La rebelión de los politólogos. Por Cristóbal Bellolio

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Los politólogos tienen un punto: la fragmentación es parte del problema, pero no el único y quizás ni siquiera el principal. Si hay pocos partidos, pero sus militantes se mandan solos, gobernar es igual de difícil. ¿Queremos fortalecer los partidos? Quitémosle el cupo a los amurrados que renuncian. Hagamos listas cerradas para que tengan el control de sus candidatos. Y si se trata de tener menos partidos, incentivemos la fusión derogando los pactos en lugar de estableciendo un umbral, que de cualquier modo puede burlarse si los votos le suman a la lista.


El presidente Gabriel Boric sacó aplausos en la ENADE cuando dijo que su gobierno promovería una reforma al sistema político. A los empresarios les gusta la idea por dos motivos: por un lado, saca del foco la reforma tributaria que tanto temen; por el otro, tienen la convicción de que el problema de Chile es un sistema político ineficiente. Pero, ¿a cuáles reformas políticas se refiere Boric?

La base de la discusión son las propuestas que la Comisión Experta incluyó en el anteproyecto que se farreó el Consejo Constitucional. Los expertos tuvieron la exquisita libertad que no tienen los parlamentarios: pudieron diseñar modificaciones al sistema político sin pensar en cómo les afectaría a ellos. Entre otras cosas, propusieron establecer un umbral mínimo de votos a nivel nacional para que los partidos pudieran entrar al Congreso, así como normas de disciplina partidaria para evitar el discolaje.

Tras el fracaso constituyente, muchas voces imploraron salvar estas propuestas del naufragio. No solo reflejan, dijeron, un diagnóstico común sobre las falencias del sistema político chileno, sino que además cuentan con el concurso transversal de izquierdas y derechas. Si ya estamos todos de acuerdo, pensaron, no debería ser tan difícil que el Congreso introduzca algunas de estas modificaciones por vía de reforma constitucional.

Hace pocas semanas, un grupo de actores políticos empezó a empujar este carro en serio. Casi toda la atención se la llevó la idea del umbral mínimo. El problema de nuestro sistema político, comenzaron a replicar los medios, es la excesiva fragmentación: como tenemos demasiados partidos con representación parlamentaria, es muy difícil ponerlos de acuerdo. El gobierno lo sufre, porque no puede sacar adelante sus reformas en un escenario balcanizado. Si queremos darle gobernabilidad a Chile, concluyeron muchos, hay que reducir la fragmentación.

Algunos fueron más allá y añoraron las bondades del sistema binominal. Los buenos tiempos de las dos grandes coaliciones en un permanente empate. Chile se jodió, Zavalita, cuando lo reemplazamos por un sistema proporcional. Allí se metieron terceras y cuartas fuerzas, revoltosos polarizadores, partidos piñuflas de vocación minoritaria. Que ganas de tomar un DeLorean y volver a enero de 2015, para detener la mano fragmentadora del galán rural.

Entonces despertaron los politólogos. No estamos de acuerdo, dijeron. El problema del sistema político chileno no es la fragmentación. El problema del sistema político chileno es la indisciplina, el personalismo, la debilidad -y no la cantidad- de los partidos. Quedó así establecido el clivaje del conflicto: umbralistas versus disciplinaristas.

Es cierto que en este reclamo hay algo de ego gremial herido. Ninguneados por abogados y economistas que creen entender mejor los fenómenos políticos, ignorados por los partidos que buscan cuidar el rancho. La ciencia política será pobre, pero es honrada y estudiosa. Merece, dicen los politólogos, un asiento en esta mesa.

Para qué hablar de las politólogas. Fueron cruciales para asegurar la paridad en la Convención Constitucional, la única “victoria cultural” del progresismo que se traspasó al Consejo liderado por la derecha. Ahora ni las pescaron, y le declararon la guerra al heteroconsenso de los políticos y sus intelectuales orgánicos.

También les hizo ruido la nostalgia binominal. Fue una combinación de factores sociológicos e institucionales los que favorecieron la irrupción del Frente Amplio, y entre los segundos figura prominente la introducción de un sistema proporcional. El frenteamplismo resiente el relato que los pone a ellos en el lado problemático de la historia, como si fueran los “niños cacho” que llegaron a complicar las cosas.

Pero, pese a estas motivaciones menores, los politólogos tienen un punto: la fragmentación es parte del problema, pero no el único y quizás ni siquiera el principal. Si hay pocos partidos, pero sus militantes se mandan solos, gobernar es igual de difícil. ¿Queremos fortalecer los partidos? Quitémosle el cupo a los amurrados que renuncian. Hagamos listas cerradas para que tengan el control de sus candidatos. Y si se trata de tener menos partidos, incentivemos la fusión derogando los pactos en lugar de estableciendo un umbral, que de cualquier modo puede burlarse si los votos le suman a la lista.

El inconveniente es que los políticos, en especial los partidos grandes, tienen menos ganas de discutir estos asuntos. No quieren que se metan en su organización interna. Y de ellos depende que se aprueba la reforma. Lo perfecto es enemigo de lo bueno, dicen. Los politólogos contestan que una mala reforma hecha a la rápida puede ser peor que la enfermedad que se trata de curar.

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