Sombras de la gira a Europa: las debilidades de la política exterior de Boric. Por Paz Zárate

Investigadora senior, AthenaLab

Caso paradigmático del nivel de descuidos imperdonables fue el de la ex Embajadora en Reino Unido y ahora es el del Embajador chileno en España, quien parece entender su trabajo como un posteo constante en redes sociales, banalizando una labor que por naturaleza debe ser discreta. La acción necesaria para que la política exterior retome un prestigio sustancial, y supere estas debilidades profundas, es un golpe de timón: un “llamado al orden” tendrá efecto nulo.


Una gira presidencial proporciona muchas instancias para que un Gobierno se explique a sí mismo en aspectos clave. Y el segundo viaje del Presidente Boric a Europa evidencia debilidades probablemente insanables. Por mucho que la nube de cortesía propia de los viajes haga perder perspectiva a políticos iconoclastas que comienzan a creer su propia propaganda y se jactan de continuar políticas antiguas, las choques con la realidad siguen siendo constantes.

La agenda de la gira da cuenta de esfuerzos valiosos (como en las áreas de minería, energía y ciencia), pero contradicciones y desinteligencias continúan minando la credibilidad del gobierno a nivel externo e interno.

Al Presidente Boric, ex miembro de la bancada parlamentaria del colectivo “Chile sin TLC”, le ha tomado más de la mitad de su mandato aceptar la realidad (al menos en parte): esto es, proclamar que “Chile es un país abierto al mundo gracias a su extensa red de tratados comerciales”, y promover la resiliencia y “certidumbre que ofrece la institucionalidad chilena” a la inversión extranjera, y el “comercio abierto en tiempos de proteccionismo” (en la gira anterior, Boric dijo a la BBC que una parte de él quería derrocar al capitalismo).

El mundo de la política abunda en volteretas. El problema ocurre cuando éstas son desprolijas. Por ejemplo, en Alemania Boric se quejó de trato injusto al iniciar el Gobierno, pues “había quienes tenían dudas sobre nuestra vocación de mantener algunos de los tratados que se habían avanzado en Chile”.

Es brutal la amnesia. Nadie puede olvidar que la campaña presidencial de Boric -en su primer programa de gobierno- propuso revisar todos los tratados de libre comercio del país en instancias de participación ciudadana según un nuevo modelo de desarrollo feminista turquesa; y en ese programa intervino un académico anti libre comercio al cual Boric transformó en Subsecretario.

Además, ya en el gobierno, Boric reiteró hasta el final su oposición al CPTPP, el tratado más moderno que el Congreso chileno haya aprobado hasta el momento y que corresponde al mismo texto firmado por Bachelet en 2018. Sin embargo, en 2019 Boric y su bancada filmaron un video apocalíptico donde señalan que el CPTPP pone en riesgo derechos como las vacaciones y el pre y el post natal, e impide adoptar políticas públicas de salud o medio ambiente.

El Presidente y sus cercanos jamás han admitido errores en esta materia: al contrario, culpan al resto de tenerles poca fe. ¿En qué creen hoy? ¿Se puede confiar en que no regresarán a su postura de siempre?

Lo mismo vale para el otro gran acuerdo cuya negociación técnica se cerró bajo otro Gobierno, aquel con la Unión Europea. Hasta hace un año, Boric deslizaba que la UE impedía hacer política industrial; la UE debió aclararle que eso nunca había sido el caso.

En este viaje a Europa, Boric finalmente reconoció que la inversión de la UE en Chile “empuja la complejización de nuestra economía, la investigación y el desarrollo”, admisión que es relevante pues el texto final aprobado (diciembre de 2022) es esencialmente el mismo que Piñera cerró en 2021. El gobierno recién lo ha enviado al Congreso (junio de 2024), sin que sea claro por qué una iniciativa tan positiva para Chile se ha visto tan retrasada.

La prensa, sin embargo, no tiene fácil hacer preguntas sobre retrasos, contradicciones y giros en política exterior. El mismo gobierno que celebra la Libertad de Prensa (Chile fue sede de la conmemoración global de este derecho), concluye muchos intercambios entre el Presidente y los medios -incluso durante esta gira- con respuestas exasperadas, cierres abruptos (la frase “tengo la convicción de” reemplaza la necesidad de evidencia empírica), o minutas comunicaciones donde la fórmula “política de Estado” se presenta como un mantra narrativo que muchas veces no resistirá análisis.

