Gabinetes de emergencia: la lógica que une a la política y a las empresas. Por Constanza Ossa

Al final, tanto en política como en las empresas, los equipos de emergencia funcionan como un verdadero test de liderazgo: revelan qué se prioriza, a quién se escucha y cuánta capacidad real existe para decidir bajo presión. Pero estos equipos no siempre quedan confinados a lo excepcional; a veces, la lógica de la emergencia se prolonga y termina convirtiéndose en la norma.


La conformación de un “gabinete de emergencia” no es solo una decisión técnica; es, ante todo, una señal política. El equipo que José Antonio Kast ha ido delineando ante un eventual gobierno en un escenario complejo busca transmitir precisamente eso: control, experiencia y capacidad de reacción frente a un contexto desafiante, con poco margen de error y alta presión pública.

Más allá de las afinidades o diferencias políticas, el concepto resulta interesante porque pone sobre la mesa una lógica que las empresas conocen bien, aunque pocas veces nombran explícitamente: no todos los equipos sirven para todos los momentos. Y en contextos de crisis, la forma en que se arma el equipo puede ser tan determinante como las decisiones que se tomen.

En el mundo corporativo, los “equipos de emergencia” suelen activarse frente a situaciones críticas: crisis reputacionales, conflictos laborales, cambios regulatorios abruptos, ciberataques, quiebres operativos o salidas inesperadas de ejecutivos clave. En esos escenarios, la organización deja de operar en modo planificación y entra en modo supervivencia estratégica.

¿Qué caracteriza, entonces, a este tipo de equipos?

El primer rasgo es la experiencia. No se trata solo de credenciales académicas o cargos anteriores, sino de haber enfrentado antes contextos de alta presión. El gabinete que Kast ha presentado pone énfasis precisamente en trayectorias largas, con una apuesta por perfiles técnicos, con fuerte dominio de sus áreas y experiencia ejecutiva. La señal es clara: frente a un escenario de alta complejidad, se prioriza la capacidad de gestión, el control de variables críticas y una curva de aprendizaje acotada. En una emergencia, política o empresarial, aprender “sobre la marcha” suele ser un lujo que no existe.

El segundo elemento es la capacidad de decisión rápida. Los equipos de crisis funcionan con menos deliberación extensa y más claridad en quién decide y quién ejecuta. En las empresas, cuando este punto no está resuelto, la consecuencia suele ser la parálisis o la superposición de decisiones. En política, el costo se traduce rápidamente en pérdida de control del relato y de la agenda.

Un tercer rasgo clave es la confianza interna. Los equipos de emergencia suelen ser reducidos y operar con altos niveles de coordinación informal. La confianza previa —personal y profesional— permite disentir con franqueza y cerrar filas una vez tomada la decisión. Esta lógica también parece estar presente en el diseño del equipo de Kast, donde se privilegian figuras conocidas y alineadas en visión, reduciendo el riesgo de fisuras internas en momentos críticos.

Sin embargo, esta misma fortaleza puede transformarse en una debilidad. En las empresas, uno de los principales riesgos de los equipos de emergencia es la endogamia: rodearse de perfiles muy similares acelera la acción, pero también aumenta los puntos ciegos. Estudios sobre gestión de crisis muestran que equipos poco diversos tienden a subestimar riesgos no evidentes y a reaccionar de forma más defensiva que estratégica.

Otro riesgo relevante es la prolongación del modo emergencia. Lo que es funcional en una crisis puede volverse problemático en la normalidad. Liderazgos muy centralizados, equipos cerrados y toma de decisiones en círculos reducidos pueden erosionar, en el tiempo, la confianza organizacional y el desarrollo de nuevas capas de liderazgo. En empresas, esto suele traducirse en desgaste interno y fuga de talento; en política, en desconexión con realidades más amplias.

Al final, tanto en política como en las empresas, los equipos de emergencia funcionan como un verdadero test de liderazgo: revelan qué se prioriza, a quién se escucha y cuánta capacidad real existe para decidir bajo presión. Pero estos equipos no siempre quedan confinados a lo excepcional; a veces, la lógica de la emergencia se prolonga y termina convirtiéndose en la norma. Y es ahí donde la pregunta se vuelve inevitable, tanto en La Moneda como en las organizaciones: ¿qué se gana, y qué se sacrifica, cuando gobernar o gestionar deja de pensarse en clave de proyecto y pasa a operar permanentemente en modo crisis?

Para más noticias de After Office en Ex-Ante, clic aquí.

Leer a continuación