Destrabar el crecimiento, la hora de decidir

La relocalización, en este contexto, no es un trámite administrativo. Es una señal de capacidad país: de transformar acuerdos en acción, de pasar del diagnóstico a la ejecución y de entender que ordenar también es una forma de crecer.


Chile nunca ha sufrido falta de oportunidades, sino de decisiones. Y, en inversión, esa diferencia marca la línea entre el crecimiento y el estancamiento: entre intentar recuperar el ritmo o avanzar con decisión.

Al menos en el discurso, y con fuerza desde el inicio del debate presidencial, la reactivación económica y la necesidad de crecer han vuelto al centro de la conversación. Sin embargo, para sectores productivos como la salmonicultura, avanzar no depende solo de certezas, sino también de decisiones regulatorias concretas que permitan acelerar ese crecimiento en el corto plazo.

Hablamos de la segunda industria exportadora del país y de uno de los motores más relevantes del desarrollo en el sur de Chile. En regiones como Los Lagos, Aysén y Magallanes, su impacto en el empleo formal y en el encadenamiento productivo es evidente. Las cifras de la Casen 2025 lo reflejan: en Los Lagos, la pobreza alcanza un 16,5%, por debajo del promedio nacional (17,3%), en territorios donde la inversión ha sido sostenida y donde el crecimiento ha ido de la mano con esta actividad.

Hace unos días, el Consejo del Salmón dio a conocer cifras de crecimiento en exportaciones cercanas al 19% en el último trimestre. Es un resultado positivo, impulsado por eficiencia operacional, innovación y adaptación a los mercados. Pero también deja en evidencia un límite: hoy, el crecimiento depende casi exclusivamente del esfuerzo interno de las empresas. Y ese modelo, por definición, es finito.

La salmonicultura en Chile no debiera tener un techo estructural tan bajo. Es parte de la solución al desafío global de seguridad alimentaria y tiene espacio para crecer mejor. En ese contexto, las microrelocalizaciones y relocalizaciones han entrado con fuerza en el debate, especialmente a partir del proyecto de reconstrucción anunciado por el Gobierno. Esto implica ajustar concesiones dentro de áreas ya autorizadas o trasladarlas a zonas más aptas, permitiendo mayor eficiencia productiva sin ampliar la huella total.

Se trata de una señal necesaria. Estas propuestas no surgen de la improvisación, sino de un trabajo técnico sostenido, que ha logrado algo poco frecuente: generar consenso transversal. Tanto candidatos de izquierda como de derecha recogieron estas medidas en sus programas presidenciales. Existe, por tanto, una base política y técnica para avanzar.

Conviene, además, despejar una caricatura. No se trata de expandirse sin reglas, sino de ordenar mejor lo que ya existe. Se trata de destrabar, no de desbordar. Relocalizar centros en zonas más adecuadas, mejorar condiciones sanitarias, reducir riesgos ambientales y operar con mayor eficiencia, cumpliendo de forma estricta los estándares cada vez más exigentes en materia ambiental y sanitaria. En simple, es producir mejor, con estándares más altos y menor impacto. Debemos siempre compatibilizar crecimiento con sostenibilidad.

Este no es un debate en construcción. El diagnóstico está hecho, las propuestas existen y el consenso es claro. Lo que falta es el paso más difícil en Chile: tomar decisiones.

Avanzar en esta dirección permitiría destrabar proyectos hoy detenidos y reactivar inversión postergada. No es menor: en los últimos 15 años, las zonas donde opera la salmonicultura han reducido la pobreza de forma sostenida, gracias al empleo formal y a encadenamientos productivos que dinamizan economías locales completas. Eso es desarrollo territorial medible.

La relocalización, en este contexto, no es un trámite administrativo. Es una señal de capacidad país: de transformar acuerdos en acción, de pasar del diagnóstico a la ejecución y de entender que ordenar también es una forma de crecer.

La agenda, además, debe ser acotada. No se trata de resolver todos los problemas estructurales al mismo tiempo, sino de avanzar en medidas concretas que hoy cuentan con respaldo técnico y político. Chile tiene frente a sí una oportunidad clara: una industria que, como la minería, se ha ganado su carácter estratégico y que puede seguir aportando al desarrollo del país.

Aprovechar ese momento exige decisión. Porque crecer no es solo una aspiración. Es, sobre todo, una elección.

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