El próximo sábado el presidente Boric entregará su tercer informe al país en la Cuenta Pública Anual que exige la legislación vigente. El primero estuvo íntegramente dedicado a describir la hoja de ruta de las reformas estructurales que contemplaba su programa. El mandatario había asumido hace menos de tres meses y su resultado de segunda vuelta lo había hecho olvidar que sólo 25,8% de los chilenos había votado su programa y la prensa aún hablaba de “boricmanía”
Tres meses después todo se derrumbaba. El texto constitucional propuesto por la Convención – necesario, según el entonces ministro Giorgio Jackson, para que el gobierno pudiera llevar adelante su programa de cambios- fue rechazado por 62% de los chilenos. Lo que mostraba que la perspectiva refundacional y las prioridades programáticas y valóricas de la coalición que se definía como “el primer anillo” del poder gubernamental, tenía una distancia insalvable de las prioridades del pueblo y su sentido común.
Conceptualmente, el 4 de septiembre de 2022 terminó el gobierno que sus adversarios temían y sus partidarios anhelaban, comenzando el proceso de mutación que aún está en curso.
En su segunda cuenta pública ya se sintió la fuerza de los hechos, el diagnóstico del país y las prioridades del gobierno comenzaban a ajustarse a la realidad. Pero la apelación a los 50 años del Golpe y un récord de extensión del discurso presidencial dificultaron visibilizar con claridad la mutación en curso o, mas bien, le permitieron ocultarla.
La tercera es, en la práctica, la última en la que se puede señalar compromisos. La cuarta es de balance, ya que los presidentes y sus gobiernos están en la bandeja de salida.
Todos los presidentes viven intensamente la tensión de gobernar para los suyos o para la mayoría del país, entre el objetivo de mantener el entusiasmo y la unidad de quienes los respaldan y la necesidad de sintonizar con los problemas y anhelos de las mayorías ciudadanas.
Sin excepción, los sectores políticos que arriban al poder tienen intereses, prioridades, valores -y, en ocasiones, incluso lenguajes- distintos del sentido común popular. Por eso ningún gobierno termina como comenzó, todos evolucionan, ajustan sus programas y reordenan sus prioridades.
Pero ocurre que en este caso es un verdadero foso de alcance epistemológico el que separa a la coalición primigenia de gobierno respecto del pueblo chileno. Piensen sólo en los lugares que ocupaban el orden público, la inmigración ilegal y el crecimiento económico en su escala de prioridades y la prioridad que tienen estos temas en la ciudadanía.
Por eso no asistimos, en este caso, a la natural evolución de todo gobierno frente a su realidad. Somos testigos más bien de una mutación, del cambio de un sector político que se definía revolucionario, para el que las reformas estructurales eran un verdadero mantra, a otro que se vanagloria del gran logro de haber estabilizado y normalizado la situación económica y social del país.
Por lo anterior, el ejercicio habitual de todo mandatario de manejar la tensión descrita se convierte en acrobacia olímpica de alto riesgo para el presidente Boric. Los indultos mostraron en toda su extensión y profundidad cómo gobernar para la tribu, aunque sea en una medida simbólica y de alcance mínimo, puede producir un distanciamiento insalvable con la ciudadanía en general.
El CAE es ahora un caso emblemático, probablemente la primera prioridad para buena parte de quienes gobiernan, demanda que está en el ADN del Frente Amplio, cuya militancia proviene mayoritariamente del movimiento estudiantil universitario.
El ejercicio comporta alto riesgo. De frustración de su base de apoyo, por un lado, si la política propuesta no tiene beneficio universal y, por otro. la incomprensión y rechazo ciudadano si se destinan grandes volúmenes de recursos para resolver un problema de jóvenes con ingresos medios y altos, en lugar de ponerlos en la resolución de problemas de educación y salud que afectan a todos.
El presidente Boric ha de saber, a estas alturas, que el pueblo chileno no lo juzgará de acuerdo a lo que fueron sus compromisos originales, sino fundamentalmente por su capacidad (o no) de contener y hacer retroceder a la delincuencia y de recuperar el crecimiento económico y el empleo. Allí es donde se juega el recuerdo y la valoración que los chilenos tendrán de su figura y de su gobierno.
Esperemos que el próximo sábado el discurso del presidente Boric conceptualice y nombre su nuevo carácter, redefina sus prioridades para ajustarlas a la realidad actual y a la demanda de la mayoría de los chilenos, y no ceda a la tentación de terminar lo que queda de su mandato en su zona de confort, atrincherado entre los suyos, condenando a su sector político al rol de minoría crítica que reivindican algunos de los partidos que lo sustentan.
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La “metamorfosis” de Boric y el ocaso de la izquierda “woke”. Por Jorge Schaulsohn (@jschaulsohn). https://t.co/ggkH8xnuem
— Ex-Ante (@exantecl) May 17, 2024
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