Para hablar y comer pescado, hay que tener mucho cuidado, dice el refrán. ¿Pero qué pasa cuando la comunicación política se vuelve más difícil de digerir que las espinas? Pasa que no resulta verosímil ni empática con la ciudadanía.
La ministra Vallejo nos viene diciendo hace meses que “hemos normalizado el país”, nos alienta a “dejar de lado a los agoreros del desastre y del pesimismo absoluto respecto de crecimiento económico” y ahora último asegura que “en materia de seguridad estamos claramente mejor que los países de la región”. Estas afirmaciones, aunque pudieran tener un fundamento, no resuenan con la realidad diaria de la gente.
Vamos por parte. En materia económica, a pesar de la baja de la inflación, el 95% de las personas siente que los precios han subido significativamente en los últimos seis meses, según el Índice de Confianza Económica de Criteria.
A pesar de los aparentes brotes verdes a los que recurrentemente alude el gobierno, la confianza de los consumidores no despega y se mantiene en niveles bajos en el último año. Es que las mejores expectativas no logran modificar un presente que se siente paupérrimo, con sueldos estancados y sin una oferta sólida de empleo formal. Un 67% de la población ve regulares o malas las posibilidades laborales y la percepción de que es un buen momento para comprar un auto o una vivienda no despega del 20% de la población.
Sigamos. En cuanto a seguridad, más de la mitad de la población (55%) cree que la delincuencia en Chile es peor que en el resto de América Latina. Esta percepción no aparece de la nada, se nutre de la creciente violencia que se vive a diario, especialmente en los sectores de menos ingresos. La semana pasada, casi una veintena de asesinatos solo vinieron a confirmar dramáticamente estas sensaciones. Para el 88% de la población, el grado de violencia en Chile es entre bastante y extremo, solo un punto porcentual menos que hace un año. La sensación de inseguridad no solo se basa en estadísticas, sino en las experiencias diarias de las personas que ven su entorno deteriorarse.
En este contexto, la percepción del 55% de personas que no ven a Chile mejor que sus vecinos en materia de seguridad no parece tan arbitraria. Visto así, se entiende que la mayoría de la población (68%) prioriza la seguridad sobre la libertad (32%), validando incluso medidas autoritarias como la interferencia del gobierno en los tribunales o los arrestos sin orden judicial. Esta inclinación hacia soluciones autoritarias refleja un profundo desespero y una búsqueda de respuestas contundentes ante la ineficacia percibida de las medidas actuales.
El error clásico de la comunicación política es no reconocer que la realidad se percibe desde las subjetividades. Las personas no solo viven de hechos y cifras, sino de sus experiencias y emociones diarias. Intentar cambiar el estado de ánimo de la población con ideas de un antes y un después es ingenuo y contraproducente. En tiempos donde para ser creíble lo único que prima es el presente continuo, el “estamos y seguimos trabajando”, no parece verosímil hablar de un logro tan definitivo como haber normalizado el país. La comunicación política efectiva debe ser empática, auténtica y alineada con las experiencias diarias de las personas.
Gran lección para el gobierno: los movimientos son procesos en el tiempo, y el desafío es conectar con ese proceso. Anticiparse a la meta puede ser tan peligroso como comer pescado, y ya sabemos que por la boca muere el pez.
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