Las red flags para Kast. Por Ignacio Imas

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Crédito: Agencia Uno.

En suma, Kast tiene al frente tres batallas. La primera, es la electoral. Esa ya la tiene en su bolsillo. La segunda, la social. Deberá buscar unir detrás de él a una porción de un país que lo mira con desconfianza a él y a toda la élite. Y la tercera, es la institucional. Con un Congreso casi empatado, y con grupos de origen que siempre querrán más de él.


A menos que ocurra un hecho extraordinario, todo indica que José Antonio Kast será el próximo presidente de Chile. En este escenario, el foco del análisis ya no debiera centrarse en si ganará o no, sino en los desafíos que enfrentará su eventual administración. La anticipación es clave, y parte de ella implica mirar hacia atrás para no repetir errores recientes. Las segundas gestiones de Bachelet, Piñera, y Boric ofrecen lecciones.

Primero: la lógica refundacional y las expectativas sobredimensionadas. Las últimas tres administraciones, con matices, apostaron por proyectos transformadores, intentando presentarse como un punto de inflexión en la historia política reciente. Cada gobierno ha intentado marcar una diferencia discursiva y programática con su antecesor. En campaña, esto es tentador y muchas veces eficaz: proyectar un cambio de ciclo, movilizar afectos y ampliar fronteras electorales. Sin embargo, en el ejercicio del poder, esta lógica suele chocar con la realidad institucional, con las restricciones fiscales, la fragmentación legislativa y, sobre todo, con las expectativas sociales desbordadas.

Gabriel Boric buscó encarnar un proyecto de transformación estructural de derechos sociales y una nueva forma de ejercer el poder. Kast, desde la vereda opuesta, podría caer en la tentación. Sin embargo, repetir ese mismo ciclo —aunque con otras banderas— implicaría riesgos similares: una ciudadanía que exige resultados rápidos, y desconfía de gobiernos que prometen más de lo que pueden cumplir. Un gobierno que desencanta o no logra encantar, pierde apoyo de forma rápida.

Segundo: la convivencia con sectores identitarios dentro de la propia coalición. Un desafío clave que enfrentó Gabriel Boric fue la tensión interna dentro del oficialismo. Los sectores más ideológicos del Frente Amplio o del Partido Comunista quisieron imponer límites al pragmatismo gubernamental, resistiendo ciertas concesiones o ajustes necesarios. Se instaló la idea de las “dos almas”, que tensionó permanentemente la toma de decisiones y la construcción de mayorías.

En una eventual administración de Kast, la situación podría repetirse bajo otra forma. Para gobernar, necesitará ampliar su base de apoyo más allá de la actual. La incorporación de la derecha tradicional será clave para garantizar gobernabilidad legislativa mínima. Sin embargo, esa misma apertura podría generar fricciones con sectores identitarios más duros dentro de su base de origen, que pueden ver con cierta desconfianza a los partidos de Chile Vamos.

Sin ir más lejos, existen quienes rompieron con la derecha tradicional precisamente por diferencias en principios, tono y enfoque. La cohabitación no será automática ni exenta de conflictos, y la fragmentación interna podría convertirse en un obstáculo serio si no se gestiona desde el inicio.

Tercero: la conflictividad social como variable permanente. En el primer gobierno de Piñera, las protestas giraron en torno a temas ambientales, territoriales y educativos. En su segundo mandato, la crisis social de octubre de 2019 marcó un punto de quiebre en el sistema político. Y si bien hoy el apoyo a lo ocurrido ese año viene a la baja, muchas demandas de ese momento continúan subyacentes.

Una administración Kast, buscando priorizar la reactivación económica, no estará libre de tensiones. A ello se suma una ciudadanía más impaciente, más informada y más propensa a movilizarse frente a decisiones percibidas como injustas. El conflicto social no desaparecerá, y la estrategia de control solo mediante fuerza o narrativa de seguridad tiene límites, y podría polarizar la sociedad.

Finalmente, el contexto de polarización y populismo. La polarización ya no es solo un fenómeno de la elite, se ha extendido socialmente. La ciudadanía está molesta, fatigada y, en muchos casos, radicalizada en sus visiones. El populismo es transversal. Gobernar en este contexto requerirá algo más que convicción ideológica o eficiencia técnica. Será clave recuperar ciertos mínimos de legitimidad y sentido común institucional.

Además, hay reformas estructurales que siguen ausentes del debate, pese a ser fundamentales: el sistema electoral, la estructura de partidos, no fueron abordados en esta elección. Kast y su eventual equipo no solo deberán gobernar, sino también reconstruir parte del andamiaje institucional que permita reencauzarnos en una mayor estabilidad y certidumbre.

En suma, Kast tiene al frente tres batallas. La primera, es la electoral. Esa ya la tiene en su bolsillo. La segunda, la social. Deberá buscar unir detrás de él a una porción de un país que lo mira con desconfianza a él y a toda la élite. Y la tercera, es la institucional. Con un Congreso casi empatado, y con grupos de origen que siempre querrán más de él.

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