1. El cambio estructural
Chile no enfrenta solo una nueva elección, enfrenta un nuevo electorado. Desde la vuelta a la democracia, el o la presidenta del país se elegía con la participación de unos siete millones de votantes; esta vez lo harán cerca de trece millones. La diferencia es abismal, con casi el doble de personas decidiendo el rumbo del país.
El desafío para las candidaturas no es únicamente entender a este nuevo votante (qué tipo de mensaje le hace sentido y qué temas lo movilizan) sino lograr que el mensaje le llegue, en sentido literal. Se trata de la mitad de Chile que antes elegía no participar, donde conviven el mayor desconocimiento y desinterés por la política con el mayor grado de frustración y desapego hacia ella. Pretender hablarles con las mismas herramientas comunicacionales usadas para los votantes habituales resulta poco realista.
Para quienes estudiamos la sociedad a través de encuestas, el reto es similar. No basta con reconocer que esta es una elección de trece millones y no de siete; también debemos ajustar la forma en que medimos y conversamos con esos nuevos votantes. Seguir aplicando los mismos métodos es como querer captar una señal nueva con una antena vieja: algo se escucha, pero mucho más se pierde.
2. Por qué las encuestas discrepan tanto
El aparente desorden y las grandes discrepancias entre encuestas tienen una explicación sencilla: no miden al mismo Chile. Unas retratan al Chile más politizado que ya votaba; otras, intentando integrar al Chile que ahora vota, no por entusiasmo, sino porque la ley lo obliga.
Si bien las nueve encuestas publicadas antes de la veda coinciden en que Jeannette Jara lidera la primera vuelta, difieren profundamente en quién podría enfrentarla en la segunda. Los porcentajes de José Antonio Kast oscilan entre 17% y 25%, los de Evelyn Matthei entre 13% y 19%, Johannes Kaiser entre 10% y 22%, y Franco Parisi entre 5% y 17%. No son diferencias menores: reflejan universos electorales distintos.
En Panel Ciudadano-UDD seguimos a los mismos encuestados en el tiempo, lo que permite distinguir entre votantes habituales (los que participaban con voto voluntario) y votantes obligados (los que votan ahora porque deben hacerlo). Esa distinción cambia por completo el cuadro. En un escenario de voto voluntario, Kast, Matthei y Kaiser empatarían en el segundo lugar. Pero cuando se incorpora al nuevo electorado, el de los votantes obligados, Kast vuelve a tomar ventaja, una diferencia que otras metodologías tienden a subestimar o no detectar.
3. Buscando al votante obligado
Los candidatos saben que el votante obligado no está en seminarios, conversatorios ni debates. Cuesta imaginar que alguien que durante años eligió restarse de las elecciones ahora se sienta convocado por esos espacios. Es cierto que votan desde 2022, pero eso no los convierte en fanáticos de la política: votan porque deben hacerlo.
En términos encuestológicos, los candidatos (y las encuestas) deben ampliar su marco muestral. Deben ir a buscarlos, porque los votantes obligados no los están buscando a ellos. Y cuando los encuentran, deben hablarles simple, corto y directo. No están dispuestos a escuchar largos diagnósticos o discursos técnicos; su nivel de atención es más corto y su decisión, más intuitiva.
En las encuestas ocurre lo mismo. Si se quiere representar a esta otra mitad de Chile, hay que ampliar la cobertura y el método. Los paneles de autoselección tienden a concentrar votantes habituales y a subrepresentar a quienes no se interesan, o derechamente rechazan la política. Y si logras dar con ellos, el cuestionario debe ser tan simple y breve como el mensaje de campaña: entre más largo y denso, menos votantes obligados lograrás captar.
4. Dos semanas decisivas
Sabemos que las metodologías que subestiman al votante obligado tienden a sobreestimar el apoyo de Jeannette Jara, del mismo modo que magnifican el alza reciente de Johannes Kaiser, dado que es un fenómeno que ocurre principalmente entre votantes de derecha más politizados. En ambos casos, el error proviene de mirar solo al electorado interesado y dejar fuera al que recién está entrando en la conversación.
Sin embargo, el verdadero enigma de esta elección sigue siendo qué ocurrirá en las próximas dos semanas con los votantes obligados. En nuestro seguimiento longitudinal lo vemos con claridad: son los menos consistentes en sus preferencias, los menos ideológicos y, paradójicamente, los más decisivos. No votan por lealtad ni por identidad, sino por lo que les hace más sentido en este momento. Son electores que recién ahora están prestando atención, y lo hacen más por intuición que por convicción.
Estas dos semanas no serán solo el cierre de una campaña: serán el instante en que ese votante obligado, que hoy rompe el empate en favor de Kast, decida quién competirá con Jara en la elección presidencial con más votantes en la historia del país.
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