Abril 27, 2025

Más allá de la tiranía del instante. Por Jorge Ramírez

Cientista Político. Libertad y Desarrollo.

El futuro de la democracia no se juega únicamente en la velocidad de su respuesta, sino en su capacidad para sostener su legitimidad en medio de la urgencia. Nuestra democracia no necesita una revolución en su sentido clásico -un cambio drástico y súbito de estructuras- sino una revolución más silenciosa: la de recuperar la mirada de largo plazo. Aunque parezca un oxímoron, en las próximas elecciones, quizás lo más revolucionario sea votar pensando en el largo plazo.


La política es una actividad que, por su naturaleza, es más de procesos que de resultados. Las decisiones bajo un régimen democrático deben siempre ser consensuadas, negociadas y profusamente deliberadas para gozar de legitimidad. Sin embargo, el vértigo de la transformación digital ha provocado una disociación en la perspectiva temporal que poseen los ciudadanos. Si antes, la perspectiva de largo plazo era de años, hoy se ha reducido a tan solo un par de meses, semanas y quizás días. La ciudadanía está impaciente.

La lógica del delivery, entendida como la posibilidad de acceder a un canal de información, productos, servicios y relaciones interpersonales en segundos, mediante smartphones, sin mayores costos de transacción, ha colonizado amplios territorios del ordenamiento social, cultural y también político.

Con la excusa de acelerar los procesos de toma decisión e ir en respuesta de los problemas de la ciudadanía, aquí y ahora, múltiples gobernantes han ido erosionando la lógica de pesos y contrapesos del régimen democrático, apelando a atajos administrativos, montando un auténtico modelo de gobernanza por decreto, que, en efecto, es más rápido y efectivo en el corto plazo. Pero que parece menos sostenible en el tiempo.

Los estudios empíricos vinculados a la percepción de temporalidad en Chile, llevados a cabo por Pedro Güell y Martina Yopo, entre otros, dan luces de que los grupos más vulnerables son precisamente quienes anclan más su ciclo de la vida al momento presente, mientras que los grupos más aventajados de la sociedad aún conservan cierta capacidad de prospectar un horizonte de largo plazo.

La pandemia y el estallido probablemente reforzaron esta brecha, generando un peligroso caldo de cultivo donde se entremezcla un profundo anhelo de cambio con una sed de respuestas inmediatas. En general la respuesta a esta demanda se traduce en frustración.

El desafío de la política y sus liderazgos pasa entonces por generar un proceso de adecuación a este nuevo ritmo frenético sin horadar aún más la visión de largo plazo. La vieja idea de Churchill de que el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones, parece más lejana que nunca en nuestro horizonte.

Sin embargo, hay formas virtuosas de generar un punto de conexión entra la demanda por instantaneidad y la forma en que la política pueda dar respuestas a este anhelo, por ejemplo, a través de una modernización profunda del Estado que posibilite una gestión más dinámica, acorde a la urgente demanda por resolución de problemas públicos cotidianos por parte de la ciudadanía.

Pero el reto, no es solo adaptar la política al vertiginoso ritmo actual, sino también enfrentar otra pregunta crucial ¿cómo poner en valor la toma de decisiones democráticas en un ecosistema adaptado a la toma de decisiones automáticas? El futuro de la democracia no se juega únicamente en la velocidad de su respuesta, sino en su capacidad para sostener su legitimidad en medio de la urgencia.

Nuestra democracia no necesita una revolución en su sentido clásico —un cambio drástico y súbito de estructuras—, sino una revolución más silenciosa: la de recuperar la mirada de largo plazo. Aunque parezca un oxímoron, en las próximas elecciones, quizás lo más revolucionario sea votar pensando en el largo plazo.

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