Kast buscó inicialmente un equipo de origen de mayoría apartidista, un grupo humano cuya única identidad fuera la visión presidencial y cuya autonomía los hiciera libres de los “tirones” propios de la institucionalidad partidaria. La premisa era seductora: un gobierno de expertos que respondiera solo al jefe de Estado. Pero ese diseño ha comenzado a resquebrajarse bajo la presión de las cuotas y la necesidad de asegurar una base mínima de apoyo en el Congreso.
El gabinete de origen de un presidente no es solo una lista de nombres: es el primer mapa de sus objetivos. El presidente electo, después de distintos aplazamientos y casi a un mes de asumir, tiene el equipo de primera línea listo. El proceso dejó cicatrices visibles: partidos políticos manifestando una incomodidad, y en un caso más extremo como los Libertarios que, mostraron sus fracturas internas con amenazas de suspensión de militancia.
Pero más allá de estos hechos, lo que subyace la conformación de este equipo inicial es una apuesta que encierra una tensión peligrosa: la búsqueda de una autonomía técnica y más leal al presidente, pero con una orfandad política versus las presiones permanente de los partidos políticos que integran la futura administración.
El diseño original de José Antonio Kast para su desembarco en La Moneda parecía extraído de un manual de resistencia ante la política tradicional: un gabinete de “primera línea” blindado por la técnica, con lealtades concéntricas hacia su figura y un desdén implícito hacia las estructuras partidarias.
Sin embargo, la realidad -esa fuerza que no perdona, a pesar del voluntarismo- ha forzado el primer giro de magnitud antes de asumir. Al ceder ante los partidos políticos en el nombramiento de Subsecretarías y Delegaciones Presidenciales, Kast no solo ha llenado cargos; ha firmado su primera gran renuncia táctica.
Esta capitulación marca el fin de la ilusión de la autonomía total. El presidente electo, tras diversas tensiones, se topó con una verdad incómoda: a pesar de su profunda crisis de legitimidad y su paupérrima evaluación ciudadana, los partidos políticos siguen siendo la única institución capaz de garantizar poder y gobernabilidad. Esa gobernabilidad que es, por definición, un ejercicio de coalescencia.
Kast buscó inicialmente un equipo de origen de mayoría apartidista, un grupo humano cuya única identidad fuera la visión presidencial y cuya autonomía los hiciera libres de los “tirones” propios de la institucionalidad partidaria. La premisa era seductora: un gobierno de expertos que respondiera solo al jefe de Estado. Pero ese diseño ha comenzado a resquebrajarse bajo la presión de las cuotas y la necesidad de asegurar una base mínima de apoyo en el Congreso.
Los partidos de la coalición, que inicialmente manifestaron su molestia ante el ninguneo, han recordado al Ejecutivo que sin ellos no hay garantía de apoyos futuros, y sin votos, el cuatrienio -ese período que en el reloj político- puede volverse un calvario. Experiencia tenemos en las dos últimas administraciones. Este cambio de rumbo revela una tensión que, podría ser cotidiana: entre la nueva forma presidencial de hacer las cosas, y las de la política tradicional. La disputa entre una administración que desea concentrar la toma de decisiones en La Moneda y una “coalición” que exige protagonismo en la gestión pública.
La paradoja es evidente. Kast intentó evitar que los partidos fueran los protagonistas de su gestión, buscando que la lealtad inicial estuviera con él. Sin embargo, al ceder en estos nombramientos, acepta que el modelo es inviable si no se cuenta con la política tradicional de los partidos que aceiten los engranajes del Estado. Este es un reconocimiento de que un grupo de independientes, por más brillantes que sean, carece de la “muñeca” necesaria para enfrentar la complejidad de una legislatura fragmentada y una ciudadanía que es cada vez más exigente, sobretodo cuando las expectativas son altas.
Lo que queda para los próximos meses es una estructura de cohabitación que puede resultar forzada. Al abrir las subsecretarías y delegaciones a las huestes militantes, el Kast y sus asesores introducen una amenaza, un conflicto potencial, que puede ralentizar la toma de decisiones y la ausencia de una cohesión interna. Este rediseño también impacta en el ethos del nuevo gobierno. Se ha quebrado la mística de la “nueva política” antes de empezar. Ya que no el pertenecer al mismo arco de derechas no garantiza una lógica común, por lo tanto, ahora ha quedado una tarea pendiente.
La parcial capitulación es el reconocimiento de que la política, con todas sus imperfecciones, es el camino para la supervivencia de un proyecto nacional. También queda la interpretación que Kast y sus asesores no han cedido, sino han tomado una decisión pragmática. Que él, antes de asumir, aprendió que el solo hecho de poseer la Presidencia basta para disciplinar a sus votos en el Congreso.
