Que el diputado Jaime Araya (PPD) haya anunciado como un “tsunami” a las 1.603 indicaciones presentadas por su propio sector, y que la presidenta del FA, Constanza Martínez, haya intentado descalificar el comentario confirmando, sin advertirlo, la magnitud de la coordinación de toda la estrategia, ilustra con elocuencia el deterioro de la conducción opositora.
Pero no solo da cuenta de la ligereza con que se están tomando decisiones cruciales en el sector, da cuenta de su modo de operar generalizado. Pues, al final, es la misma lógica que se observa en Daniel Manouchehri (PS) cuando usa la sala como tribuna, o en Daniela Cicardini (PS) cuando convierte sus redes sociales en una trinchera contra el Gobierno. No es ruido coyuntural, sino una nueva forma de ejercer política.
Lo notable es la procedencia. Estos actores provienen de partidos que se autodefinen como parte de la centroizquierda moderada, parte de lo que solía llamarse “socialismo democrático”. No son outsiders ni figuras de los extremos las que están protagonizando los errores y las torpezas, sino precisamente quienes provienen, o debiesen provenir, de los sectores medios del espectro ideológico.
Lo que ocurre es que la antigua Concertación, diluida en la Nueva Mayoría, terminó siendo completamente absorbida por el Frente Amplio y el Partido Comunista. Los partidos de la antigua centroizquierda subsisten nominalmente, pero su conducta se reorientó por la lógica estratégica de Apruebo Dignidad y por la disciplina interna que se consolidó durante los años del gobierno de Boric.
En el PS, Paulina Vodanovic disciplina a su partido en esa dirección. En la DC, con la excepción de Francisco Huenchumilla e Iván Flores, no hay resistencia real. El resultado es que no queda en la centroizquierda una figura con autoridad partidaria dispuesta a negociar como bloque para entregar votos. Lo que hay son diputados y senadores con autonomía personal, pero sin estructura institucional que los respalde.
Es una pérdida relevante, en tanto la centroizquierda funcional cumplía al menos tres tareas que le daban eficiencia al sistema: articulaba acuerdos cuando las reformas exigían negociación entre gobierno y oposición, definía objetivos de largo plazo que daban coherencia al trabajo legislativo a través de los ciclos electorales, y proveía la columna vertebral institucional de las reformas de la transición y del período democrático temprano.
La Concertación de los noventa y los 2000 es el mejor ejemplo de ese rol. Sus residuos en el PS, PPD y DC siguieron desempeñando partes de él durante el primer gobierno de Piñera, hasta que la capacidad de hacerlo quedó reducida a un mínimo después del segundo gobierno de Bachelet, y finalmente quedó enterrada tras el debut parlamentario del Frente Amplio.
El espacio que antes ocupaban Guido Girardi (PPD), Camilo Escalona (PS) y Soledad Alvear (DC), ahora está en manos de Araya, Manouchehri y Cicardini.
Ese reemplazo es solo una parte del fenómeno. Junto a la centroizquierda absorbida, una fuerza distinta ha venido ascendiendo para ocupar el papel funcional que aquella solía desempeñar. El Partido de la Gente. Populista, anti-establishment, y visto con desconfianza desde los partidos institucionalizados, se ha venido mostrando estructuralmente disponible para negociar con cualquier gobierno que incluya en sus proyectos elementos que su base reconozca como beneficios inmediatos. Es, en ese sentido, el nuevo partido del medio que, con sus votos disciplinados, está inclinando la balanza.
En el actual escenario, por ejemplo, los 14 diputados del PDG no solo están respaldando el proyecto de reforma en la Cámara, sino que le están dando una línea de flotación al gobierno.
Esta sustitución del partido bisagra, el que fuerza la victoria de los proyectos de ley pero también genera estabilidad de largo plazo, va acompañada de un cambio más profundo. Si la centroizquierda articulaba acuerdos, el PDG transa votos. Si la centroizquierda definía horizontes, el PDG responde a urgencias. Si la centroizquierda podría garantizar continuidad institucional, el PDG puede resolver emergencias de todo tipo.
Lo que la otrora coalición realizaba a lo largo de décadas, el PDG lo ejecuta proyecto a proyecto.
El ascenso del PDG no es una sorpresa, sino que estaba anunciado desde hace años. La votación inesperada de Parisi en 2013, la persistencia de su base electoral en 2021, la fragmentación creciente del sistema de partidos y la caída sostenida de la identificación partidaria. Todas apuntaban en esa dirección.
Por lo mismo, no se trata de oportunismo sino del producto natural de un sistema de partidos que no ha logrado producir resultados tangibles en casi dos décadas. Chile opera hoy con horizontes cortos, ciclos electorales abreviados, atención mediática fragmentada y demandas ciudadanas inmediatas que los partidos ideológicos de largo plazo, construidos para otro tipo de política, simplemente no pueden responder, pero que los partidos transaccionales como el PDG pueden resolver en cuestión de días.
No es que el PDG sea mejor o peor partido que su antecesor. Es que es el partido funcional al entorno actual.
Así, lo que ahora se hace visible no es la muerte de la centroizquierda, que estaba anunciada hace años, sino el nombre de su sucesor. El sitio donde fue construida y demolida la Concertación es el mismo donde ahora se ha edificado el Partido de la Gente. La reciente visita de Franco Parisi al alcalde de Puente Alto, Matías Toledo, militante del Frente Amplio, confirma además que el bloque puede rotar. Si hoy entrega los votos al Gobierno de Kast a cambio de medidas que su base reconoce, mañana puede ofrecer la misma disponibilidad a un eventual gobierno de izquierda. No es lealtad ideológica lo que define al PDG. Es la transacción.
El PDG ya está definiendo buena parte de lo que pasa en la política nacional. Al menos es lo que se puede desprender de la forma en que se ha insertado en el debate de la megarreforma. Si en las próximas elecciones suma uno o dos senadores y mantiene o amplía su bancada en la Cámara, pasará a ser la principal fuerza articuladora del país. Y, si esa votación se extiende de las elecciones parlamentarias a las presidenciales, el kingmaker pasa a ser king.
En fin, en el contexto de un país que pasó de largo a corto plazo y de prioridades ideológicas a urgencias materiales, la centroizquierda articulada y de largo plazo fue reemplazada por un partido que entiende que los horizontes de entrega son cada vez más cortos, y que, sin operar en lógica de urgencia, nada se puede hacer.
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