La Moneda parece no advertir que la prepotencia, normalizada desde la cúspide del Estado, estimula una cultura de sospecha que daña la convivencia nacional. Ataques personales de fanáticos del gobierno a periodistas y columnistas abundan: en un ambiente de blanco o negro, plantear interrogantes, presentar datos, hacer presente matices, resulta extremadamente difícil. Parte de la oposición, sin duda, también contribuye con su actitud al mal ambiente.

La pedantería gubernamental tampoco faltó en la gira. Se celebró que hoy “podemos ser socios al mismo nivel, de igual a igual” con países desarrollados (como si antes de este gobierno no hubiéramos gozado de dignidad en el contacto con el exterior), y también se afirmó, que “el mundo necesita a Chile”, como si no existieran alternativas al aporte nacional a la transición energética, y como si esos recursos fueran la fuente exclusiva del soft power de Chile. En Suiza nuevamente afirmamos con arrogancia que no tenemos dobles estándares en materia de principios, aunque claramente sí los tenemos.

Nos jactamos de nuestro compromiso con los Derechos Humanos, y sin embargo respecto de Cuba el gobierno mantiene un férreo silencio pese a que la represión y el hambre están carcomiendo a ese pueblo. Respecto de Venezuela, donde la falta de respeto hacia Chile se ha acrecentado en el último año, el gobierno admite sólo una “deriva autoritaria” y emite notas de protesta, aunque las instituciones internacionales dan cuenta de una dictadura que comete crímenes de lesa humanidad, en alianza con el crimen transnacional.

De China, ni hablar. ¿El genocidio de la etnia uigur del que da cuenta el trabajo en la ONU de la ex Presidenta Bachelet? ¿La persecución de la diáspora china en otros países incluyendo el nuestro? ¿La presión indebida que Codelco y SQM han recibido respecto al acuerdo por el litio? ¿El control chino de la transmisión eléctrica en Chile que deriva de la falta de filtro a la inversión extranjera? Reacción cero.

Nos jactamos también de nuestro respaldo al derecho internacional, pero esto corre para algunas situaciones y no otras. En nuestra propia región la anexión administrativa de dos tercios de Guyana por parte de Venezuela no generó reacción del Gobierno chileno, pero el apoyo a Palestina es profundo, incluyendo alegato en los dos procedimientos jurídicos ante La Haya, mientras que para Ucrania, hay sólo palabras de apoyo al principio de soberanía territorial.

Respecto de la propia frontera el compromiso parece harto menos fuerte: la violación que significa una construcción argentina en territorio chileno es minimizada como un “error”. La carencia de visión estratégica en materia vecinal y regional puede costarnos muy caro.

La única encuesta sobre percepciones de política exterior y seguridad que se realiza en Chile hace cinco años (IPSOS-AthenaLab), deja en claro, como tendencia consolidada, que la primera preocupación de los chilenos, es el combate al crimen organizado y la porosidad de las fronteras, temas que los chilenos ven como intrínsecamente unidos. No escuchar este llamado de atención que alcanza también a la política exterior, y por el contrario solazarse en la autoindulgencia y el narcisismo es una receta para desinteligencias mayúsculas.

Caso paradigmático del nivel de descuidos imperdonables fue el de la ex Embajadora en Reino Unido y ahora es el del Embajador chileno en España, quien parece que entender su trabajo (por el cual recibe alrededor de 13 millones de pesos mensuales) como un posteo constante en redes sociales, banalizando una labor que por naturaleza debe ser discreta.

La acción necesaria para que la política exterior retome un prestigio sustancial, y supere estas debilidades profundas, es un golpe de timón: un “llamado al orden” tendrá efecto nulo.

Significaría, por lo bajo, purgar la Cancillería de yes men y yes women, jóvenes y viejos que recibieron altas responsabilidades sin méritos suficientes; operarse de la asesoría presidencial en relaciones exteriores, que permanece a cargo del ex vocero de Chile sin TLC; y reponer en el Consejo de Política Exterior el conocimiento de especialistas senior que hagan de puente con Defensa (dos carteras que hablan demasiado poco), como es el caso de los ex comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, que fueron excluidos por la actual administración sin siquiera notificarles su salida.

De otro modo, ante los ojos de la opinión ciudadana, y de otros gobiernos, el declive de la Cancillería chilena continuará.

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