Por estos días en que ya parten las campañas electorales, se instalan los candidatos a alcaldes, gobernadores y concejales y algunos pactos aún no terminan de definir sus representantes, resulta sorprendente para el público informado la beligerancia en el tono de las declaraciones y las descalificaciones que van de lado a lado de la política. Un clima áspero que ha llegado hasta la academia, con ataques de una insolencia sin precedente contra la rectora de la Universidad de Chile.
Mientras los políticos se lanzan pullas y ataques sin piedad, el país se inunda, las regiones son tomadas por el crimen organizado y la ciudadanía se sigue desafectando con la política y, lo peor, con la democracia. Esta última aparece como un sistema que no resuelve los problemas y permite en cambio que la polarización se tome el debate político, la prensa y las redes sociales.
En contrapartida, los ciudadanos sienten “mala onda”, observan una discusión ajena a sus problemas, esperan unos acuerdos que no llegan y sufren una economía que al ciudadano de a pie se le hace escuálida, mientras que al empresariado se le torna cuesta arriba sacar adelante sus pequeños o grandes proyectos.
¿Qué nos pasa a los chilenos? ¿Por qué desde el octubrismo a esta parte la conversación se ha vuelto pesada, desanimada y poco nutritiva? La mala onda se apoderó de la política, de las organizaciones sociales, de la conversación de fin de semana. Como resultado, tenemos ciudadanos asustados, enojados y desafectados.
¿Y si, como dicen lo españoles, “le damos la vuelta a la tortilla” y pensamos en proyectos micro y macro, se destraban los papeles guardados en los ministerios y se corre con la ley para que se cumplan los permisos? ¿Si, en lugar de sacar la vuelta, le ponemos ganas a la pega, entusiasmo y acuerdo a las conversaciones, afinamos las notas de la política para llegar a acuerdos y de una vez por todas se saca el pacto fiscal y la reforma de pensiones? ¿Qué tal si los municipios hacen lo que les toca y los parlamentarios reclaman menos en TV y apuran las leyes que el país espera?
¿Será que eso pueda facilitar un cambio de tono en la comunicación política, o es muy ingenua mi invitación?
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