Se supone que uno de los encuentros más relevantes de José Antonio Kast para la etapa que se inició este miércoles ocurrió el 15 de septiembre del año pasado. Ese día la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, lo recibió en el Palazzo Chigi y conversaron 45 minutos a solas.
Oficialmente la visita era para abordar la política migratoria impulsada por Meloni, que redujo en un 60% el ingreso de inmigrantes irregulares a Italia, además de reformas al sistema penitenciario y el combate al crimen organizado. Pero el objetivo estratégico de su viaje era otro.
Cinco días antes de su cita en Roma, el entonces candidato había afirmado, en un debate en Chilevisión, que la líder mundial que más admiraba era la premier italiana. Los líderes internacionales con un ideario semejante al suyo con que se le asociaba –Milei, Bolsonaro, Trump- eran y son figuras controversiales por su lenguaje virulento y polarizador.
Con esos personajes tiene buena sintonía y son admirados por sus bases, pero no le servían para transitar hacia el casillero de la derecha moderada en el balotaje. En la primera vuelta había obtenido un 23,6% y necesitaba “votos prestados” (ganó la segunda con 58,1% ).
Meloni, en cambio, es uno de los fenómenos más singulares y exitosos de la política europea. Llegó al poder el 2022 con una biografía marcada por sus posiciones de derecha radical, y generaba mucha polarización. Era enemiga declarada del euro desde hace años, y de las instituciones supranacionales, como la Unión Europea, entre otros tópicos.
Una vez en el poder optó por moderarse. Italia recibía casi 200 mil millones de euros anuales del plan de recuperación europeo tras la pandemia, los mercados financieros veían con temor que su gestión pudiera desestabilizar el país. Fue una decisión práctica: radicalizarse equivalía a poner en grave riesgo su propio gobierno.
Adoptó la misma lógica de la austeridad que había criticado e hizo un ajuste severo del gasto fiscal (cayó de 8,1% del PIB al 3,4% en dos años). En los temas identitarios no suavizó su programa, pero sí su tono.
En política exterior se posicionó como la intermediaria entre la Unión Europea y Trump. Votó contra la línea de Trump al apoyar la de la UE de mantener la ayuda militar a Ucrania, entre otras diferencias, sin dañar su relación con él. Fue la única líder europea invitada a su toma de posesión.
Analistas europeos coinciden en que su receta fue moderar la forma sin abandonar del todo el fondo. Su gobierno ha sido estable, algo poco común en Italia. Con solo 3 años en el poder, es la tercera persona que más ha durado en el cargo desde 1946 (desde esa fecha han habido 68 primeros ministros).
En el discurso de José Antonio Kast en la noche de su victoria electoral sorprendió con su tono pragmatico, conciliador y sin triunfalismos. Tuvo palabras deferentes con sus antecesores y adversarios, sin dejar de reconocer sus diferencias, y declaró estar consciente que no todas las personas que descargaron su voto en él comparten su ideario.
En vísperas del cambio de mando, sin embargo, el ambiente se ha crispado. El principal responsable ha sido el gobierno saliente, pero no el único. En un gesto inédito desde el regreso de la democracia en 1990, Gabriel Boric impulsó iniciativas envenenadas, que le dejarían a la próxima administración un país con más problemas de los que ya herederá.
El episodio más emblemático fue el caso del “cable chino”, que se suma otras decisiones en política exterior cuyo sello ha sido el personalismo, no valorar la opinión de los expertos y, una vez que los problemas salen a la luz, ofrecer versiones inverosímiles.
Pero su gobierno ha terminado y el foco está en la nueva administración.
Si bien es entendible la molestia del nuevo presidente, su respuesta al intento de su antecesor de traspasarle parte de la responsabilidad por el episodio con China despertó críticas fundadas desde su propia coalición.
La salida intempestiva de la reunión en La Moneda -y la suspensión de las reuniones de traspaso de informaciones entre su equipo y el anterior- recibieron más críticas internas de las que se conocieron. Los argumentos principales son que se polarizaron innecesariamente las relaciones con la nueva oposición y se ignoró el protocolo republicano en visperas del cambio de mando.
Hay otro punto importante. Esos gestos son más propios de gobernantes menos respetuosos de la institucionalidad.
José Antonio Kast ha demostrado que sabe distanciarse de los disparates de sus socios internacionales. Cuando perdió las elecciones contra Gabriel Boric, no hizo lo mismo que Trump y Bolsonaro: admitió su derrota, felicitó a su rival y fue a verlo.
La otra señal contradictoria de estos días fue la invitaciónal cambio de mando -a última hora- al candidato presidencial brasileño Flavio Bolsonaro, lo que provocó la cancelación del viaje del presidente Lula da Silva, que había actuado con pragmatismo en la reunión con Kast en Panamá y tenía agendada una reunión con él en Santiago.
Bolsonaro hijo es el rival de Lula en las elecciones de octubre. Están empatados en las encuestas. No está dentro del protocolo de las relaciones de Estado – como admiten altos diplomáticos partidarios del nuevo gobierno- que se invite a un candidato presidencial junto con el presidente en ejercicio contra el que disputará una elección.
Ese gesto tiene todas las características de una decisión basada en un compromiso idelológico. Lo irónico es que si hay una área donde Gabriel Boric mereció las críticas más severas fue en política exterior.
Con su declaración de que prefiere a Giorgia Meloni más que a ningún otro líder internacional de su sector -y el discurso el día de su victoria, entre otros gestos- el presidente José Antonio Kast se comprometió con una hoja de ruta compatible con el programa de prioridades que consensuó con sus socios de coalición y que reflejan las principales demandas de los chilenos.
Es lo que se espera de su gobierno.
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