En 1986 nacen Gabriel Boric y Matías Fernández; en el 87, Karol Cariola, Arturo Vidal, Giorgio Jackson y Gary Medel. Al año siguiente, llegan al mundo Camila Vallejo y Alexis Sánchez.
Crecen mientras el país recupera la democracia, la esperanza y la autoestima. Colo-Colo gana la Libertadores, aumenta el PIB y la pobreza se reduce a un ritmo inaudito en nuestra historia. En 1998, tenemos al número 1 del tenis y, tras años de castigo, volvemos a un mundial. Un año después, un socialista gana la elección; el progresismo retorna a La Moneda.
Es la generación de los jaguares de América Latina. Para ellos, todo reside en la voluntad y convicción, en la disposición al sacrificio, en la potencialidad del mérito. Nada les fue fácil, nada les pareció imposible.
Es el fin de los triunfos morales y de la ética de la transición.
Los hijos de la modernización capitalista desafiaron los límites que esta les imponía. Pingüinos que corrieron la barrera de lo posible en 2006, con la primera movilización transversal en democracia y, al año siguiente, consiguiendo el tercer lugar en el mundial sub-20. En 2010, cuando por primera vez ganaron un partido en un mundial ajeno y, al siguiente año, poniendo en jaque al sistema político al exigir calidad y gratuidad en la educación.
Son los mismos que en 2013 ya ocupaban escaños en el Congreso Nacional y que en 2014 estuvieron a un palo de eliminar a Brasil de su mundial. Aquellos que en 2017 obtuvieron su segunda Copa América y que, al año siguiente, irrumpieron con 21 escaños en el parlamento, transformándose en una fuerza política en toda ley.
Una generación soberbia, en su completa polisemia. Cargada de valentía e indisciplina, de talento y altanería. No serían lo que son sin esa ambivalencia.
Y de pronto, la derrota y su madurez.
El retorno de los triunfos morales. La paz de hacer lo posible, a pesar de no ganar. La necesidad de proteger el resultado, la celebración del punto conseguido. Asumir la obligación de ser pragmáticos; si no se puede saltar, caminar. Mantener principios y ajustar prioridades a lo urgente y lo alcanzable. Entender que hacer lo correcto exige cuestionar las propias convicciones, que ceder no es renunciar, es avanzar, aunque el resultado sea subóptimo.
Fútbol y política son una sublimación de la guerra, donde la derrota enseña más que el triunfo, donde lo central son los principios y los medios empleados, porque el resultado depende también del que está al frente. El presidente y su gobierno entienden estas similitudes y también las diferencias: la política -y no en el fútbol- es una carrera de larga distancia donde el arte está en incluir a otros, en identificar los intereses comunes y sumar voluntades para viabilizar resultados.
Hoy, esa parte de la generación dorada que admiró y superó a sus antecesores, se despide sin haber logrado el recambio en la selección; mientras la otra, que denostó a los que vinieron antes, se gradúa de la mano de los que buscaban reemplazar. Los primeros deberán reinventarse desde la certeza del éxito alcanzado; los segundos lo están haciendo, sostenidos en el aprendizaje de que el camino es más complejo de lo que parecía.
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