El dilema existencial de la Democracia Cristiana. Por Ignacio Imas

La Democracia Cristiana debe asumir su posición minoritaria y actuar en consecuencia. Hoy, el camino menos riesgoso es respaldar la candidatura de Jeannette Jara como carta presidencial del bloque oficialista, e integrarse plenamente al pacto parlamentario


La Democracia Cristiana deberá decidir este fin de semana qué camino tomará de cara a las elecciones presidenciales y parlamentarias de noviembre. Es, probablemente, la decisión más compleja que enfrenta desde el retorno a la democracia. No se trata solo de una definición táctica, sino de una elección de supervivencia política. Para ello, necesita dejar atrás el errático tránsito de los últimos meses: desde levantar la candidatura de Alberto Undurraga, hasta respaldar simbólicamente a Carolina Tohá, sin tener posibilidad real de incidir en su apoyo.

No es un misterio que el PDC fue una de las instituciones rectoras de la transición chilena. Sin embargo, comenzó a perder fuerza desde la década del 2000. Fue un desgaste natural tras haber liderado dos gobiernos, especialmente con una administración —la de Frei Ruiz-Tagle— que no supo enfrentar la crisis asiática y fue percibida como la de un liderazgo débil. A eso se sumaron las divisiones internas cada vez más públicas, que proyectaron una imagen de conflicto permanente. Como consecuencia, el partido dejó de ser eje de la coalición de centroizquierda para convertirse en un actor subordinado, rol que resultó incómodo tanto para su dirigencia como para su base.

A pesar de ese retroceso, el PDC conservó dos grandes fortalezas: una élite técnica bien formada, capaz de instalarse con éxito en los gabinetes de gobierno, y una bancada parlamentaria con peso suficiente para influir en el debate legislativo.

Sin embargo, la falta de renovación interna y las disputas entre visiones estratégicas y programáticas minaron su capacidad de sostener su presencia territorial y nacional. Como oposición, el partido no logró consolidar una identidad: osciló entre la colaboración y la resistencia, sin lograr conectar con una ciudadanía cada vez más exigente y escéptica.

Así comenzó la tercera etapa del PDC: una en la que las peleas internas continuaron, pero en un escenario de declive electoral evidente. El partido quedó detrás del PS, que no solo se beneficiaba de la figura de Michelle Bachelet, sino que también logró conectar mejor con los electorados jóvenes. Mientras el socialismo se rejuvenecía, el PDC envejecía.

La incomodidad se agudizó durante el segundo gobierno de Bachelet, marcado por una coalición más progresista, donde el Partido Comunista ya era un socio formal. El dilema estratégico llegó en 2017: sabiendo que perderían la presidencial, debían decidir si se apoyaba a Alejandro Guillier o intentaban reposicionar la identidad democratacristiana. Optaron por lo segundo, con altos costos.

Las divisiones internas escalaron, especialmente entre sus congresistas, molestos por quedar marginados del pacto parlamentario de las izquierdas. El partido debió enfrentar las elecciones prácticamente solo, con un impacto en número evidente. A partir de entonces, dejaron de ser el partido burocrático de masas por excelencia de nuestro sistema político, y su gravitancia se perdió.

Hoy, el dilema es similar, aunque con condiciones aún más adversas. El PDC debe decidir si enfrentará en solitario la elección presidencial —y con ello, también la parlamentaria— o si se sumará al pacto del oficialismo. Pero hay diferencias importantes respecto a 2017.

Primero, el escenario es de mayor dispersión electoral; segundo, la polarización actual no es amable para un partido de posiciones moderadas; y tercero, el PDC es hoy objetivamente más débil, tras la salida de buena parte de sus congresistas. En consecuencia, su peso en una negociación es muy inferior al que tenía hace cuatro años. Los costos para otros partidos de marginarlo de una alianza son bajos. El error estratégico es que parte de su dirigencia continúa actuando como si el PDC fuera aún un actor grande y fundamental para las izquierdas chilena, cuando dejó de serlo hace más de una década.

Esa lectura equivocada lleva al partido a sobreexponer sus disputas internas, afectando su capacidad de negociación. La Democracia Cristiana debe asumir su posición minoritaria y actuar en consecuencia. Hoy, el camino menos riesgoso es respaldar la candidatura de Jeannette Jara como carta presidencial del bloque oficialista, e integrarse plenamente al pacto parlamentario. Hacer lo contrario, como persistir en fórmulas intermedias —por ejemplo, apoyos en segunda vuelta—, los condena a una posición estructuralmente desventajosa.

La alternativa es grave: podrían no elegir ningún diputado, y quedar con un solo senador en ejercicio, Iván Flores, que aún tiene cuatro años más. Difícilmente las candidaturas parlamentarias se fotografiarán con Eduardo Frei, Marcelo Trivelli o Harold Mayne-Nicholls, si es que estos dos últimos logran reunir las firmas suficientes. Si van a hacerlo, será con Jeannette Jara, o lo harán solos. En un escenario intermedio, pero con un liderazgos de derechas en La Moneda, la irrelevancia del PDC se acentuaría. Escaseará la disciplina partidaria, su relevancia en los debates será menor, y cada congresista actuará por su propia cuenta. La posición oficial del partido dejará, una vez más, de importar.

La DC está ante una encrucijada existencial. No asumir su posición minoritaria, en nombre de una influencia ya perdida, es un riesgo que podría sellar su desaparición definitiva del mapa político.

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