César Chananpa, el representante legal de un zoológico de Los Ángeles, región del Biobío, depositó el cadáver de un león a la entrada del Palacio de La Moneda. Era su manera de conseguir hablar con alguna autoridad de gobierno acerca de los reglamentos que el SAG les impone a los dueños de animales salvajes.
No importa aquí los pormenores del caso, sino el enorme simbolismo del gesto mismo. Un león, el rey de los animales, es depositado muerto en la sede donde, se supone, el poder decide nuestros destinos. Un león muere así a los pies de los que no están rugiendo, piensa ese ciudadano y tantos otros, lo suficiente para cumplir su papel de rey de la selva.
Este gesto simboliza justamente quizás la demanda más acuciante que aqueja a los ciudadanos chilenos: la necesidad de que león ruja de un rugido verdadero. O sea, la necesidad de que el gobierno gobierne, que decida, que mande, que tome resoluciones y haga cumplir las leyes.
Por suerte o por desgracia esto en Chile solo lo puede hacer la centroizquierda. Basta para probar esta afirmación polémica repetir el nombre de Sebastián Piñera Echenique. Basta también para probar esta misma afirmación invocar el nombre de Manuel Monsalve, el subsecretario del interior que representa a la perfección esta centroizquierda no demasiado imaginativa, ni intelectualmente brillante, que es, sin embargo, la única fuerza política que puede gobernar este país sin dejar detrás suyo una estela de incendio y desconcierto.
Manuel Monsalve, primer profesional de una familia sureña, nacido nada menos que en la dura y melancólica Coronel. Exalumno de escuela y liceo fiscal. Cirujano formado en la Universidad de Concepción, lejos del binomio Universidad de Chile y Universidad Católica en que la elite santiaguina juega a dividir.
La esquiva meritocracia; un curiculum envidiablemente normal que nos permite pensar que Manuel Monsalve parece comprender el país real porque es parte de él. A ello suma su profesión de cirujano, la calma con que se mueve, la seguridad con que camina, la elección de una vestimenta siempre parca, pulcra y sin aspaviento. Una vestimenta que se parece a su vocabulario también ajustado, preciso, sin metáforas complicadas (o simples), un lenguaje que dice lo que dice y nada más que lo que dice.
Esa falta de vuelo, de amplitud o de profundidad intelectual que enterró al proyecto de Bachelet II y condenó a la centroizquierda a este largo purgatorio es la que nos está salvando como país a la hora de los leones muertos en La Moneda. Porque en Monsalve hay todo menos pulsiones suicidas, menos pedantería vacía, menos ambición totalizadora, menos infancia desplazada. De hecho, logró el imposible récord de pasar dos legislaturas en el Congreso sin hacer que nadie lo notara demasiado.
Discreto pero inteligente, articulado, leal, realista, posible y en este sentido, deseable. “Es lo que hay”, dirían los españoles. Aunque aquí el dicho adquiere más de un sentido. Porque Monsalve es lo que hay en el sentido de que no hay nada más, o que todo lo que podría reemplazarlo es siniestro, temible, inconducente o absurdo. Pero es lo que hay también en un sentido filosófico. En el sentido que es lo que es, que es lo que parece, que es lo que hay, lo que hay que tener.
Es lo que, de adolescentes, nos cuesta la vida entender de los adultos, que ser lo que son y nada más que lo que son es un logro, una lucha, una conquista incluso. Que la modestia de no ilusionar es también el coraje de no defraudar porque sí. La simple, pero a veces imposible tarea de parecerse a sí mismo que a algunos les resulta natural y que a algunos nos cuesta la vida.
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