Mayo 12, 2023

Triunfo republicano y progresismo: causas, síntomas y remedios. Por Álvaro García Mintz

Coordinador de Incidencia Nuevo Trato

Concluir este proceso, es decir, habilitar una aprobación de salida, supondrá cimentar el camino a La Moneda de José Antonio Kast, pues ello solo puede ocurrir si los republicanos demuestran cierta moderación y gobernabilidad.


El aplastante triunfo del partido Republicano exige una reflexión sobre las causas, síntomas y remedios. El progresismo solo podrá recuperar su salud si construye una comprensión común sobre dónde estamos, qué nos tiene aquí y cuáles son nuestros caminos de salida.

Las causas: sin pretender abarcar todas, es necesario distinguir dos tipos de causas interrelacionadas: las asociadas al comportamiento electoral y las relacionadas con la oferta electoral. Entre las primeras, hay una consistencia escondida en los vaivenes del péndulo. Desde Bachelet 1, en todas las elecciones ha ganado la oposición, a veces como oposición al gobierno de turno, otras como oposición a una élite gobernante. Ahí está el ciclo Bachelet-Piñera, el plebiscito de entrada, la Lista del Pueblo, la elección del presidente Boric, el rechazo de salida, el triunfo de los republicanos; en todas hay una expresión de malestar contra quienes gobiernan, una demanda por algo nuevo y distinto. En esta evaluación no podemos soslayar la importancia central que jugó el desempeño de la convención y los resultados que hasta ahora exhibe el gobierno.

Entre las causas asociadas a la oferta electoral, es evidente que la demanda por seguridad ciudadana y económica jugó un rol trascendental. Más allá de la contingencia, siempre crucial, lo estructural aquí tiene que ver con una crisis de la izquierda a nivel global y local: el abandono de la centralidad de los valores materiales frente a causas posmateriales, cuya suma de identidades no constituye mayorías sólidas.

En su natural orientación a la vanguardia, la izquierda ha descuidado los valores centrales de las mayorías, como seguridad, orden, crecimiento económico, igualdad y empleo decente. No se trata de menoscabar la importancia de las luchas por los derechos de las diversidades, del animalismo, el indigenismo, menos la del feminismo y el medioambientalismo, sino de integrar esas causas en un relato equilibrado con los dolores de las mayorías. En el contexto del voto obligatorio esto es aún más importante: si con el voto voluntario eran las causas las que movilizaban al electorado, cuando se torna obligatorio, son las condiciones materiales las que determinan el voto.

Los síntomas: revertir los síntomas actuales exige identificarlos, por muy dolorosos que sean. La configuración del Consejo Constituyente nos enfrenta al peor escenario imaginable para el progresismo: los intereses de la ultraderecha, de la derecha tradicional, incluso del gobierno, no sintonizan con los del progresismo. El país necesita una nueva Constitución; alargar este proceso probablemente solo traería inestabilidad política y económica, perjudicando a los más desfavorecidos.

El gobierno lo sabe y le quedan pocos caminos diferentes a éste para construir un legado. Concluir este proceso, es decir, habilitar una aprobación de salida, supondrá cimentar el camino a La Moneda de José Antonio Kast, pues ello solo puede ocurrir si los republicanos demuestran cierta moderación y gobernabilidad. Asimismo, el éxito del proceso supone consolidar a la derecha tradicional en el lugar que ocupará en el Consejo Constitucional, es decir, en el centro político, pivotando la sensatez entre los bandos de cada lado. Asumir que estamos en la paradoja donde el interés de Chile es distinto a lo que el progresismo soñó, debe afrontarse con pragmatismo, con renuncias, pero sin rendición en nuestros valores centrales: ahí estarán los remedios, aunque tarden en hacer efecto.

