La visión de Rodrigo Navarrete es una invitación a reencontrarnos con la belleza de lo simple, a celebrar lo nuestro logrando que una ópera clásica se siente tan cercana como las raíces de nuestra propia tierra.
La ópera El Elixir de Amor de Gaetano Donizetti es de esas obras que tocan el corazón. Es una historia que convierte la experiencia de la ópera en algo accesible y profundamente humano: melodías cautivadoras, personajes entrañables y una historia de amor que nos envuelve culminando en un final que nos deja esperanzados, con una sonrisa en los labios y tatareando alguna de las mejores melodías.
Esta vez, la obra original, ambientada en un pintoresco pueblo italiano, se traslada a los paisajes del campo chileno, gracias a la visión creativa del destacado régisseur Rodrigo Navarrete. Una versión donde la esencia de la obra resuena con nuestra propia cultura, creando una experiencia inolvidable.
Las razones para disfrutar de este especial Elixir de Amor:
- Porque la escenografía de Ramón López, encierra la acción entre viñas verdes, la flor de la pluma y una imponente cordillera pintada magistralmente por el taller de pintura del Teatro Municipal de Santiago.
- Porque la visión de Rodrigo Navarrete es una invitación a reencontrarnos con la belleza de lo simple, a celebrar lo nuestro logrando que una ópera clásica se siente tan cercana como las raíces de nuestra propia tierra.
- Porque los personajes protagónicos no sólo toman vida en voces -casi todas chilenas-, sino porque la construcción de los personajes por medio de la actuación nos conecta con cada uno de ellos. Y hasta bailan cueca.
- Porque la estupenda dirección del maestro Diego Mattheuz de la Orquesta Filarmónica de Santiago, nos permite disfrutar de la música escrita por Donizetti, conocida y apreciada por sus bellas arias y momentos corales.
- Porque al mejor estilo Luchino Visconti -quien exigía solo muebles de anticuario y elementos reales para la escenografía de sus producciones de ópera-, para hacer realidad en cada detalle nuestras costumbres, los miembros del Coro gozan la fiesta del segundo acto comiendo porotos con riendas, humitas, tortillas de rescoldo y tomando ponche con durazno, sin alcohol por supuesto.
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