Para el cientista político, ex ministro secretario General de Gobierno y militante DC, el caso colombiano debe servir para aprender hasta dónde puede caer otros países de la región, incluido Chile. “En todas partes están en estados larvarios muchos síntomas que en Colombia llegan a su cúspide”, asegura Arriagada, quien integró el multipartidario Comité Chileno por la Paz en Colombia, con el que se apoyó en el proceso de negociaciones entre gobierno y guerrilla.
¿Es comparable la situación de protestas que vive Colombia con la que experimentó Chile en 2019?
La situación de Colombia es muy distinta a la situación de Chile, pero tiene muchos elementos comunes con toda crisis profunda en este momento en América Latina, como la de Chile. Y esos elementos son la debilidad del Estado, la pérdida del control territorial del Estado, la presencia del narco, la presencia de violencia de izquierda, los paramilitares y, en el plano político, la debilidad de las presidencias de la República y las crisis de los partidos. Estos elementos están, en distintos grados, en la actual situación de América Latina.
Pero lo que hay en Colombia también es una protesta de descontento social, ¿no?
Sin duda. Y la protesta social está en toda América Latina e incluso muy fuerte en algunos lugares de Europa. Hay una frase de Gorbachov: “Nada hay más peligroso para la política que llegar tarde”. En ese sentido el Gobierno conservador de Iván Duque ha llegado siempre tarde. Hoy lo que tiene es una rebelión donde, detrás de la violencia política, detrás de la protesta social legítima, vienen los saqueadores, los narcos, la hez de la sociedad, con lo que la situación se vuelve bien inmanejable.
Esta es la tercera ola protestas que enfrenta Colombia desde 2019. ¿Hay responsabilidad de un gobierno que no hay sido capaz de ampliar el diálogo y buscar soluciones?
Claro. El Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018) había llegado a un acuerdo con la guerrilla y este Gobierno, el de Duque, lo ha ido rompiendo, con lo cual los perros salieron sin amo. El acuerdo de paz tenía muchos inconvenientes desde el punto de vista jurídico y ético —crímenes horribles eran sancionados con un máximo de 8 años de cárcel— pero cuando Duque empezó a desgastar el acuerdo, se encontró con que él no era Álvaro Uribe (2002-2010).
Hay diferencias históricas evidentes entre Chile y Colombia, pero ¿hay paralelos que llaman la atención, como gobiernos con reacciones tardías y unas protestas que parecen incontrolables?
Sí, pero yo no me quiero meter ahí. Porque las situaciones son muy distintas. En Colombia hay un nivel de asesinatos, del uso excesivo de la fuerza por parte de la policía, que no se comparan con Chile. Incluso en estos días los ex jefes de la guerrilla de las Farc están reconociendo la autoría de 20.000 secuestros en el pasado, que son delitos de lesa humanidad.
¿Es posible tomar lecciones del caso colombiano, para Chile y para el resto de la región?
Todos tenemos que aprender, porque en todas partes están en estados larvarios muchos síntomas que en Colombia llegan a su cúspide. En todas partes estamos con una crisis de los partidos, estamos con una crisis de la policía —que puede ser muy distinta, según los países—, estamos con el problema del uso excesivo de la fuerza, estamos con el tema del narco. Hay muchos elementos de descomposición, pero no en todos los países de igual nivel. Colombia es un país muy admirable, pero la tragedia que tienen…
¿Por dónde pasa la salida en Colombia? ¿Está ante el peligro de que vuelva a un nuevo ciclo de la violencia del que tanto le costó salir?
Los colombianos tienen una oportunidad. Ellos tienen una elección presidencial en un año más. Ahí puede haber un cambio. Espero que esto no sea una lucha entre el uribismo, que es ultraderecha, y la izquierda. Que salven las conversaciones de paz y que establezcan un diálogo razonable. Porque Colombia lleva 90 año de violencia. No lo van a solucionar por la vía de la represión. La única alternativa es el diálogo. ¿Qué pueden hacer si lo han ensayado todo?
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