Los huérfanos de esta elección. Por Ignacio Imas

Con una carga simbólica que marcó a fuego su identidad política, la generación que protagonizó el triunfo del “No” en 1988 hoy ronda los 60 años. Su voto fue decisivo en la transición y lo volverá a ser en 2025. Pero esta vez, lo hará sin una opción que los represente.


Este fin de semana se cumplieron 37 años del plebiscito del 5 de octubre de 1988. Aunque para muchos —sobre todo para las generaciones más jóvenes— pueda parecer un episodio lejano o simbólico, para Paola y Sergio, que tenían poco más de 20 años en ese momento, fue un hito vital.

Paola estudiaba Educación Parvularia, y concurría a todas las peñas y apoyaba desde cerca a los grupos de oposición, mientras Sergio asistía a protestas mientras trabajaba en distintos lugares para mejorar las condiciones de su hija. Ambos querían que ellos y sus hijos no viviera lo que ellos en dictadura. Como ellos, cientos de miles de jóvenes participaron activamente en la campaña del “No” y luego apoyaron con su voto a la centroizquierda en la nueva democracia.

Aquella generación fue socializada políticamente con la promesa de una democracia que ofrecía dignidad, desarrollo y derechos. Vieron expandirse el acceso a la educación, a la salud primaria, a la vivienda subsidiada. Muchos mejoraron su nivel socioeconómico, accedieron a la universidad, compraron sus primeras casas, incluso viajaron por primera vez.

Su lealtad a la Concertación se mantuvo mientras sintieron que ese proyecto garantizaba estabilidad, diálogo y avances graduales. Pero también vivieron el desgaste: el aumento de la desigualdad, la desafección política y la sensación de que el mérito no bastaba cuando el sistema de protección social era débil.

Ya en 2009, muchos de ellos, vieron en Marco Enríquez-Ominami una opción de renovación progresista frente a una centroizquierda que parecía más preocupada de administrar que de transformar. No entendieron por qué, ante el desgaste, se optó por postular a Eduardo Frei en lugar de abrir paso a nuevos liderazgos. La derrota de 2010 para la Concertación, bajo sus términos fue traducida como una traición a las esperanzas depositadas en el ciclo postdictadura.

Doce años después, Paola y Sergio vieron en Gabriel Boric una nueva oportunidad. Confiaron en él como confiaron en Aylwin o Lagos. Boric representaba, para muchos de ellos, una segunda transición: esta vez hacia una sociedad más justa, pero también más consciente de sus límites. No obstante, el desencanto llegó pronto.

La promesa simbólica se quebró por errores de gestión, falta de diálogo, exceso de posturas identitarias, abusos de poder, y una propuesta constitucional percibida como excluyente.

Hoy, esa generación tiene entre 55 y 62 años. Representa una porción decisiva del padrón: casi 5 millones de votantes, según el Servicio Electoral. Se trata de un grupo que ha envejecido dentro de la democracia y que, con sus contradicciones, ha sido moderado, reformista y partidario del orden democrático. Sin embargo, enfrenta una elección presidencial en la que no encuentra representación.

No confían en José Antonio Kast, cuya propuesta ven como una regresión conservadora. Evelyn Matthei genera más dudas que certezas, sobre todo tras sus declaraciones sobre el golpe de Estado, lo que reactivó una memoria que para muchos sigue siendo dolorosa. Pero tampoco encuentran una alternativa creíble en Jeannette Jara. Aunque sería natural que se sintieran cercanos a una candidatura de izquierdas, la perciben como continuidad de un gobierno que no cumplió sus promesas, que no logró abordar la situación de urgencia en orden y seguridad, y que mostró falta de probidad desde sus primeros meses.

Por supuesto, como electores más maduros, Paola y Sergio se han moderado, y entienden que en democracia debe priorizarse el diálogo, los acuerdos, para avanzar.

A esta desafección se suma el deterioro del estilo político. Paola y Sergio observan con incomodidad cómo Jara —en lugar de construir una figura de estadista capaz de dialogar con diversas generaciones— ha protagonizado un enfrentamiento público con el ministro Carlos Montes, un histórico que representa justamente esa Concertación que ella debería intentar recuperar. Las formas importan. Las peleas internas, también.

En lugar de buscar sintonía con esta generación, Jara parece alejarla. En contraste, Matthei, al menos intenta acercarse, veamos si logrará hacerlo. El problema, tal vez no es solo de nombres, es de lenguaje político. Esta generación busca certezas, estabilidad y un proyecto democrático con sentido histórico y emocional. No quieren refundar el país, pero tampoco volver atrás. No buscan radicalismos, sino una política que los escuche y los proteja en la vejez.

Si nadie logra hablarle a esta generación, su reacción más probable será la abstención o la fragmentación del voto. Pero el riesgo mayor no es solo electoral. Es que la generación que sostuvo la democracia durante cuatro décadas termine convencida de que ya nadie la representa.

Para más columnas de Ignacio Imas en Ex-Ante, clic aquí.

Leer a continuación