementar sus shows unipersonales con entrevistas a políticos donde nunca pasa lo que uno espera que pase. En ella aprovecha al máximo todas sus diferencias: su homosexualidad perfectamente asumida, su entusiasmo desbordante, su ironía suicida, su capacidad de mover el piso y crear situaciones insólitas en que el político, obsesionado en caer bien, caen redondo.

Nadie supo usar mejor esa cualidad suicida de Hermann Heim que José Antonio Kast en su campaña presidencial, justamente quizás porque todo en el papel los oponía. Nadie usó peor el espacio que el comediante que regaló la alcaldesa Irací Hassler, quizás porque en el papel tenía mucho en común con el comediante.

Así la escena en que ella hundió la cabeza del cómico en la pileta del Santa Lucía fue interpretada en las redes sociales de manera literal, como si de verdad la alcaldesa estuviera torturando al comediante. Todo era una broma, pero las razones de por qué no lo parecía, hablan de algo que no funciona del todo en el carisma de la primera alcaldesa comunista de Santiago. Que no funciona, al margen de tantos políticos que intentan ser graciosos y terminan por dar esa extraña vergüenza mezclada con pena que los jóvenes llaman “cringe”.

Si la carrera de Hassler no hubiera tenido tantos otros avatares judiciales, podríamos llamar al fenómeno, el síndrome Karina Oliva. Nadie olvidará que la muy investigada candidata a gobernadora se puso a entrevistar a la famosa influencer Naya Fácil, como si fuera un modelo para su hija. Se hizo evidente que no sabía nada de los contenidos altamente escatológicos de la Naya Fácil de entonces. Sus ganas de caer bien, de ser pop, fue más fuerte que cualquier asomo de rigor. Algo parecido a lo que le sucedió a Felipe Kast, cuando para dar un mensaje supuestamente positivo en torno a los derechos de la mujer se disfrazó de una. Tipo de vergüenza ajena que nos han regalado a través de las décadas políticos disfrazados de rockeros, de futbolistas, o de personajes de la vecindad del Chavo del 8.

En Irací Hassler, como en los casos anteriores, lo que la guía en el error es un desconocimiento perfecto de su lugar en el mundo. Un desconocimiento que es algo más que un error de cálculo o una falta de asesoría. Irací Hassler pertenece no solo al segmento más privilegiado de la sociedad chilena, sino a los privilegiados entre los privilegiados. Su padre es un conocido empresario, ella misma estudió en un colegio privado donde se habla más en alemán que en castellano y en la facultad más elitista de la Universidad de Chile. Es hoy alcaldesa de la comuna central del país. Todos datos que no tienen nada de malo, o de bueno, en sí, pero que hacen que la imagen de ella ahogando a un comediante que hace alarde justamente de ser pobre, marginado, raro, sea particularmente violenta.

La escena quería representar a una mujer feminista y empoderada que castiga a un macho estúpido que no sabe cómo hay que llamar a las mujeres ahora. Pero Marx nos enseña que las determinaciones de clase son siempre más centrales que las de sexo, religión, e incluso color de piel. Los pensadores marxistas más modernos combinan esas distintas variables, llegando a cristalizarse para todo en el feminismo interseccional. Pero incluso mirando la escena desde esa perspectiva ésta no deja de ser lo que es: La patrona ahogando al patipelado. O la niña bien ahogando al roto, para decirlo en términos chilenos.

La falsa conciencia de clase es quizás el problema fundamental no solo de Irací Hassler sino de gran parte de su generación. Esta ha querido creer que la voluntad, la buena y la mala, puede borrar las fronteras invisibles y visibles de donde se nace, que en Chile determina demasiadas veces dónde se va a morir. Por cierto, esto no significa que el que nació en cuna de oro no pueda dedicar su vida al pueblo, o amar las ideas de redención colectiva. Lo que no puede, es hacerse el tonto y olvidar que sus sonrisas complacientes, su tono pedagógico, sus teorizaciones selectivas, son tanto o más indignantes que el “roteo” apatronado. O quizás más indignante porque quieren engañar a los que ya no engaña.

Se puede decir lo mismo de la manera en que cierta derecha liberal trata a las diversidades sexuales como si no supieran sus nuevos mejores amigos que sigue siendo zorrón, haga o piense lo que piense. Reconocerlo, reconocerse es el primer paso para una auténtica convivencia. Pensar que los demás son tontos o que son tus alumnos y le tienes que enseñar cómo hay que llamarse, es el comienzo de todos los extravíos. Como bien dice Irací, ella no es nuestra “mami”, ni nuestra “hija”, pero queda la pregunta: ¿Qué es?

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