Los remedios: sanar exige paciencia y consistencia. Renunciar a tener la Constitución que soñamos, pero no claudicar en arribar a una mejor que la actual. Habrá que elegir las batallas, moderar las expectativas, pero también saber que no cualquier resultado es aceptable. La tarea del progresismo es empujar el proceso hacia un resultado aprobable, nada más ni nada menos. ¿Cuáles son las líneas rojas para algo aprobable? Aquí algunas de ellas:

  • Un Estado Social sin amarres: respetar plenamente las bases constitucionales que nos definen como un Estado Social y Democrático de Derechos con libertad de elegir entre prestadores públicos y privados. Ya en la Comisión de Expertos, la derecha ha buscado constitucionalizar el modelo actual, donde la libertad de elegir se extiende a la cotización y no a la prestación. Ello supondría que el rol del Estado como agente de la solidaridad (socioeconómica e intergeneracional) sea inconstitucional. Esto es inaceptable. No se trata de definir un modelo, ni siquiera de delimitar los márgenes en la mixtura de ambos. Se trata de que la Constitución no transforme ninguna de las fórmulas en inconstitucional.
  • Trabajo digno y derechos laborales: el proyecto debe avanzar en el resguardo del trabajo decente, los derechos laborales y el fortalecimiento de la representación sindical. No se trata de conseguir el máximo, pero tampoco de olvidar cuántas veces el Tribunal Constitucional impidió que se exprese la mayoría democrática. En buena hora, incluso los sectores empresariales comparten la necesidad de mejoras en este ámbito, aunque ya sabemos que, en esta materia, la derecha política suele ser más papista que el papa. Junto a lo anterior, será clave que el progresismo promueva una mirada de futuro que permita la adaptación del mundo del trabajo a las nuevas realidades que impondrán los avances tecnológicos.
  • Sistema político y democracia: es de esperar que la Comisión de Expertos llegue a una propuesta de consenso capaz de resguardarse de los intereses de los incumbentes, que se expresarán más nítidamente en los consejeros. En este ámbito, lo crucial es resolver un sistema electoral que promueva menos dispersión política, así un diseño institucional que habilite una relación más colaborativa entre el poder Ejecutivo y Legislativo para mejorar la eficiencia legislativa, protegiendo los adecuados contrapesos. Junto a lo anterior, el progresismo debe empujar una visión de profundización de la cultura democrática, abriendo nuevas formas de participación ciudadana e interacción entre representantes y representados.
  • Crecimiento y desarrollo: aunque a diferencia del proceso anterior esto quizás no está en riesgo, la tarea del progresismo será asegurar que el modelo constitucional favorezca un crecimiento económico inclusivo y sostenible. En este ámbito, habrá que resguardar el rol del Estado como coordinador del desarrollo y el bien común, así como delinear los instrumentos para ejercerlo.
  • Derechos sexuales y reproductivos: la configuración del Consejo Constituyente augura nulos avances en esta materia, lo que resultaría inaceptable es que signifique algún retroceso.
  • Protección del medioambiente y crisis climática: será clave que nos pongamos al día: no es posible que sigamos entendiendo a la naturaleza como tributaria de la humanidad, ni soslayando que atravesamos una grave crisis climática y de biodiversidad. No se trata de definir los cómo, sino que actualizar nuestros principios y el deber del Estado en su resguardo.
  • Reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas y configuración de soluciones políticas: el progresismo deberá resguardar el reconocimiento de los diversos pueblos indígenas y, sobre todo, propender a que nuestro nuevo orden constitucional prefigure soluciones políticas por la vía de favorecer la representación institucional de los pueblos originarios para que ello se constituya en forma de representación y diálogo intercultural.

Así las cosas, al progresismo no le queda otra que identificar reflexivamente las causas, reconocer con pragmatismo los síntomas del presente, y trabajar con paciencia y consistencia en los remedios que el país necesita para sanar. Toca mirar más allá de la propia conveniencia, para que las aplastantes derrotas electorales del último año no devengan en derrotas culturales permanentes.

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