La izquierda ha revelado el guión con el que enfrentará la elección presidencial de noviembre, y especialmente la segunda vuelta de diciembre: evitar que la “ultraderecha” llegue al poder. Se trata de una estrategia poco novedosa y con resultados desalentadores, pero que, de manera obstinada, este sector político se empeña en repetir una y otra vez en diversas latitudes, con el mismo resultado: fracasos electorales.
La elección de Milei en Argentina y Trump en EE.UU. son dos de los casos de estudio más emblemáticos para probar que, cuando lo que impulsa una elección es el vector de cambio radical, no hay etiquetas ideológicas ni miedos capaces de alterar esa dirección.
Suponer que el electorado de Kast, Matthei y Kaiser -cuyas intenciones de voto agregadas y llevadas a una base de votos válidos se alinean de manera nítida con el 60% de desaprobadores del Presidente Boric- constituye un cuerpo ideológico monolítico, articulado en torno al ideario de lo que se ha llamado “ultraderecha”, es no solo intelectualmente miope, sino también electoralmente torpe. Hoy por hoy, todo lo que no cabe dentro del marco ideológico de la nueva izquierda progresista pasa a ser catalogado como “ultraderecha”, una categoría difusa, poco precisa y cada vez más residual.
Es más, los electores que son cuestionados por votar por candidatos de la oposición probablemente ni siquiera se sienten aludidos por los epítetos de fascistas, nazis y ultraderechistas con los que habitualmente los rotula irreflexivamente la izquierda. En este contexto, insistir en el espantajo de la “ultraderecha” no solo es un error estratégico, sino una forma de negación frente a una ciudadanía que ya decidió dejar de escuchar sermones morales desde el podio de la progresía ilustrada.
Lo que está detrás de estos votantes no es una adscripción ideológica, sino una pulsión de cambio radical respecto de la situación política, social y económica actual. De este modo, la elección presidencial —y especialmente su definición en segunda vuelta— será un plebiscito sobre el actual gobierno: continuidad o cambio. Y en general, los electores —no solo en Chile, sino también en el mundo— están privilegiando el cambio: ocho de cada diez elecciones las está ganando la oposición.
La inestabilidad de la economía internacional, la cuestión migratoria, la vertiginosa mutación del crimen organizado transnacional, la desconexión de las élites progresistas con las necesidades reales de la gente, y la incapacidad de reacción de la política ante la demanda por respuestas instantáneas de una ciudadanía que se acostumbró a que todo es rápido bajo la lógica del delivery, han facilitado esta marcada tendencia al voto destituyente: castigar al gobierno de turno y virar hacia una administración de signo contrario.
En las derechas —vale decir, Chile Vamos y Republicanos— quien mejor sepa interpretar este anhelo de cambio radical que predomina en el electorado será quien lleve las de ganar. La clave del éxito pasa por ahí.
Hasta la fecha, los sondeos parecen mostrar que el relato de la preparación, experiencia y capacidad de gestión no logra generar una épica de restauración o reconfiguración total del escenario político a la que los electores aspiran. La mera gestión es un marco discursivo excesivamente voluble, liviano y orientado a un segmento estrecho de la élite, frente al espesor, robustez y masividad del discurso de cambio radical.
La pregunta, entonces, no es cómo frenar a los candidatos del cambio radical, sino quién será capaz de encarnar y apropiarse de este sentimiento con más credibilidad, temple y convicción.
¿Jara y el PC a la cabeza del Estado? Es cosa de imaginarlo. Por Sergio Muñoz Riveros.
https://t.co/RlmrkAyQVu— Ex-Ante (@exantecl) July 13, 2025
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