Boric insiste en hacer negocio político con los 50 años. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante
Gabriel Boric participando en un evento conmemorativo por los 50 años del golpe de Estado en Chile en la Casa de América de Madrid.

Después de la derrota en el plebiscito del 4 de septiembre, Boric vio en la conmemoración de los 50 años una posibilidad de que el bloque gobernante recuperara fuerzas. Hoy, parece ver en la polarización el único recurso para salir del atolladero en que se encuentra su gobierno. Quiere establecer un rango de superioridad moral sobre quienes rechazan la conmemoración de trinchera. Ha priorizado el negocio de la tribu. Y se equivoca de nuevo.


Entrevistado por una radio de España a propósito de la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, Boric sostuvo que “siempre hay quienes tratan de buscar justificación, según el contexto, del quiebre de la democracia. Yo creo que el quiebre de la democracia de un gobierno legalmente constituido y que ejercía democráticamente sus funciones, es sencillamente inaceptable”.

Al describir la crisis del 73 en Chile como si la normalidad institucional hubiera sido sorpresivamente interrumpida por los militares, se confirman las sospechas sobre la salida de Patricio Fernández del cargo de coordinador de la conmemoración: Boric no se atreve a contradecir al PC. Cuando dice que algunos buscan “justificación” de lo ocurrido, hay que entenderlo como una crítica al debate abierto sobre lo que pasó entre 1970 y 1973, lo cual, curiosamente, fue alentado también por él al recomendar la lectura del libro de Daniel Mansuy sobre Allende, y decir que era necesario ir más allá de los mitos.

En la entrevista, afirmó que algunos han llamado a cerrar el duelo, y preguntó “¿Cómo uno le puede pedir a una víctima que cierre el duelo si en tu país no ha habido justicia?”. Es difícil concebir una expresión más turbia que esa. El posible cierre del duelo fue una alusión a la carta abierta que le dirigió Cristián Warnken desde su programa en radio Pauta.

¿Qué dijo Warnken? “Es hora de cerrar el duelo. La frase no es mía, sino de José ‘Pepe’ Mujica, expresidente de Uruguay, en el contexto de la conmemoración de los cincuenta años del golpe militar en su país. Cerrar el duelo no es consagrar el olvido. Todos los ritos de memoria, de recordar a los que partieron en horas aciagas y dolorosas, de no cejar –aunque parezca imposible- en esclarecer lo más posible lo que ocurrió, todo eso no solo es legítimo, sino necesario”.

Fue un llamado de Warnken a curar las heridas, pero eso bastó para que fuera insultado por quienes parecen desear y necesitar que, al cabo de 50 años, el país siga sometido a los enconos del pasado. ¿Quiere decir que hay quienes consideran políticamente provechoso que las heridas no dejen de supurar? Está a la vista.

Dijo también que invitará a todos los partidos a firmar una declaración conjunta sobre los 50 años del golpe de Estado. ¿Y qué diría esa declaración? ¿Qué los golpes de Estado son malos? ¿Y quién podría decir otra cosa? Si fuera solo eso, suena infantil, como una especie de pronunciamiento contra los perjuicios que acarrea una enfermedad, sin plantearse el asunto de lo que debe hacerse para que la democracia no se debilite y sucumba.

Boric dijo que en Chile no ha habido justicia. Es una completa falsedad. ¿Ha oído hablar de los procesos que han investigado y sancionado numerosos crímenes cometidos durante la dictadura? ¿Alguien le ha contado que existe un lugar llamado Punta Peuco? No solo eso: ¿Por qué no les pregunta a los españoles cuánta justicia hubo después del franquismo, o a los polacos, cuánta justicia hubo después del comunismo?

Se entrevistó con el juez Baltasar Garzón, a quien le agradeció la detención de Pinochet en Londres hace 25 años, y aprovechó de decirle: “En Chile no hemos encontrado todavía toda la justicia”. Es ridículo que se vista con el traje del justiciero insobornable que el país estuvo esperando por mucho tiempo, y que por fin llegó.

El debate sobre 1973 no puede desvincularse de lo ocurrido en octubre de 2019. Entonces, el país se asomó al despeñadero como consecuencia de la revuelta celebrada alegremente por Boric y su gente. Esa vez, junto al PC, echaron leña al fuego del vandalismo desatado y se entusiasmaron con la posibilidad de hacer caer al presidente constitucional. Total, razonaban, si es de derecha, todo está permitido.

El 13 de noviembre de 2019, al día siguiente de una de las peores jornadas de violencia, Sergio Micco, entonces presidente el Instituto Nacional de Derechos Humanos, propuso junto a los abogados Eduardo Saffirio y Carlos Frontaura que el organismo se pronunciara sobre lo ocurrido.

El texto propuesto decía en parte: “Cualquier forma de violencia, ejercida por agentes del Estado o por particulares, constituye una flagrante violencia y afectación de los derechos humanos”. Agregaba que “el INDH no puede sino condenar los graves actos de violencia cometidos por particulares en contra de personas y bienes públicos y privados (…) Dichos actos constituyen también un flagrante atentado a los derechos humanos que el Estado tiene el deber de reprimir, perseguir y sancionar”.

El texto finalizaba así: “El INDH reitera que cualquier salida a la crisis actual debe darse en el marco del respeto por el Estado de Derecho y el orden democrático”. No hubo un pronunciamiento debido a la oposición izquierdista.

A estas alturas, ¿quién puede dudar de que en 2019 hubo una corriente golpista de izquierda, comprometida hasta el cuello en la ofensiva por llevar a nuestro país al caos y el quiebre institucional?

Después de la derrota en el plebiscito del 4 de septiembre, Boric vio en la conmemoración de los 50 años una posibilidad de que el bloque gobernante recuperara fuerzas. Pero las cosas no salieron como él esperaba, pues el 7 de mayo una nueva derrota demostró que la mayoría de los chilenos no sigue sus aguas.

Hoy, parece ver en la polarización el único recurso para salir del atolladero en que se encuentra su gobierno. Quiere establecer un rango de superioridad moral sobre quienes rechazan la conmemoración de trinchera. Ha priorizado el negocio de la tribu. Y se equivoca de nuevo.

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