La desconocida historia de Ana Josefa Silva y sus críticas de cine: “La curiosidad es la palabra clave”

La crítica de cine Ana Josefa Silva -columnista de Ex-Ante- recorre su historia personal y profesional: la infancia en el campo, el descubrimiento del teatro, los años dorados del periodismo cultural y una convicción que ha guiado toda su carrera: la curiosidad siempre vale más que las certezas.


El campo y las palabras. La infancia de Ana Josefa Silva transcurrió entre dos mundos: una amplia casa en Ñuñoa y los veranos en un fundo familiar cerca de Teno. Allí aprendió a montar, desarrolló un vínculo profundo con los animales y vivió el primer gran quiebre de su vida. “Cuando nos quitaron el fundo, yo lloraba en la noche por mi caballo”, recuerda. La expropiación, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, marcó a la familia, aunque sus padres evitaron transmitir resentimiento.

  • En su casa abundaban los libros. Su padre devoraba textos de historia; su madre, amante del teatro, recitaba a García Lorca y la llevó a descubrir la ópera y la literatura. “Siempre leí mucho, mucho, mucho”, dice. Esa curiosidad encontró un nuevo camino gracias a las películas que la televisión emitía por las tardes. Sin proponérselo, comenzó a formarse como espectadora.
  • Con el tiempo llegaron los grandes maestros. Ingmar Bergman y Akira Kurosawa se transformaron en sus referentes. De “Rashomon” destaca la imposibilidad de alcanzar una verdad única: “El ser humano no es capaz de llegar a la verdad”. De Bergman elige “Fresas salvajes”, una película que sigue revisitando.

La ciudad. Aunque soñaba con el teatro -y llegó a casarse más tarde con el siquiatra y dramaturgo Marco Antonio de La Parra, su marido hasta hoy- , primero estudió cuatro años de Sociología en la Universidad Católica. Ingresó en 1973, pocos meses antes del golpe militar. Recuerda un ambiente tenso y luego el silencio impuesto por la dictadura. “Fue muy duro”, resume. Más tarde se cambió a Periodismo, carrera que completó en dos años.

  • Recién titulada entró a El Mercurio, donde cubrió economía durante tres años. Recuerda también un reportaje sobre un secuestro que contribuyó a la liberación de la víctima. “Nunca me dijeron: ‘esto no lo pongas’. Nunca. Es un mito”, afirma.
  • El giro decisivo en su carrera llegó casi por casualidad. Después de cubrir economía en El Mercurio, pidió el traslado a Espectáculos. “Fui inmensamente feliz”, recuerda. Allí encontró el espacio ideal para unir periodismo y pasión: el teatro, la televisión y, más tarde, el cine.

Melodramas. Le tocó presenciar el nacimiento de la teleserie chilena moderna. Observó de cerca el fenómeno de “La Madrastra”, cuando el país se detenía para conocer el desenlace de la historia, y fue testigo de cómo la industria aprendió de las producciones brasileñas sin perder identidad. “Se empezó a hacer una teleserie muy chilena, con muchos exteriores”, explica. También recuerda una época en que los actores alternaban las grabaciones con las tablas. “Un buen actor tiene que hacer teatro”, afirma, evocando una cartelera teatral sorprendentemente intensa.

  • Su manera de reportear nunca se limitó a una entrevista. Para escribir sobre una obra investigaba libros, hablaba con especialistas y buscaba contexto. “La curiosidad es la palabra clave”, insiste. “La certeza es el peor enemigo”.
  • Esa misma actitud marcó sus años cubriendo el Festival de Viña del Mar. Jornadas interminables, noches de apenas un par de horas de sueño y la oportunidad de descubrir artistas sin prejuicios. Así aprendió a admirar desde Juan Luis Guerra hasta Tom Jones, sin abandonar su devoción por el rock, Queen y los Rolling Stones. Entre los recuerdos imborrables aparece una entrevista a Paul McCartney y la madrugada del terremoto de 2010, que la sorprendió en Viña tras el festival.

Pantalla grande. Como crítica de cine, asegura que nunca ha querido dictar sentencias. Su propósito es otro: “Busco darle pistas al lector”. Cree que el cine debe entretener, pero también comunicar a través de las imágenes. Y, con la misma honestidad con que revisa una película, admite que también ha cambiado de opinión con los años. “Por supuesto que uno comete errores”, reconoce. Para ella, esa capacidad de revisar las propias certezas es, precisamente, lo que mantiene viva la mirada crítica.

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