Tres pueblos y una élite. Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante

En una presidencial donde todos buscan ser la voz del pueblo antagonizando a la élite, Matthei insiste en ubicarse en este último campo. Si el problema práctico pesa más que el simbólico, puede obtener resultados. Pero su entorno debe ser consciente de que navegan contra el viento de los tiempos.


La incorporación del senador Juan Antonio Coloma y del dirigente empresarial Juan Sutil a la primera línea de la campaña de Evelyn Matthei puede tener todo el sentido práctico si el objetivo es ordenar lo que, hasta ahora, ha sido un desorden. La candidata se ha rodeado de liderazgos jóvenes a los que no escucha. Ahora le han puesto al lado a dos “perros viejos” con don de mando, tal vez justo lo que necesita la alicaída postulación de Chile Vamos.

Pero el movimiento tiene menos sentido en el plano simbólico. En un escenario donde todos los analistas subrayan la preponderancia del eje pueblo versus élite —y donde nadie quiere ser identificado con lo segundo—, Matthei recurre a dos figuras que encarnan, de forma paradigmática, a la élite política y a la élite económica del país. Coloma ha sido parlamentario desde 1990, y cuesta imaginar un político más profesionalizado. Sutil, por su parte, proviene de la presidencia de la CPC, que por definición defiende los intereses de los grandes sectores productivos. Ninguno de los dos está muy cerca de lo que Carlos Peña llamaría las “trayectorias vitales” de los chilenos.

Pero mientras Evelyn recurre a la élite —siendo ella misma parte de esa categoría—, sus tres competidores directos apelan al pueblo. Aunque, visto de cerca, se trata de pueblos distintos.

El pueblo de José Antonio Kast está compuesto por los “verdaderos chilenos” de los que habló Beatriz Hevia en el cierre del Consejo Constitucional. Consultada sobre el sentido de la expresión, la secretaria general de Republicanos, Ruth Hurtado, explicó que se refería a “aquellos pacíficos, aquellos honestos, aquellos trabajadores que se levantan todos los días de madrugada, aquellos que tienen que dejar a sus familias para ir a buscar un mejor sustento”, en contraposición a los octubristas que “destruyeron el país, que lo saquearon, que lo quemaron”.

Aunque Kast rehúye la palabra “pueblo”, antagoniza explícitamente a la élite progre, desconectada —según él— de los problemas reales de la gente, demasiado materiales como para “perder el tiempo” hablando de lenguaje inclusivo, disidencias sexogenéricas o migración como derecho humano. Siguiendo a sus modelos internacionales, en esa élite incluye también a intelectuales, al mundo académico y a los medios de comunicación liberales.

Jeannette Jara, por su parte, logró instalar en la primaria oficialista la idea de que ella, oriunda de Conchalí, era la única representante genuina del pueblo, frente a dos candidaturas que, por distintas vías, aparecían ligadas a la élite. Ese pueblo hace tiempo dejó de ser el proletariado como sujeto histórico de la teoría marxista, y se asemeja más a la construcción ontológica que describen los autores populistas: una alianza de precariedades que identifica en la oligarquía a su adversario común.

La izquierda ya había intentado algo parecido durante el estallido social y, después, en la Convención Constitucional que heredó su ethos rabioso y plebeyo. Pero ese proyecto se distanció de la chilenidad como quien huye de la peste. Si Chile debía ser refundado de punta a cabo, era por abusador, racista, misógino y homofóbico. Nada lo ilustró más groseramente que la escena de la bandera saliendo de las cavidades de dos performers en Valparaíso. Jara, en cambio, apuesta a un mundo popular profundamente chileno o, como ha dicho Pierina Ferretti, a un imaginario “nacional-popular”.

Finalmente, Franco Parisi tiene en mente otro pueblo. Está compuesto principalmente por clases medias socializadas en un modelo de mercado donde el estatus se asocia a la capacidad de consumo, pero que ven sus expectativas frustradas por élites políticas, económicas y culturales que secuestran los beneficios del progreso, salen indemnes cuando son descubiertas y se dan el lujo de promover causas de minorías “de moda” en desmedro del ciudadano común.

La retórica antiélite de Parisi es conocida: contra ciertos medios de comunicación, contra los empresarios que lo miran en menos, contra los apitutados de la política, contra los partidos tradicionales. Su programa Bad Boys se ufana precisamente de incomodar a la élite, aunque su estética de terno y gel es muy distinta del mundo popular de Jara o de los “verdaderos chilenos” de Kast. El pueblo de Parisi no piensa en derribar el modelo, sino en encontrarle la vuelta para terminar feliz y forrado… y, si alcanza, enchulado. El suyo es un tecno-populismo que, además de fustigar al establishment, se jacta de ofrecer las mejores, más rápidas y más simples soluciones técnicas a los problemas que porfiadamente nos aquejan.

Por eso resulta tan contracultural la elección de Matthei y de los partidos que la respaldan. En una presidencial donde todos buscan ser la voz del pueblo antagonizando a la élite, Matthei insiste en ubicarse en este último campo. Si el problema práctico pesa más que el simbólico, puede obtener resultados. Pero su entorno debe ser consciente de que navegan contra el viento de los tiempos.

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