El juicio implacable. Este domingo Gabriel Boric entregará la última cuenta pública de una gestión marcada por la frustración. El presidente llegó a La Moneda con una promesa generacional de cambio estructural, con la épica de refundar Chile con el lenguaje de la “dignidad” y el “nuevo trato”.
El impulso que se desvaneció. La imagen de Boric fue alcanzada por el fuego de los suyos. Y aunque él ha evitado involucrarse directamente, su silencio prolongado inicial ante los escándalos, su defensa de figuras cuestionadas como Manuel Monsalve, y su incomodidad frente al uso político de esos casos terminaron por horadar su liderazgo.
No todo, sin embargo, puede resumirse en promesas rotas. En una región donde la deriva autoritaria avanza con líderes populistas de izquierda y de derecha que desprecian las reglas del juego democrático, Boric ha sido un defensor consistente del Estado de derecho.
A diferencia de sus pares en América Latina, ha condenado sin ambigüedades las violaciones de derechos humanos en Nicaragua y Venezuela. Ha respetado la libertad de prensa, el rol del Poder Judicial y la independencia institucional. En tiempos de polarización y liderazgos mesiánicos, no es menor.
Impronta buenista. En lo económico, el balance es mediocre. Su gobierno heredó una economía recalentada por los retiros de fondos de pensiones y las ayudas de emergencia. La inflación alcanzó niveles preocupantes durante su primer año, y su gestión fiscal fue puesta a prueba. Bajo la conducción de Mario Marcel, se evitó una crisis mayor.
Su papel tras dejar La Moneda. En vez de reconstruir una centroizquierda amplia y competitiva —como la que gobernó exitosamente desde 1990—, el oficialismo quedó encapsulado en una trinchera identitaria y minoritaria, ajena a las prioridades de la ciudadanía.
Su última oportunidad. Pero mucho dependerá de cómo se conduzca en el escenario que se avecina. Lo más probable es que un gobierno de derechas heredará de su gestión un escenario económico y político complejo y que tendrá que hacer los recortes presupuestarios que él no hizo. Y que, desde el primer día contaría con la oposición y hostilidad implacable de la izquierda.
El país de las maravillas: narrativas complacientes, promesas incumplidas y objetivos rebajados. Por Kenneth Bunker (@kennethbunker).https://t.co/x3OfTWwN6f
— Ex-Ante (@exantecl) May 31, 2025
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