Lo que se esperaba del primer gabinete de José Antonio Kast era que estuviera dominado por militantes del Partido Republicano. No ha sido así, y no es un detalle. Incluso, los ministros que tendrán mayor peso político en la gestión del gobierno serán Claudio Alvarado, de la UDI, y José García Ruminot, de RN, en tanto que los ministerios de Hacienda, RR.EE., Defensa y Seguridad, parte de la columna vertebral del Ejecutivo, estarán conducidos por independientes. Novedosa fue, por supuesto, la inclusión de Jaime Campos y Ximena Rincón, que fueron ministros de Bachelet.
¿Dice algo el hecho de que la mayoría de los ministros no pertenezca a un partido? Nada definitivo, por supuesto, pero hay quienes parecen considerarlo un defecto. Es probable que Pablo Longueira se haya referido a ellos cuando dijo que algunos ministros eran “yogures con fecha de vencimiento”. ¿Sería distinto su vaticinio si todos los ministros estuvieran afiliados a un partido? En realidad, no tiene mucho sentido considerar la militancia como una especie de certificado de garantía de buen desempeño. Tampoco lo garantiza la independencia. Sean o no militantes, todos deben servir al país, no a un partido, gremio, iglesia o grupo de interés.
Se supone que los partidos que respaldan a Kast no harán depender su apoyo del número de cargos que reciban. Por supuesto que el gobierno necesita dialogar e interactuar con los partidos aliados para realizar una gestión exitosa, lo que implica tener en cuenta los celos que puedan surgir en el camino. Respecto de la marcha del Ejecutivo, la participación de los partidos no puede colisionar con las facultades constitucionales del presidente.
Vivimos en una sociedad abierta y es legítima la discusión respecto de las designaciones hechas por el mandatario electo. Con todo, es deseable que los prejuicios ideológicos no nublen la capacidad de juzgar con mínima objetividad a quienes van a desempeñarse en las complejas funciones de gobierno.
Antes de asumir sus cargos, algunos de los nuevos ministros ya han recibido críticas virulentas, por una u otra razón, o por ninguna, simplemente como demostración del espíritu tribal de ciertos representantes de las fuerzas que dejan el gobierno. Uno de los motivos esgrimidos ha sido la relación de algunos ministros con el mundo empresarial, lo cual los volvería automáticamente “sospechosos”. Es una objeción que refleja cuánto arcaísmo pervive entre quienes, aunque se dicen progresistas, siguen asociando la actividad empresarial con cierto espíritu maléfico que debe ser combatido.
Al opinar sobre la trayectoria de los nuevos ministros, el senador Iván Flores, de la DC, llegó a decir que “el 60% nunca ha trabajado en el sector público”, dando a entender así que el hecho de que ese 60% provenga del sector privado constituye una anomalía. Es un criterio demasiado tosco. ¿Conoce Flores el aporte que hicieron numerosos hombres de empresa de su propio partido a la gestión de los asuntos públicos en el pasado?
Las descalificaciones más duras se han concentrado en la nueva ministra de la Mujer, Judith Marín, del Partido Social Cristiano, por parte de algunos grupos feministas. Ella es evangélica y se opone al aborto, lo que ha bastado para tratar de “cancelarla”, aunque es sabido que Kast no tiene intención de modificar la ley de tres causales. El propósito de los grupos sectarios es intimidar a quienes no comulguen con sus tesis, y levantar así un enemigo aborrecible al cual atacar en los desfiles del 8 de marzo.
Cuando faltan todavía 6 semanas para que asuma Kast, ya entró en escena una corriente opositora que no necesita conocer las iniciativas ni los pasos concretos del nuevo gobierno. Ya se oponen firmemente a lo que sea que venga.
El nuevo gobierno tendrá que aprovechar febrero para afinar las primeras medidas. Tiene que demostrar eficiencia desde el primer día en cuanto a enfrentar las urgencias, la primera de las cuales es la seguridad. La emergencia se hizo más aguda debido a los devastadores incendios en Ñuble y Biobío, lo que plantea un desafío de reconstrucción que demandará cuantiosos recursos y una gestión muy dinámica de Vivienda, Obras Públicas y otros ministerios. Como ha dicho Martín Arrau, ministro designado de Obras Públicas, “la reconstrucción en el sur será un test para el gobierno”.
Veremos cómo funciona el esquema de gestión diseñado por Kast y sus colaboradores más cercanos. Un posible riesgo es el de un Segundo Piso con atribuciones excesivas, con asesores que lleguen a creer que constituyen una especie de suprapoder, con capacidad para interferir en la tarea de los ministros. Hay que evitar a toda costa las superposiciones y las zonas grises en materia de mando.
Son tiempos revueltos en el mundo. Nada será sencillo. Al momento de iniciar la travesía, lo más importante será que el timón esté firmemente tomado por el mandatario y que la carta de navegación sea clara. ¿Qué más se requiere? El cuero duro, por supuesto.
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